𝐄𝐌𝐈𝐋𝐘 𝐓𝐀𝐍𝐂𝐑𝐄𝐃𝐈, hermana menor de la Dra. Sara Tancredi y hija de el gobernador del estado de Illinois, Frank Tancredi, siempre sintió que tenía que llenar unos zapatos muy grandes. Siguiendo los pasos de su hermana, aceptó un puesto de...
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La primera luz del amanecer se filtraba a través de los listones de madera agrietados de las paredes de la cabaña. El polvo danzaba en las pálidas vigas, y la quietud de la mañana los envolvía como una frágil manta. Michael yacía boca arriba, abrazando a Emily, cuya cabeza reposaba sobre su pecho. Su respiración era suave y constante, su cabello se extendía sobre su hombro, cosquilleándole la piel con cada leve movimiento.
Miró al techo, con los pensamientos ya a mil. El plan. El mapa. El siguiente paso. Pero esta vez era diferente. Porque ahora la tenía.
Michael se movió suavemente, con cuidado de no despertarla, y salió de debajo de la manta. Se acercó a la mesa donde había dejado sus planos, las líneas de tinta y lápiz que trazaban cuidadosamente su futuro. La ventana sobre la mesa le proporcionaba la luz justa para trabajar, el murmullo del bosque entrando apenas por una rendija.
A sus espaldas, Emily se movió. Su voz era soñolienta, suave, áspera aún por el sueño. -¿Ya estás trabajando?
Michael se giró hacia ella con una leve sonrisa. -No podía dormir.
Emily se incorporó, arropándose con la manta que se deslizó hasta descubrir uno de sus hombros. La piel desnuda, iluminada por la franja dorada del amanecer, hizo que él se quedara unos segundos de más mirándola. -Estás pensando en lo que viene después. ¿Esa mente tuya alguna vez...se apaga?
Él asintió, aunque la seriedad volvió a su mirada. -Tenemos menos de cuarenta y ocho horas antes de que los federales reduzcan el radio de búsqueda otra vez. Tenemos que cruzar las fronteras estatales antes de que cierren la ventana de oportunidad.
Emily bajó la mirada, con un destello de culpa en los ojos. -Por mi culpa, están presionando más.
Michael cruzó el espacio hacia ella, arrodillándose junto al catre. Sus manos encontraron las suyas, cálidas, temblorosas. -No. No hagas eso. No arruinaste mi plan. Lo cambiaste. Y prefiero lidiar con el caos que perderte.
Un instante de silencio pasó entre ellos. El aire parecía más espeso, cargado de algo que no era solo tensión. Emily se inclinó, presionando su frente contra la de él. Sus labios rozaron apenas los de Michael en un roce que contenía tanto miedo como anhelo.
-Estoy contigo- susurró, y la promesa vibró entre ellos como un juramento secreto. -Pase lo que pase.
Él respondió no con palabras, sino con un beso. Lento, al principio, suave, como si temiera que el momento se deshiciera al tocarlo demasiado fuerte. Emily suspiró contra su boca, y el sonido lo empujó a acercarla más, a dejar que la caricia se volviera hambre. Sus labios se abrieron con naturalidad, invitando a la lengua de Michael a deslizarse contra la suya, tibia y húmeda, en un roce íntimo que les arrancó un escalofrío compartido.
La manta cayó de sus hombros cuando ella se aferró a su cuello, enredando los dedos en su cabello, tirando apenas para mantenerlo más cerca. Michael la sostuvo por la cintura, sus dedos acariciando la curva de su espalda mientras profundizaba el beso, probándola como si quisiera memorizar su sabor, como si la urgencia del amanecer pudiera arrebatársela en cualquier momento.