𝐄𝐌𝐈𝐋𝐘 𝐓𝐀𝐍𝐂𝐑𝐄𝐃𝐈, hermana menor de la Dra. Sara Tancredi y hija de el gobernador del estado de Illinois, Frank Tancredi, siempre sintió que tenía que llenar unos zapatos muy grandes. Siguiendo los pasos de su hermana, aceptó un puesto de...
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El bosque se puso en movimiento.
La mano de Michael aferró la de Emily mientras salían disparados de la parte trasera de la cabaña, agachándose bajo las ramas enmarañadas. El sonido de botas crujiendo hojas resonó tras ellos, más cerca de lo que Michael esperaba. Maldijo en voz baja. Demasiado rápido. Debieron de haber rastreado la señal del móvil de Emily semanas atrás. O peor aún, que Sara se viera obligada a revelar algo.
Los pulmones de Emily ardían mientras corrían; el aire frío le cortaba el pecho con fuerza. Sus dedos estaban firmemente entrelazados con los de Michael, y aun así tropezó en terreno irregular. —¿Adónde vamos?
—Hay una alcantarilla a un kilómetro y medio al sur—, dijo con voz tensa. —Si llegamos antes de que nos vean, podemos adentrarnos en los túneles de tormenta y seguirlos hasta el patio de carga—. Emily parpadeó. —¿También los mapeaste? Que no tienes mapeado? ¿la luna?—Michael esbozó una media sonrisa. —Lo mapeo todo—. Un grito resonó tras ellos, seguido de un disparo que destrozó el tronco de un árbol cercano—. Emily no pudo evitar ni contener el grito y la maldición que se le escapó.
—¡Vamos! ¡Vamos!—, la instó Michael, apretando con más fuerza su mano.
Se movían como fantasmas, deslizándose entre los árboles, jadeando, pero sin detenerse. La mente de Michael daba vueltas como una máquina: tiempo, distancia, terreno. Lo estaba calculando todo: ajustando, improvisando. Eso era lo que hacía. Pero lo que no podía tener en cuenta...era a ella. Emily no formaba parte del plan. Ahora formaba parte de él.
Y eso lo hacía todo más peligroso.
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PENITENCIARÍA FOX RIVER – ENFERMERÍA
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Sara se sentó sola en la enfermería, apenas iluminada por una luz parpadeante que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes blancas y frías. El tic-tac del reloj parecía exagerar cada segundo, un recordatorio constante de que el tiempo no estaba de su lado.