Mientras tanto, Dakaria había ingresado al salón del trono, el cual pertenecía a Eva, mejor conocida como Antanasia. El lugar era sombrío, con apenas unas antorchas incrustadas en las paredes de piedra que proyectaban sombras danzantes. El ambiente era gélido y silencioso, casi irreal.
—¡Dakaria, qué alegría! —resonó una voz femenina, profunda y elegante.
Dakaria giró de inmediato. Frente a ella no había nadie, pero su mirada se cruzó con un antiguo espejo ornamentado. En su reflejo ya no estaba vestida con su ropa habitual: ahora llevaba un ropa completamente de color negro, ajustado a su figura, con encaje en los brazos. Sus manos estaban cubiertas por guantes, y sobre sus hombros caían unas hombreras hechas de plumas negras que resaltaban con majestuosidad. Completaba el atuendo con unas zapatillas oscuras que le daban un aire regia y siniestro.
—¡Por Drácula! —exclamó Dakaria, bajando la mirada a sus manos. Seguían con la ropa de siempre. Volvió la vista al espejo, donde de pronto apareció el reflejo de Antanasia, usando el mismo atuendo negro—. Gran truco. Dime dónde está ______ y mi hermano.
—Franz está durmiendo —respondió Antanasia con calma. Hizo un leve gesto con su mano y en el espejo apareció la imagen del pequeño durmiendo profundamente—. En cuanto a ______, no te lo diré. Es un asunto que no te concierne.
Dakaria apretó los puños con fuerza, su mandíbula tensa por la impotencia.
—Supongo que estás cansada... ¿No te apetece un poco de sangre?
Sin responder, Dakaria tomó la copa que le ofrecía la anfitriona y sonrió apenas. Luego, comenzó una tensa discusión: ella exigía ver a su hermano, y Antanasia se negaba una y otra vez. Finalmente, la mujer accedió y la condujo hasta la habitación donde dormía el pequeño.
—¿Ves? Duerme en paz. Déjalo descansar —murmuró Antanasia.
—Está bien. Me quedaré aquí —respondió Daka, sentándose en un antiguo sillón. Comenzó a tararear suavemente una melodía.
—¿Qué es eso? ¿Esa canción? —preguntó Antanasia, visiblemente afectada por la melodía.
—Se llama La luna está saliendo. No es muy conocida —respondió Daka, tronando los dedos frente a la mujer que parecía sumida en un extraño trance—. ¿Todo bien?
—Sí... —contestó la mujer en voz baja.
Dakaria se levantó y comenzó a recorrer lentamente la habitación. Se detuvo frente a una antigua caja de música. La giró, y esta comenzó a emitir una melodía tenue y algo tétrica, una canción de cuna. Siguió su recorrido hasta un estante donde descansaba un viejo peluche. Lo tomó con delicadeza y volvió hacia Antanasia.
—Lo hice yo, para Franz. Las manualidades no son lo mío... soy más deportiva —comentó con una leve sonrisa.
—Igual que yo —respondió Daka.
—¿Qué deportes practicas?
—Baloncesto, tenis... y solía practicar esgrima. Era fantástica, pero en Alemania ya no puedo.
—¿En serio? Qué lástima... ¿Te gustaría practicar?
—¿Esgrima?
—Sí, conmigo —dijo Antanasia, extendiendo su mano con una sonrisa—. Fui campeona mundial.
—¿Hace cuánto?
—Un par de siglos atrás... ¿Vienes?
—¿Qué? —preguntó Daka, mirándola con extrañeza, parpadeando muy pocas veces—. Sería genial.
Mientras tanto, Silvania y el señor Kombast seguían su camino hacia el castillo. Caminaban por un espeso bosque, con árboles altos que parecían tocar el cielo.
—¿Cómo sabe la señorita que es por aquí? —preguntó el hombre, algo desconfiado.
—Porque lo dice aquí —respondió Silvania, señalando un letrero de madera medio cubierto por musgo.
—¡Oh! ¡Ahí dice! —exclamó el hombre al leer.
De vuelta en el salón del trono, Dakaria regresaba junto a Antanasia. A diferencia de la vez anterior, la habitación estaba completamente a oscuras. Caminaba detrás de la mujer, que de pronto se detuvo y giró hacia ella.
—Deberías encender las luces —le dijo Antanasia con un tono burlón.
—¿Yo? Bien —respondió Dakaria. Sacó unos cerillos de una pequeña bolsa y se dirigió a las velas.
—Mi queridísima Daka... ¿Qué te hicieron los humanos? Eres un vampiro. ¿Ya lo olvidaste?
—¿Qué? —preguntó Daka, desconcertada.
—Como sea... me encargaré de reformarte —afirmó Antanasia, chasqueando los dedos.
Las antorchas se encendieron todas a la vez con un parpadeo de luz que reveló la sala entera. La atmósfera cambió, densa y eléctrica.
Antanasia le lanzó una espada a Daka, quien la atrapó al vuelo con una precisión inhumana. El acero brilló fugazmente bajo la luz de las antorchas. Por un momento, solo se escuchó el eco del metal al chocar con la piedra del suelo. Ambas se colocaron en posición de combate: pies separados, rodillas flexionadas, espadas al frente, respiración contenida... como depredadoras antes del salto.
Los ojos de Daka centelleaban, cargados de rabia, orgullo y confusión, tambien de adrenalina. Antanasia, por su parte, mostraba una sonrisa enigmática, segura de sí misma, como si ya conociera el final del duelo. El aire entre ellas parecía vibrar, pesado por la tensión. De pronto, un destello: ambas se lanzaron al ataque.
El primer choque de espadas fue tan rápido que apenas se vio, pero el estallido del metal resonó como un trueno. Volaban. Literalmente se impulsaban por los aires con gracia sobrenatural, chocaban y se alejaban con velocidad imposible. Las capas negras ondeaban como alas de murciélago. En un instante estaban en el suelo, en el siguiente, ya combatían en el aire, desafiando la gravedad con cada salto y giro.
Sus movimientos eran una danza letal, precisa y hermosa, de siglos de práctica. Daka giraba con fuerza, su hoja silbaba al cortar el aire. Antanasia respondía con firmeza, bloqueando cada estocada con una elegancia brutal. La sala del trono se convirtió en un campo de batalla sobrenatural: velas caían, el fuego chispeaba, y cada golpe dejaba huellas en el mármol.
—¡Vamos, Dakaria! —gritó Antanasia entre risas, disfrutando el combate—. ¡Despierta a la vampira que llevas dentro!
—¡Jamás seré como tú! —rugió Daka, lanzando una estocada que la hizo volar por el aire con violencia y una sonrisa sobre su rostro, estaba disfrutando el momento. ambas se detuvieron cuando las espadas estuvieron a punto de tocar sus cuellos.
