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POV Daka

Me desperté con la voz de mi hermana Silvania. La vi junto al vecino.
—¿Qué diablos hace él aquí? —pregunté, confundida.
—Viene a ayudarnos. Está de nuestro lado. Él se enfrentará a esos vampiros —respondió Silvania.
—¿Pero Antanasia...? —dije, todavía somnolienta.
—¿Qué? Hay que irnos.
—¿Irnos? ¿De qué hablas?
—Sé que suena raro, pero creo que ella es una gran vampira.
—¿Qué? —pregunté sorprendida—. ¿Estás loca?
—Antanasia es muy linda. Dijo que Franz será un buen soberano y libre de hacer lo que quiera.
—¿Eso piensas? ¿Tienes moho en el cerebro? ¡Será su prisionero!
—No —repliqué molesta—. Prisionero es estar en casa... como yo. Aquí será libre. Y yo también.
—Tomaste demasiada sangre. Lo que dices son patrañas. ¿Ya pensaste en mamá y papá?
—Podrán discutir luego —intervino el vecino.
—Si Franz es rey, podremos hacer lo que queramos. Podemos traer a mamá y a papá aquí.
—¡Daka! Secuestró a Franz y a ____T/N, tu novia. ¡Y no olvides que quiere casarse con ella!
—¿Novia? ¿____T/N? ¿Quién es ella? —pregunté confundida—. ¿Te golpeaste la cabeza? ¿De qué hablas?
—No puede ser... —gritó Silvania.
—Ay no, ahí viene la bruja —dijo el vecino. Silvania buscó algo y halló un ropero; lo señaló.
—Ahí dentro —indicó, y caminó hacia él.
—Creí escuchar voces —dijo Antanasia al acercarse.
—Ah, eso fue... —balbuceé sin formular bien las palabras.
—¿Cómo dices?
—Mi hermano y yo jugamos al gato y al ratón. Nos gusta. Miau


Antanasia se había retirado ya, cuando Van Kombast, con una sonrisa torcida, jaló una palanca oculta en la pared. De pronto, el suelo bajo sus pies cedió, y ambos —él y Silvania— cayeron en una cámara subterránea: un antiguo baúl sellado bajo el castillo.
El estruendo alertó al fiel sirviente de Antanasia, quien, alarmado, abrió el compartimento. Al hacerlo, encontró a los dos intrusos cubiertos de polvo y sombras.

—¡Suéltame! —rugió Silvania, forcejeando con furia—. Cuando mi hermano sea rey, pagarás por esto. ¡Él no permitirá que nos trates así!

Van Kombast soltó una risa amarga.
—Cuando Antanasia ponga a tu hermano en el trono, él olvidará quiénes son. Ni tú ni tu familia volverán a existir para él.

El sirviente, con expresión severa, hizo una señal, y los guardias aparecieron. Abrieron las puertas del palacio, dejando que la luz del amanecer se colara violentamente por los muros. Aquella claridad cegadora bañó el suelo de mármol antes de expulsar a los prisioneros al vacío.

Silvania voló y sostuvo a Van Kombast en el aire, revelando su identidad vampírica. Al tocar tierra, él huyó a pesar de que Silvania lo llamaba..

Esa misma mañana, Daka se hallaba en su habitación, hablando con su mascota.
—Siempre pienso en Silvania... —susurró acariciando su lomo—. Puede estar aquí, en cualquier parte. Pero... ¿quién es T/N? ¿Y por qué dijo que era mi novia? Si fuera cierto, lo recordaría... —Guardó silencio un instante y luego se puso de pie—. No, debo encontrarla. Quiero escuchar la verdad de sus labios.

Se colocó su chaqueta y salió sin hacer ruido. Sus pasos resonaban suaves en los pasillos oscuros, envueltos por el murmullo del viento que se filtraba entre los muros del castillo.
A medida que avanzaba, volvió a escuchar risas... voces distantes, casi infantiles, provenientes de una habitación que nunca había notado antes. Se detuvo frente a la puerta y, con cierta vacilación, la abrió.

El interior era etéreo, casi irreal. Al principio todo era blanco, pero poco a poco el color fue regresando a las paredes: rojo carmesí, dorado, marfil. Un tapiz antiguo se extendía a lo largo del muro, una jaula colgaba en el rincón, y sobre la cama reposaban muñecas de porcelana con miradas vacías. Desde el techo pendía un candelabro níveo que reflejaba la tenue luz, y en el aire flotaba una melodía infantil.

En medio de aquel silencio cargado de recuerdos, Daka descubrió un retrato: una mujer, un hombre y una niña de sonrisa radiante.
—¿Antanasia? —susurró, confundida, mientras se sentaba sobre la cama.

Su mirada se detuvo en una pequeña bailarina de porcelana. Le dio cuerda y el delicado mecanismo comenzó a girar, llenando el aire con una melodía nostálgica.
Entonces una voz grave resonó detrás de ella.

—No, no es Antanasia... —dijo el desconocido—. Ella es mi nieta, T/N. Los otros son mi hija y su esposo: sus padres.

El anciano se acercó, su silueta envuelta en sombras.
—Déjame contarte su historia...

Y así, mientras hablaba, las imágenes a su alrededor cobraron vida: una niña dando sus primeros pasos, aprendiendo a hablar, llorando la pérdida de sus padres, siendo adoptada por los Tepes... y finalmente separándose de su verdadero hogar. Cada palabra del anciano transformaba la habitación en una escena del pasado, hasta que Daka ya no supo si soñaba o recordaba.

—T/N... —susurró con lágrimas en los ojos—. ¿Es posible?

Una voz familiar susurró entonces, suave como el viento:
—Recuérdame, mi amor... recuérdanos.

Y ante ella apareció la figura que más ama en el mundo, la única capaz de devolverle el alma: T/N.
—¿Me extrañaste? —preguntó la vampira con una sonrisa melancólica.

—¡T/N! —gritó Daka, corriendo hacia ella. La abrazó con fuerza, como si temiera que el mundo se desvaneciera si la soltaba.

T/N tomó su rostro entre las manos, rozó su piel con ternura y besó sus labios con delicadeza. El beso, al principio breve, se tornó profundo, urgente... como si cada segundo sin ella hubiese sido una eternidad.
—Tranquila, princesa —susurró T/N, con voz cargada de emoción.

—Te extrañé tanto... —murmuró Daka—. Tengo miedo de perderte otra vez, o de olvidarme de ti...

—No temas, amor mío —respondió T/N—. Nadie podrá separarnos otra vez.

Con un movimiento elegante, hizo desaparecer el espejismo de la habitación. La luz cambió, revelando su verdadero cuarto: una estancia amplia y majestuosa.
—Esta es la habitación que Antanasia me dio —dijo con calma—. Y ellas son Ana, Tania y Olivia, mis damas más fieles.

Las tres jóvenes se inclinaron con respeto.
—Encantadas de conocerla, mi lady Daka —dijeron al unísono antes de retirarse.

El silencio volvió a envolverlas. Daka, sin contenerse más, se abalanzó sobre T/N, robándole un suspiro.
—Espera... —intentó decir ella, riendo suavemente—. Calma...

—No puedo —susurró Daka con voz temblorosa—. Te necesito.

Y T/N, con una sonrisa triste pero rendida, la sostuvo entre sus brazos. Sabía que aquel lazo, más que un simple vínculo, era el eco de un amor que desafiaba incluso la oscuridad. Y quien era ella para negarle tal placer a su esposa.

BLOOD (Daka y tu)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora