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Dakaria sonrió entre lágrimas y, esta vez, fue ella quien acortó la distancia. El beso fue lento, dulce, cargado de promesas silenciosas. No hubo urgencia, solo amor... como si el mundo pudiera esperar unos segundos más.

—Vuelve conmigo —susurró Dakaria al separarse apenas—. Prométeme que volverás.

_____(T/N) apoyó su frente contra la de ella.

—Te lo prometo —respondió—. Esta noche termina la farsa... y empieza nuestra vida.

— Pero ahora debía marcharse. Regresar con Franz. Protegerlo. Permanecer a su lado.

Daka asintió en silencio, conteniendo el nudo en la garganta, y salió de la habitación sin mirar atrás. 

Se escabulló entre los pasillos del palacio como una sombra, evitando antorchas y guardias, hasta que el destino —cruel y oportuno— la hizo detenerse en seco. Antanasia avanzaba por el corredor acompañada de su siervo, aquel hombre que fungía como su mano derecha. El corazón de Daka martilló con violencia, pero reaccionó a tiempo y logró ocultarse tras una columna antes de ser descubierta.

—Tranquila —dijo el siervo con voz segura—. Yo me encargaré de la hermana y del explorador.

Antanasia se detuvo y giró lentamente para observarlo, con una ceja arqueada.

—¿Estás seguro? —preguntó—. No los necesito precisamente. Solo interferirían en mi plan con ____(T/N). ¿Comprendes?

—Descuida —respondió él con una sonrisa torcida—. Ya los eché del castillo. Los hice desaparecer.

—Te felicito —murmuró ella, acariciándole la mejilla con fingida dulzura.

El hombre gruñó, seductor, pero Antanasia retiró la mano de inmediato y continuó su camino sin volver a mirarlo.

Daka no perdió un segundo más. Corrió hasta la habitación, tomó a su mascota, las pocas pertenencias de su hermano... y a Franz. Lo estrechó contra su pecho con cuidado, meciéndolo entre sus brazos.

 —Tranquilo, Franz —susurró—. No tengas miedo. Te llevaré a casa.

—Dakaria, querida...

La voz helada la detuvo en seco.

Antanasia estaba de pie en la entrada, bloqueando la salida.

—Este es su verdadero hogar —declaró con severidad mientras avanzaba—.

Antes de que Daka pudiera reaccionar, Antanasia tomó al bebé entre sus brazos. Franz comenzó a llorar de inmediato, un llanto desesperado que resonó en la habitación. Daka solo pudo observarla, paralizada por el terror; el miedo era tan evidente en sus ojos que no podía ocultarlo.

Por otra parte, Silvania, exhausta tras horas de caminar sin rumbo, se dejó caer sobre lo que creyó era un tronco. Apenas tuvo tiempo de darse cuenta de su error cuando este se movió bruscamente y el suelo cedió bajo sus pies. Cayó de golpe en un hoyo oscuro.

Aturdida, se incorporó con dificultad y comenzó a explorar lo que parecía ser una cueva. Avanzaba con cautela, cada paso medido, hasta que se detuvo al escuchar una voz masculina a su espalda.

—Silvania...

Ella se giró de inmediato y, sin pensarlo, golpeó al sujeto con un puñetazo en el rostro, seguido de una lluvia de manotazos sin detenerse.

—¡Ah! —gritó el joven—. ¡Soy yo, soy Murdo!

—¿Murdo? —preguntó Silvania, ladeando la cabeza.

Solo entonces notó que el muchacho estaba colgado de cabeza,

—Sí... —respondió él con un suspiro resignado.

Más tarde, Murdo entregó una invitación a los guardias del castillo, mientras Silvania permanecía a su lado.

—Bien —dijo uno de los guardias, revisando el documento—. ¿Y quién es ella? No está escrita en el pase.

—Ella es Silvania, mi cantante principal —respondió Murdo con naturalidad.

—Lo siento, pero debo preguntar si puede pasar. Es el reglamento —replicó el guardia, girándose hacia su compañero—. Ve.

—¿A dónde? —preguntó el otro.

—A preguntar si puede pasar —respondió, obvio.

—Hola, chicos —intervino entonces un hombre que llevaba un sombrero y un suéter largo negro que casi le llegaba a los tobillos.

—Hola —saludó Silvania, desconfiada.

No me miren así —continuó él—. Soy su manager. Déjenos pasar, tenemos trabajo. Su tono era amenazante.

—¿Y si no qué? —retó el guardia, imponiendo autoridad.

El hombre sonrió con lentitud.

—De acuerdo al párrafo cuarenta y cinco mil ochocientos noventa y tres, punto wux, de la Ley de Transilvania de la Eternidad —recitó—, el castigo para la sedición, la malversación de conducta, la mala conducta o la pésima conducta... no es otro que la pena de agua bendita.

El silencio cayó como una sentencia.

Silvania, Murdo y el llamado Vecino habían logrado entrar al castillo sin ser descubiertos. Una vez dentro, Silvania fue la primera en advertirlo: uno de los conductos superiores permanecía abierto, permitiendo que del exterior se filtraran aún los hilos de luz solar. Aquello le dio una idea peligrosa... y quizá la única posible.

Rápidamente trazó un plan. Si lograban usar un conducto en el momento preciso, podrían atrapar a Antanasia y liberar a sus hermanos. Cada detalle fue discutido en susurros, cada movimiento calculado con urgencia. Sin embargo, había algo que no podían controlar: el tiempo. El sol era su mayor aliado... y también su peor enemigo.

Y tal como temían, el día comenzó a morir.

Los últimos rayos de luz se ocultaron tras el horizonte justo cuando los invitados comenzaron a reunirse en la sala del trono. El aire se volvió denso, cargado de expectativa. Antanasia ocupaba su trono con porte absoluto, dueña indiscutible del recinto. Franz era sostenido entre los brazos de su mano derecha, demasiado pequeño e indefenso para comprender el peligro que lo rodeaba. A su lado izquierdo, Dakaria permanecía retenida por un guardia, el rostro pálido, los ojos llenos de angustia.

El retumbar de los tambores rompió el silencio.

Con cada golpe, la música solemne de Transilvania se alzó, marcando el inicio de la ceremonia.

______(T/N) comenzó a caminar por el vasto salón. Vestía un vestido completamente negro, adornado con sutiles toques blancos que contrastaban con la palidez de su piel. Sus pasos eran lentos, medidos, casi rituales, mientras avanzaba en dirección a Antanasia.

La vampira ya se había puesto de pie y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

 Por un instante, ______(T/N) alzó la mirada y distinguió, a Murdo y a Silvania cantando. Su corazón dio un vuelco. En silencio, rogó a Drácula que no intervinieran, que no estropearan nada... al menos hasta que la "ceremonia" llegara a su fin. Esto tenía que salir bien. No había margen de error. No habría vuelta atrás.

____(T/N) seguía caminando con paso sereno, aunque por dentro cada latido le golpeaba el pecho como un tambor de guerra. Su rostro era una máscara perfecta: calma, sumisión, entrega. Nadie debía notar el temblor oculto en su sangre. Nadie debía sospechar que aquel instante había sido calculado con precisión milimétrica.

Todo va según el plan, se repitió

BLOOD (Daka y tu)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora