Edwin había intentado calmar a la pequeña, que seguía sollozando tras perder su cámara. El joven detective tenía muchas preguntas sin respuesta y la amarga certeza de que una pista crucial se le había escapado de entre las manos. Todo era demasiado extraño. ¿Desde cuándo un cuervo robaba objetos de ese modo tan intencionado? No era un animal cualquiera... lo sabía.
—Calma pequeña, te llevaré a tu casa.— dijo Edwin aún en su disfraz de señora.
—Nunca debí sacar la cámara... — dijo la niña lamentando su pérdida.
—No fue tu culpa, te ayudaré a recuperarla.
—¿Me ayudarás? pero... ¿cómo?
Edwin se quedó sin palabras. La mochila mágica que contenía muchos artefactos que siempre los sacaban de apuros a los jóvenes detectives difuntos estaba ahora fuera de su alcance: Charles, quien tenía acceso a ella, seguía atrapado en una pesadilla.
Suspiró hondo y tomó de la mano a la pequeña.
—Confía en mí. Por ahora vamos a ponerte a salvo, ¿de acuerdo?
La niña asintió en silencio, frotándose los ojos. Edwin la guió fuera del cementerio, sintiendo cómo la noche se volvía cada vez más densa a su alrededor. Había una sensación de urgencia contenida en el aire, una tensión que no terminaba de disiparse. A cada paso, sentía que algo más se avecinaba.
La dejó frente a la puerta de su casa. Esperó unos minutos oculto entre los árboles del jardín, asegurándose de que entrara bien. Solo cuando las luces del salón se encendieron y la silueta de la madre apareció tras la ventana, dio media vuelta, sintiendo que por lo menos algo —solo algo— había quedado en su lugar.
Debía regresar con Crystal y el Rey Gato para contarles lo sucedido. La cámara desaparecida, la fotografía de Charles, la presencia de la gata blanca... Todo se estaba entrelazando, pero aún no comprendía cómo. Tenía que volver, pero para ello necesitaba encontrar un espejo.
Comenzó a caminar por las calles ya conocidas de Port Townsend en busca de un espejo para canalizar su camino de regreso. De vez en cuando atravesaba las casa de los alrededores para buscar el espejo. Pero, por algún motivo, no había ninguno. Como si el reflejo mismo del pueblo se negara a devolverle el paso...
Y fue entonces cuando la soledad empezó a pesar. En ausencia de Charles, no había nadie que le recordara cuándo detenerse. Su mente, normalmente disciplinada, ahora se perdía en conjeturas sin fin.
Recordó la conversación con la niña. La gata blanca en la foto. La figura de Charles junto a la ventana. Recordó cómo la niña había mencionado que otros gatos también aparecían en las imágenes, pero que luego... desaparecían. ¿Era posible que quedaran atrapados dentro de las fotografías? ¿Y que la cámara fuera un portal o prisión?
En la última imagen, solo quedaban Charles y la gata blanca. Todos los demás se habían ido.
Se detuvo en medio de una calle vacía, y el frío lo atravesó como un susurro.
Y entonces lo recordó.
Cuando la cámara fue arrebatada, había escuchado algo.
Una voz.
Una voz que conocía.
Una voz que creía perdida.
—¿Monty...? —susurró Edwin.
En ese instante, el viento sopló con fuerza, levantando un remolino de hojas secas a su alrededor. Alzó la vista.
Y allí estaba.
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sin titulo todavía
FanfictionMi intento de lo que iba a ser un gogogo Fanfic entre Rey gato y Edwin (a veces saldrá Charles) de los detectives difuntos. No me culpes, esta buenísimo el Ship.
