Capitulo 12

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—¿Te acompaño? —preguntó Reid sin pensarlo, pero al instante se sonrojó al notar el silencio incómodo que provocó su comentario—. Digo... por si necesitas ayuda con la mano... por los vendajes...

—¿Qué demonios, Reid? —intervino Morgan con una carcajada ahogada—. ¿Vas a acompañarla al baño también o qué?

—No, o sea, ¡no así! —trató de corregirse Spencer, más colorado que nunca—. Solo lo decía por...

—Spencer —interrumpió Hotch con su tono seco pero sutilmente divertido—. Tal vez mejor dejes que Netzi vaya sola. Estoy seguro de que sabe usar el baño sin asistencia.

Netzi se detuvo en la puerta, giró ligeramente y los observó con una mezcla de vergüenza y burla.

—Gracias, chicos... de verdad. Nunca me sentí tan observada por ir al baño —dijo con sarcasmo—. Ya regreso. Y no planeo escapar, por si eso también les preocupa.

Morgan soltó una risa mientras Reid escondía la cara en los papeles. Hotch simplemente negó con la cabeza y volvió a concentrarse en los documentos.

Netzi salió al pasillo, suspirando. En el fondo, era divertido. Y a la vez... complicado. Muy complicado. Caminó hacia el baño, sintiendo el ardor suave en su mano vendada y el peso mental de tener a tres agentes del FBI que, de una forma u otra, estaban conectando con ella de forma distinta. Se lavó la cara, se observó en el espejo y murmuró:

—Netzi, cariño, te estás metiendo en camisa de once varas...

Mientras se secaba las manos, repasó mentalmente cada interacción. Reid era dulce, curioso, con una mente brillante que la desarmaba a veces sin querer. Morgan... bueno, era magnético, encantador, directo. Y Hotch... Hotch tenía algo que le provocaba escalofríos. Una mezcla de respeto, admiración y una tensión que ni siquiera ella podía explicar.

Suspiró y volvió a la sala.

Mientras tanto, en la sala de reuniones...

Morgan cruzó los brazos, mirando hacia la puerta por la que Netzi había salido.

—¿Entonces no les parece raro? —preguntó.

—¿Qué cosa? —dijo Reid, levantando la vista.

—Que estemos los tres aquí, solos. Con ella. De nuevo. Es como si el universo tuviera un sentido del humor

retorcido —expresó Morgan.

Hotch no dijo nada, pero el silencio que mantuvo hablaba por sí solo.

—A ver —intervino Reid, pensativo—. Tal vez no es el universo, tal vez es que simplemente coincidimos... en gustos.

Morgan se volvió hacia él, con una ceja alzada.

—¿En gustos?

—Sí. Es inteligente, directa, graciosa, apasionada por su trabajo... —Reid empezó a contar con los dedos, pero se detuvo al ver las miradas de los otros dos.

Hotch cerró el archivo que estaba revisando.

—Lo que está pasando entre ustedes —dijo, con su tono de siempre— no debe interferir con el caso. Lo que está en juego aquí es mucho más importante.

—¿Y tú qué, Hotch? —preguntó Morgan, mirándolo directamente—. ¿Vas a fingir que tú no estás metido también?

El silencio se hizo más denso que nunca.

Hotch sostuvo la mirada de Morgan unos segundos... y luego respondió:

—Estoy manejando la situación como corresponde. Espero que ustedes hagan lo mismo.

—Ajá —dijo Morgan, pero no añadió nada más. Reid bajó la mirada, incómodo.

Antes de que Morgan pudiera decir algo más, la puerta se abrió nuevamente y Netzi regresó, notando al instante que había tensión en el aire.

—¿Ya se estaban peleando? ¿O estaban haciendo una lista de cosas que les gustan de mí? —bromeó, tratando de aligerar el ambiente.

Reid tosió. Morgan se encogió de hombros. Hotch no respondió, pero esa pequeña y casi imperceptible sonrisa en su rostro le bastó a Netzi para darse cuenta de que no estaba tan equivocada.

Ella volvió a su asiento y retomó los documentos. Después de unos segundos de silencio, habló sin mirar a ninguno:

—Por si acaso se lo estaban preguntando... no estoy saliendo con nadie. No planeo hacerlo. Tengo cosas más importantes en qué enfocarme ahora mismo.

Morgan y Reid intercambiaron miradas. Hotch asintió, retomando su informe. Nadie más dijo nada. Pero

algo había cambiado. El aire estaba más... espeso. Más incómodo. Más cargado de lo que ninguno quería admitir.

Pasaron unos minutos en silencio. Se escuchaban solo los papeles, las hojas moviéndose, y el golpeteo suave de un bolígrafo en la mano de Reid. Netzi trató de enfocarse en los datos, en las inconsistencias del caso, pero no podía ignorar las miradas que sentía de reojo. Era sutil, pero las percibía. Y no eran las mismas. Cada uno de esos hombres la miraba diferente.

Hotch con juicio. Reid con curiosidad. Morgan con... intensidad.

—Bueno —dijo Netzi por fin, rompiendo el silencio—. El Sepulturero no actúa sin un motivo. Si está pidiendo una audiencia es porque tiene una estrategia. Está esperando que nosotros cometamos un error.

—¿Crees que lo tenga planeado desde antes? —preguntó Reid.

—Estoy casi segura —respondió Netzi—. El tipo es narcisista, obsesivo. Cada movimiento que hace está pensado para exponer debilidades. No solo las legales, sino emocionales.

—Entonces, no debemos darle el gusto —dijo Hotch. Sus palabras eran claras, pero sus ojos seguían fijos en Netzi.

—Exacto —añadió Morgan—. No dejaremos que juegue con nosotros.

Netzi se puso de pie para estirarse. Caminó hacia la ventana y miró hacia el exterior. El cielo comenzaba a nublarse. Quizá era una señal de lo que se venía.

—Me parece que nos vamos a meter en aguas más turbias de lo que pensamos —comentó, sin volverse.

—Nosotros estamos acostumbrados a nadar ahí —respondió Morgan, con tono confiado.

—Tal vez, pero esta vez el agua está más fría —dijo ella, girando al fin—. Y yo no traje abrigo.

Reid la observó en silencio. Hotch la miró con atención, como si intentara leer más allá de sus palabras. Morgan sonrió, como quien acepta un desafío.

En ese momento, un mensaje llegó al teléfono de Hotch. Lo revisó y frunció el ceño.

—La audiencia preliminar es en tres días. Necesitamos los informes listos para entonces.

—¿Tres días? —repitió Netzi—. Eso es una trampa. No nos están dando tiempo suficiente para revisar todos los archivos.

—Por eso trabajaremos el doble —dijo Hotch, levantándose—. Que nadie se distraiga.

Netzi alzó una ceja. Sabía que ese comentario iba dirigido, al menos en parte, a ella.

—Lo tomaré como un reto —respondió, cruzando los brazos.

Y aunque la escena parecía tensa, los tres hombres, cada uno a su manera, sabían que estaban metidos hasta el cuello. Porque esto ya no era solo un caso. Era una línea que separaba lo profesional de lo personal.

Y todos estaban a punto de cruzarla.

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