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Mi hermana siempre fue una mierda de persona.
No lo digo con rencor acumulado ni con el dramatismo barato que se pone de moda cuando uno se queja de la familia. No. Lo digo con la certeza metódica de quien ha vivido veinte años observando cada gesto suyo y almacenando en el cuerpo una colección completa de motivos para despreciarla. Lo digo como se dice “el cielo es azul” o “el fuego quema”.
Claudia era el tipo de hermana que me hacía sentir que yo había nacido por accidente. Que mis triunfos eran sus comparaciones. Que mi silencio era su oportunidad para brillar. El tipo de persona que se miraba al espejo con cariño y a los demás con juicio. Jamás hubo una pizca de complicidad entre nosotros. Ni en la infancia, ni en la adolescencia. Éramos dos planetas en órbitas distintas y ella siempre tuvo la manía de creerse el sol.
Así que cuando apareció este señor... Paolo Maldini, 35 años, sonrisa pulida y cuerpo marcado a mi parecer, lo único que pensé fue: Qué perfecto. Justo el tipo de idiota que ella querría.
Y lo era. Alto, elegante, educado. Economista, ahora metido en negocios inmobiliarios y no sé qué otra mierda aburrida. Claudia estaba encantada, pero yo no. Desde el primer día supe que algo en él me irritaba, no era solo lo predecible de su presencia, o el hecho de que todo en él parecía perfectamente controlado. Era algo más visceral. Su voz, su forma de mirar, esa seguridad con la que caminaba por una casa que no era suya como si sí lo fuera.
La primera vez que vino a cenar, me lo presentó con una sonrisa tan estirada que parecía que se le iba a romper la cara.
—Alessandro, este es Paolo. Paolo, mi hermanito.
La palabra "hermanito" me atravesó como una espina.
Forra de mierda.
—Un gusto, Ale —me dijo él, y me extendió la mano con una naturalidad calculada. Como si ya supiera que yo no se la iba a negar.
La apreté fuerte. Demasiado. Quería ver si le dolía. Él sonrió. No dolía.
⚖️
Durante semanas fue igual. Visitas, cenas, su ropa colgando del respaldo de las sillas, su auto en la cochera. Y él, él siempre tan correcto. Tan “presente”. Y tan... atento conmigo.
No era una atención explícita. No me miraba con lujuria. No hacía comentarios fuera de lugar. Pero sí tenía esa forma sutil de habitar el espacio. De quedarse mirándome un segundo más de lo necesario. De entrar a la cocina justo cuando yo estaba sacando agua de la heladera. De pararse detrás mío en silencio mientras yo lavaba un plato. De sentarse en el sofá con las piernas abiertas y los muslos tensos, como si no supiera el efecto que causaba.
Y yo, por supuesto, lo notaba todo.
No porque me interesara. No porque me atrajera.
Sino porque quería encontrar algo para odiarlo más.
⚖️
Una noche, estaban los dos viendo una película en la sala y yo bajé a buscar algo del refri. Iba en bóxer y camiseta sin mangas. Nada raro. Mi casa, mi cocina, pero ahí estaban ellos. Ella con las piernas encima de él, su cabeza en su hombro. Y él... él me miró.
No fue una mirada inocente. No fue curiosa. Fue una mirada de esas que te sacuden desde dentro. Me escaneó, de arriba abajo, como si supiera exactamente lo que estaba viendo, me sostuvo los ojos un segundo más. Y luego, sin perder el ritmo, pasó la mano por el muslo de mi hermana como si nada.
Me congelé. El aire estaba espeso, inmóvil. Sentí un calor raro en el pecho. En la cara. En otro lado también.
Salí rápido. Me encerré en mi cuarto. Respiré hondo.
