Parte 2, Capítulo 11
El aire en el despacho privado de Jungkook se sentía viciado, cargado con el aroma a cera quemada y el eco de secretos que habían permanecido enterrados durante años. El Rey de Jade permanecía de pie frente al ventanal, con las manos entrelazadas en la espalda, observando cómo la penumbra devoraba los jardines. La puerta se abrió con un chirrido sutil, y la silueta de un hombre elegante, envuelto en sedas de un azul profundo que denotaban su alcurnia, se materializó en el umbral.
Kim Seokjin, el hermano mayor de Taehyung, entró con la gracia de quien conoce perfectamente su valor. Su belleza como omega era legendaria, pero había una dureza en sus ojos que contrastaba con su apariencia delicada.
-Majestad -saludó Seokjin con una reverencia que rozaba lo insolente, sin rastro de sumisión.
Jungkook se giró lentamente. Sus ojos oscuros escanearon al recién llegado. No había calidez en su mirada, solo una curiosidad calculadora.
-Has cruzado medio continente para volver, Seokjin. Supongo que no ha sido por nostalgia -dijo el Rey, señalando una silla-. Dijiste que tenías algo de vital importancia que comunicarme. Algo que no podías confiarle a un mensajero. Te escucho.
Seokjin no se sentó. En su lugar, colocó sobre el escritorio un cofre de madera de ébano, tallado con intrincados motivos que parecían serpientes entrelazadas. Sus dedos largos y pálidos acariciaron la tapa antes de abrirla, revelando varios sobres amarillentos, atados con un cordel de seda negra.
-Todos creen conocer a mi hermano, Jungkook -comenzó Seokjin, su voz era un susurro gélido olvidandose por completo de las formalidades -. Creen que Taehyung es solo un omega hermoso, un adorno en tu trono que se pierde en sus pensamientos y melancolía. Pero la sangre de los Kim corre por sus venas de una forma que tú no alcanzas a comprender. Esta es la verdadera cara de tu esposo.
Jungkook arqueó una ceja, su interés picado por el veneno en las palabras del omega.
-¿Y qué esperas a cambio de esta "verdad"? -preguntó el alfa, dando un paso hacia el escritorio-. Sé que no haces nada por caridad, Seokjin.
-Justicia -respondió él de inmediato-. Namjoon intenta usar su influencia para quitarme a mi hija. No permitiré que esa niña sea un peón en sus juegos de poder. Solo quiero tu palabra de Rey: garantiza que mi hija permanecerá conmigo, que Namjoon no podrá tocarla, y este cofre y su contenido serán tuyos para siempre.
Jungkook guardó silencio durante un largo minuto, midiendo el peso de la petición. Finalmente, asintió con una sobriedad cortante.
-Tienes mi palabra. Namjoon no se acercará a la niña. Ahora, muéstrame por qué has traicionado a tu propia sangre.
Seokjin deslizó uno de los sobres hacia el Rey.
Mientras tanto, en el ala militar del palacio, Min Yoongi se encontraba sumergido en una penumbra muy distinta. La luz de una sola vela temblaba sobre su escritorio, proyectando sombras alargadas que danzaban en las paredes. El General abrió el sobre que Jungwon le había entregado el día anterior, aquel que le había provocado una sonrisa extraña y sombría.
De su interior extrajo un retrato dibujado con carboncillo. Era el rostro de un hombre de facciones afiladas y mirada gélida. Debajo, una ficha detallada: Choi Wooshik, veintiocho años.
Yoongi recorrió las líneas de los antecedentes criminales con una calma aterradora. Wooshik era un mercenario, un hombre sin escrúpulos que operaba en los bajos fondos del reino, pero lo que realmente hizo que la mandíbula del General se tensara fue el último párrafo: su vínculo estrecho y clandestino con Lee Jieun, la concubina del Rey.
Yoongi dejó el papel y se recostó en la silla, frotándose la cicatriz que aún le escocía bajo el uniforme. La verdad, esa que había ocultado tras una fachada de amnesia fingida, ardía en su mente.
Recordó perfectamente la noche del cumpleaños de la difunta reina. No había sido un accidente, ni un ataque de bandidos. Había escuchado a Jieun en los pasadizos, hablando con Jinri sobre un plan meticuloso para deshacerse de Taehyung, una trampa que involucraba veneno y una acusación de adulterio. Cuando ella se dio cuenta de que el General la había oído, no dudó. Jieun misma, con una daga oculta entre sus ropajes de seda, lo había apuñalado antes de que él pudiera reaccionar.
Había fingido no recordar nada porque sabía que, en ese momento, su palabra contra la de la mujer que dormía en la cama del Rey no valía nada. Necesitaba pruebas, necesitaba a Wooshik. Si acusaba a Jieun sin fundamentos sólidos, Jungkook lo destituiría por traición o locura. Ahora, con este informe en sus manos, el cazador finalmente tenía la red lista para ser lanzada.
-Pronto -susurró Yoongi para sí mismo, mirando el retrato de Wooshik-. Pronto sabrán que mi silencio no fue debilidad, sino estrategia.
De vuelta en el despacho real, el silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido de las llamas en la chimenea. Seokjin ya se había retirado, dejando tras de sí un rastro de traición y el cofre de ébano abierto.
Jungkook sostenía una de las cartas. Sus ojos recorrían las órdenes escritas con la caligrafía inconfundible de Taehyung. En ellas, el omega dictaba sentencias de muerte discretas para varios omegas de familias aristócratas que, en el pasado, habían osado competir por la atención del Rey o que habían insultado el linaje de los Kim. Eran órdenes frías, precisas, letales.
El Rey sintió una mezcla de horror y una fascinación oscura. Su esposo, el hombre que parecía romperse con el viento, había estado limpiando el camino de rivales con una mano de hierro oculta en un guante de seda.
Sin decir una palabra, Jungkook se acercó a la chimenea. Uno a uno, comenzó a arrojar los sobres al fuego. Las llamas lamieron el papel, consumiendo las pruebas de los crímenes de Taehyung, transformando las órdenes de asesinato en cenizas grises que subían por el cañón de la chimenea. No podía permitir que esas cartas existieran, no porque quisiera proteger la moral del reino, sino porque ese secreto le pertenecía solo a él. Era su nueva cadena sobre Taehyung.
Cuando el último fragmento de papel se volvió negro, Jungkook cerró el cofre vacío. Su rostro no mostraba emoción alguna, solo una determinación gélida.
-¡Gayoung! -llamó con voz potente.
La mujer entró al instante, sus pasos silenciosos sobre la alfombra.
-Majestad.
Jungkook le extendió el cofre de ébano. El peso de la madera vacía parecía más ligero, pero su significado era ahora mucho más pesado.
-Lleva este cofre a los aposentos del consorte -ordenó el Rey, su voz sonando como el metal chocando contra la piedra-. Entrégaselo en sus manos. No digas quién lo envió, él lo sabrá en cuanto lo vea.
Gayoung tomó el objeto con una reverencia, comprendiendo que el juego de sombras en el palacio acababa de subir de nivel.
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The King Weakness - KookTae
FanfictionEn el alba de los tiempos, en un gran reino donde alfas y omegas tejían el tapiz de la sociedad, dos príncipes, dotados de una belleza que trascendía lo terrenal, descubrieron que sus corazones latían al unísono. Su amor, puro y desbordante, se conv...
