Jiwoong y Matthew son unidos en un matrimonio arreglado y luego de estar seis años juntos y teniendo juntos a su pequeño hijo, Gyuvin, toda esa farsa llega a su fin cuando Jiwoong aparece con una carta de divorcio la cual Matthew firma sin problema...
Jiwoong conducía prestando atención a los semáforos y procurando ser cuidadoso, mientras miraba por el espejo retrovisor a Gyuvin, sentado con el cinturón de seguridad abrochado y observando por la ventana. Para cualquier padre sería bueno ver a su hijo tan tranquilo, pero para Jiwoong resultaba extraño verlo callado.
Cuando viajaban en auto, Gyuvin solía pedir canciones infantiles y las cantaba mientras jugaba con Eumppapa; también adivinaba cuándo cambiaría el semáforo de color y señalaba todo lo que le causaba curiosidad al mirar por la ventana. Gyuvin era muy ruidoso, pero era increíble verlo tan lleno de energía.
Por eso, Jiwoong no entendía aquel comportamiento tan apagado en un niño normalmente tan alegre.
—Gyuvin, ¿estás emocionado de ver a papi Matthew? —preguntó Jiwoong, buscando algún tema de conversación que aligerara el ambiente silencioso.
—Sí, extraño mucho a papi —respondió Gyuvin con una sonrisa, aunque no añadió nada más.
Jiwoong suspiró, algo rendido, pues cada intento de conversación terminaba en lo mismo: Gyuvin lo miraba fijamente por un momento y luego volvía la vista a la ventana.
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Tras un largo recorrido, llegaron a la casa de Matthew, quien se encontraba preparando el desayuno. Normalmente él solo bebía una taza de café y acompañaba con alguna tostada o una barra de proteína, pero ese día su pequeño angelito volvía y quería recibirlo con un gran desayuno, sabiendo cuánto disfrutaba el niño de su sazón en los platillos que cocinaba.
Matthew escuchó el timbre, apagó la cocina y fue a abrir la puerta. Apenas la abrió, su hijo saltó a sus brazos y se acurrucó contra su cuello.
—Hola, pequeño. ¿Me extrañaste? —preguntó Matthew, abrazando al menor. Gyuvin sonrió con felicidad: por fin estaba en su hogar, lejos de cualquier amenaza o peligro, junto a él y a Eumppapa.
Cuando el niño se separó un poco, abrió la boca sorprendido.
—Oh... —Jiwoong también se quedó atónito.
Matthew había dejado atrás el cabello rubio para teñirlo de un negro azabache que le quedaba demasiado bien.
—¿Te gusta, Gyuvin? —preguntó. El pequeño asintió emocionado y empezó a tocar su cabello con sus manitas. Matthew sonrió. Gyuvin lo había visto con muchos colores: cuando se casó y lo tuvo a él, llevaba el cabello castaño; luego lo cortó un poco, después lo tiñó de rubio, más tarde en rosa, y volvió al rubio que conservó por años. Ahora quería probar algo nuevo, y sabía que para su hijo era divertido verlo cambiar.
Gyuvin volvió a abrazarlo, acurrucándose feliz en sus brazos.
—Estos días ha estado algo decaído, pero es bueno ver que contigo sonríe —comentó Jiwoong. Pese a sus palabras, no pudo evitar sentir un dejo de celos por la cercanía entre Matthew y Gyuvin. No porque odiara a Matthew, sino porque le dolía que la sonrisa de su hijo no estuviera dirigida a él.