ROMINA
Jenny y yo vamos en la parte trasera del auto. Jenny me abraza como si su vida dependiera de ello. Parece aún asustada, aterrada, y la entiendo perfectamente. Yo, más que nadie, la entiendo. Sé lo que es temer por tu vida. Escuchar pasos sigilosos tras una puerta. Sentir el aire atravesar tu espalda, que la respiración se te corte, que el corazón parezca casi salirse de tu pecho, que las manos te suden, que los labios te tiemblen. Sé lo que es el terror.
No puedo imaginar lo que es pasar eso a su corta edad.
Y ahora que su abuela está muerta, debe sentirse en completa soledad.
La abrazo más fuerte y le dedico una sonrisa. En ella trato de transmitirle confianza, seguridad. Quiero que sienta que está a salvo.
Ella me devuelve la sonrisa, solo apenas, y luego aprieta sus pequeñas manos contra mi torso y esconde su rostro en el hueco de mi pecho. Apoyo mi mentón en su cabeza, solo un momento, y entonces lo miro.
Por el retrovisor.
Al extraño salvador.
¿Qué hace aquí?
¿Mi padre sigue obligándolo a ir tras de mí?
Unos minutos más de trayecto y empiezo a inquietarme por el destino al que nos lleva. El auto no se detiene. No reduce la velocidad. No duda. Afuera, el paisaje se ve desconocido y ya está amaneciendo.
No es que no confíe en él del todo. De hecho, parece que no quiere verme muerta. Me ha salvado dos veces en pocos días y eso ya es bastante. Bastante para la suerte maligna que me persigue desde esa noche. Desde ese momento en que todo se rompió.
Sin embargo, no puedo, aunque quisiera, sentirme a salvo con nadie.
Siento que el mundo va tras de mí. Como si respirara en mi nuca. Como si me siguiera, paciente, esperando el momento exacto para cerrar la mano sobre mi garganta.
¿Él también es parte de eso?
Cierro los ojos un momento y suelto el aire lentamente. Debería dejar de pensar tanto.
Solo un momento, Mina.
Jenny se acomoda sobre mis piernas con movimientos pequeños, torpes por el cansancio. Su cuerpo es ligero, frágil. Su mejilla descansa sobre mi viejo y sucio pantalón, arrugándolo, aferrándose a él como si fuera lo único firme que le queda.
Se ve tan a gusto.
Tan confiada.
Y eso me genera una genuina tranquilidad. Una calma breve, prestada.
Entonces levanto la mirada.
El asiento delantero. Su silueta. Sus manos firmes sobre el volante.
Tiene que hablar. Tiene que decirme hacia dónde nos está llevando.
—¿Cómo supiste que estaba aquí? —empiezo a preguntar. Mi voz suena más firme de lo que me siento. No sé si es una buena forma de obtener la verdad, pero es la única que tengo.
Su mirada reposa en el retrovisor unos segundos. Sus ojos encuentran los míos y se quedan ahí. No es una mirada tranquila. Hay algo más. Algo tenso. Una ligera indignación que se filtra en la forma en que su mandíbula se endurece.
Luego niega levemente con la cabeza. Como si no creyera que acabo de empezar así la conversación.
—Lo tuve que averiguar —responde, casi arrastrando las palabras. Su voz es grave. Cansada.
ESTÁS LEYENDO
FRAGMENTOS
RomanceMax, un joven militar con cualidades y habilidades prodigiosas, es retirado abruptamente del servicio por un terrible error en una de sus misiones. Ahora vive en Des Moines como un ciudadano cualquiera, bajo la sombra de una carrera gloriosa trunca...
