[Capítulo 13]

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¡Romina, despierta!

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¡Romina, despierta!

Abro los ojos. Lo primero que veo es la sábana sucia pegada a mi nariz, seguida del hedor rancio a sudor. Patty dice que es el olor de los hombres que vienen por las chicas de aquí.

Alguien me toma del hombro y me sacude varias veces. Estoy mareada, como si hubiese bebido litros de cerveza. Pero no es el alcohol lo que me tiene en este trance. La noche anterior, el cuidador de esta habitación—o de esta celda—me abofeteó dos veces. Fueron suficientes para desorientarme y hacerme dormir solo por el dolor. Mis mejillas ya no están calientes, pero la confusión aún persiste.

—¡Tenemos que irnos, Romina! —grita la voz.

Me toma de la mano y me obliga a levantarme. Me arrastra fuera de la habitación y me lleva por un pasillo de paredes sucias y puertas rojas. La luz es tan tenue que la salida es solo una mancha de sombras. Cada paso nos adentra más en la boca de un lobo siniestro. Un lobo que podría llevar una pistola y asesinarnos antes de que crucemos el umbral.

Logramos cruzar el pasillo y llegar a otro. Aún más viejo, pero menos hediondo que el anterior. Aún poco confundida, trato de tranquilizar mi respiración y no ser un estorbo para Patty. Pego mi espalda a la pared y respiro hondo tres veces, como me enseñó mi entrenador de running hace unos meses. Meses, parece que hubiesen sido años...

—¿Dónde estamos? —pregunto.

—No lo sé, pero voy a buscar la salida de este infierno.

—¿Por qué está todo tan silencioso?

—Se llevaron a todas las chicas a la venta. 

—¿Venta?

—Parece que esos cerdos  nos venden como carne a los mejores perros.

—¿Y si se llevaron todas? ¿Por qué no nos llevaron a nosotras?

—Deben habernos comprado ya. Así que esta es nuestra última oportunidad para escapar.

Trago saliva. 

—No sé tú —me dice ella—. Pero yo prefiero estar muerta a irme con algunos de esos monstruos. 

—También yo. 

—Escucha —ella se acerca y me toma del rostro—. Vas a quedarte aquí, ¿de acuerdo? Si ves algo. Vas a avisarme. Yo buscaré una ventana o alguna maldita puerta por donde podamos salir. 

Asiento y me pego aún más a la pared.

—Yo iré por ese lado —dice, señalando un pequeño pasillo que lleva a una puerta—. Veré qué hay ahí y buscaré la salida. Tú solo debes hacer el sonido de un búho para avisarme. Y si están demasiado cerca y no te da tiempo, vienes por mí, ¿de acuerdo? Nos esconderemos y, cuando vayan a buscarnos a nuestra habitación, aprovecharemos para encontrar otra salida.

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