Yukino y su Pierrecito

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Pierre cerró la puerta del departamento en Italia con un suspiro cansado, dejando las llaves sobre la consola mientras el olor a salsa caliente y especias lo envolvía al instante. Sonrió sin poder evitarlo; ese aroma ya significaba hogar. Siguió el sonido suave de una canción japonesa hasta la cocina y allí estaba Yuki, de pie frente a la encimera, removiendo algo en la sartén mientras con la otra mano robaba un trocito de tempura recién hecho.

Pierre se apoyó unos segundos en el marco de la puerta solo para mirarlo: el delantal ligeramente torcido, el cabello cayéndole sobre la frente y esa costumbre adorable de probar cada treinta segundos como si la comida pudiera escaparse. Se acercó en silencio y lo rodeó por la cintura, hundiendo el rostro en su cuello y besándolo allí, lento.

—Hueles increíble, y lo que estás cocinando también.

Yuki soltó una risa suave, intentando apartarlo con el hombro sin dejar de mover la sartén.

—Es porque yo soy el mejor cocinero —respondió con falsa arrogancia, llevándose otro pedazo a la boca.

Pierre frunció el ceño divertido y le dio un pequeño apretón en la cintura.

—Pareces un barril sin fondo, Yuki. Vas a dejar sin cena a los dos.

Yuki giró apenas la cabeza para mirarlo, con las mejillas ligeramente infladas, y sonrió descaradamente.

—Ventajas de no ser ya piloto de F1.

Pierre lo hizo girar por completo hasta tenerlo frente a él, atrapándolo con ambos brazos contra su pecho.

—Eres piloto de reserva aún, Yuks. Eso significa que debes cuidar la comida.

Lo dijo con tono serio que no lograba ocultar el cariño. Bajó la mirada a sus labios y le robó un beso corto, apenas un roce.

Yuki apoyó las manos en su pecho, fingiendo indignación.

—¿Estás insinuando que estoy engordando?

Pierre abrió los ojos exageradamente.

—Estoy insinuando que te estoy financiando el supermercado y que te estoy vigilando.

Yuki terminó riendo de verdad, esa risa que le arrugaba los ojos.

—Tranquilo, amor. Sigo entrenando. Solo que ahora puedo disfrutar sin que alguien me pese cada gramo de arroz.

Su voz bajó un poco al final, más sincera. Pierre lo notó al instante. Su expresión se suavizó y lo abrazó otra vez, esta vez sin bromas, apoyando la frente contra la de él.

—Me gusta verte así —confesó en voz baja—. Relajado. 

Yuki lo miró unos segundos antes de sonreírle con ternura.

—Me gusta estar así contigo.

Fue él quien se inclinó para besarlo ahora, más despacio, como si no hubiera prisa en el mundo.

Un chisporroteo más fuerte los hizo separarse de golpe.

—¡Ah! ¡Se quema! —exclamó Yuki, soltándose para rescatar la sartén.

Pierre se quedó mirándolo, cruzado de brazos, con una sonrisa inevitable. Tal vez Yuki seguía siendo oficialmente piloto de reserva. Tal vez comía como si el mundo se fuera a acabar mañana. Pero en ese pequeño departamento italiano, con la cocina llena de vapor y risas, Pierre tenía claro algo mucho más importante: Yuki estaba exactamente donde debía estar. Y él también.

Cenaron en la pequeña mesa junto a la ventana, con la ciudad italiana brillando a lo lejos y el plato de tempura y pasta compartido entre los dos. Pierre apenas alcanzaba a llevarse un bocado a la boca antes de que Yuki le robara otro del plato, sonriendo satisfecho cada vez que lo lograba. Entre risa y risa, sus rodillas chocaban bajo la mesa, y más de una vez Pierre se inclinó para besarle la comisura de los labios cuando encontraba una mancha de salsa.

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⏰ Última actualización: Mar 02 ⏰

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