CAPÍTULO 40

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'Los que regresan sin saber lo que dejaron atrás'

Ally

La casa nunca se había sentido tan pequeña como el día que mis padres regresaron de su luna de miel.

No porque hubiera menos espacio físico, sino porque estaba llena de secretos que no sabían dónde esconderse. Cada pared parecía escuchar. Cada pasillo guardaba una tensión que no estaba allí dos meses atrás. Felicidad y Thomas se habían ido dejando un hogar recién formado, lleno de promesas, y regresaban a uno distinto, aunque aún no lo supieran.

Emily estaba en la cocina cuando llegó el mensaje: Ya estamos llegando. Lo leyó en voz alta, como si eso pudiera hacerlo menos real.

Alejo dejó de teclear en su portátil. Matt se quedó inmóvil en el sofá. Yo sentí cómo algo me apretaba el pecho.

— Ya están aquí —dijo Emily.

Y todo se detuvo.

Salimos al porche casi al mismo tiempo. El coche apareció al final de la calle, avanzando lentamente, como si no supiera que estaba entrando en un campo de batalla invisible. Cuando se detuvo, Felicidad fue la primera en salir. Llevaba un vestido claro, el pelo suelto, y una sonrisa que parecía no caberle en la cara.

— ¡Mis niños! —exclamó.

Me abrazó con fuerza, como si no hubiera pasado el tiempo.

— Estás preciosa —me dijo—. Y más mayor.

— Mamá...

Thomas salió detrás de ella, alto, elegante, con ese aire tranquilo que siempre me había hecho pensar que era imposible que algo malo ocurriera cuando estaba cerca.

— Miradlos —dijo—. Parece que os hubiéramos dejado años.

Matt se acercó y lo abrazó.

— Te he echado de menos.

— Yo también, hijo.

Verlos así me hizo sentir una punzada en el estómago.

Entraron en la casa hablando sin parar, contando historias de playas, hoteles, risas y noches interminables. Felicidad no dejaba de tocar a Thomas, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí.

— No os imagináis lo feliz que soy —repetía.

Yo asentía, sonreía, pero sentía que cada palabra era una bomba de relojería.

Nos sentamos en el salón. Felicidad nos miró a todos.

— ¿Todo bien mientras no estábamos?

Nadie respondió.

— ¿Verdad que sí? —añadió, sin notar el silencio.

— Claro —dijo Alejo al fin.

Pero su voz no sonaba convencida.

Matt me miró de reojo.

Esa noche cenamos juntos. Felicidad y Thomas parecían vivir en una burbuja. Nosotros... no.

— Os he echado muchísimo de menos —dijo Felicidad levantando su copa—. Esta casa es por fin lo que siempre soñé.

Me dolió escucharlo.

Porque no sabía cuánto iba a durar ese sueño.

Cuando me fui a mi habitación, me senté en la cama y respiré hondo.

Los adultos habían vuelto.
Y con ellos... la realidad.

Y esta vez, ya no podíamos escondernos.

El Playboy es mi HermanastroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora