Un escenario oscuro. Detrás del telón hay un muchacho de mirada perdida, y pensamientos homicidas. En su mano sujeta un puñal manchado de un líquido carmesí. Con un suspiro levanta el arma, la entierra en el suelo de madera, y enseguida la cortina se eleva, revelando la obra que el guapo mozo hizo... una masacre.
—¿Emily? —Alguien sacudió mi hombro—. ¡Emily!
Con lentitud, el estupor que me embargaba, fue desapareciendo hasta que las imágenes claras aparecieron delante de mis ojos. Mark conducía por el mismo camino empedrado por el que llegamos a Nairev, la diferencia es que Jessica iba en el asiento trasero, y yo iba como copiloto, con un celular ajeno aferrado a mis manos.
—¿Qué ocurre? —Pregunté con voz gangosa.
—Oh no lo sé —habló Jessica, con el sarcasmo decorando sus palabras—, quizás quiera que le digas por dónde ir, ¡ya que tú tienes el maldito GPS en las manos!
De nuevo miré el móvil que tenía entre mis pálidas manos, y sacudí la cabeza en un intento por disipar la confusión que sentía. ¿Qué había sido esa imagen tan tenebrosa que cruzó mi mente? ¿Y quién era el muchacho? Suspiré y encendí la pantalla del celular con un simple deslizamiento de mi dedo. Ésta se iluminó con un pequeño mapa que indicaba en dónde se encontraba la Jeep, y cuál camino debíamos tomar para llegar al norte de Nairev.
—En la siguiente intersección gira a la izquierda —dije sin muchos ánimos.
—Hey, ¿qué ocurre Em? —Mark acarició mi rodilla sin apartar la mirada del frente.
—Nada —negué por lo bajo—. Sólo estoy cansada.
Los amortiguadores de la Jeep disminuían la intensidad con la que el vehículo que se movía sobre el camino. Por el espejo retrovisor derecho, pude ver la mirada dolida de Jessica, quien tenía la cabeza recargada sobre el hombro de Fernanda que, a su vez, tenía su mejilla apoyada contra la cabeza de su hermana. Ambas tenían un semblante taciturno, sin embargo, cuando un celular emitió la canción de All i want del grupo Kodaline, Fenananda se irguió de golpe y busco entre las cosas de su bolso hasta tener su móvil en la mano, para después acercarlo a su oreja izquierda.
—Osito, mi amor —dijo con voz chillona, y esperó a que él le dijera algo—. Sí, llegamos hace un par de horas. Comimos en un local muy bonito, pero la señora estaba loca —guardo silencio unos momentos—. No, no pasó nada grave. Nathan dice hola —informó con alegría, a lo que todos respondimos con un hola—. Oww yo también te extraño.
Miré sobre mi hombro y me encontré con la mirada de Aldair, el cual me dedico una de sus amistosas sonrisas, lo que provocó que un sentimiento de culpabilidad me invadiera. Regresé la vista al frente y dejé escapar el aire por la boca. Aún recordaba el día en que estuvimos a punto de besarnos en el salón, luego de que nos informaran la campaña de Por un Jorak sin lazos dañados.
Acaricié mi brazo izquierdo y recargué la cabeza sobre el respaldo del asiento, intentando no reírme de las cursilerías que Fernanda le decía a Nathan, es especial cuando le decía apodos como: osito, bizcohito de chocolate, cachetoncito, etc. Ellos si que eran una pareja para envidiar, pues a pesar de llevar ocho años de noviazgo, seguían comportándose como unos jóvenes enamorados. Ante aquél pensamiento, una ola de tristeza me invadió, pues recordé que años atrás, mi relación con Eduardo era igual de romántica e idílica. Parpadeé con rapidez para evitar que las lágrimas salieran.
Eduardo.
Durante los otro cinco minutos de trayecto, permanecimos en silencio, escuchando la conversación de Fernanda, hasta que nos detuvimos frente a una pequeña cerca amarillenta y deteriorada, que nos separaba de un área de casuchas de madera, roídas y sucias, que rodeaban un lago oscuro y turbio. Algunos caballos pastaban en las cercanías, y el repentino mugir de una vaca a nuestra derecha nos hizo dar un pequeño brinco.
ESTÁS LEYENDO
Legado rojo I: Atada al peligro
ParanormalLa creencia dice que un hilo rojo conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, del lugar y las circunstancias; el hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca llegará a romperse. En Jorak, todos los nativos conocen a la...
