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Aquel día apenas llegamos al cementerio,

me fui.

Estaba enojado con ella.

Era como si supiera que estaba ahí y hubiese ido allí sólo para que me alejara.


Tomó otro tren.

Algún día se le acabarían las rutas y tendría que volver a empezar, supongo.

Pero ese día estaba triste,

lo vi en sus ojos.

No se esmeró demasiado en su aspecto personal, 

sólo querías huir.

Quería huir de tu realidad.

De su vida.


Evitaba chocar con los demás usuarios del tren.

Miraba siempre hacia abajo.

Creo que era por ese chico del otro día,

porque lo vio a lo lejos y rompió en llanto.

Quise consolarla.

Quise abrazarla y decirle que todo iría bien, 

que yo estaba allí, que nunca la dejaría, 

que siempre estaría a su lado pase lo que pase.

Pero no me vería.

No me sentiría.

Y lloré con ella.

No puedo llorar con lágrimas,

pero sentí que todo mi espíritu lloró.

Me senté a su lado mientras llegaba el tren

y lloramos.

Lloramos y tomé una decisión.



Tren perdidoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora