De pequeña me daba miedo la soledad, temía a verme en el camino sola, sin ir agarrada de la mano de alguien.
Recuerdo que si nadie me acompañaba, para mí no existían los planes.
Conforme fui creciendo, algo cambió.
Me aficioné a dar paseos solitarios en compañía de la música, de mirar a mi alrededor, de fijarme en los pequeños detalles.
En esa pareja de la plaza que atiende con alegría a sus clientes, e el hombre que pasea a su perro por la calle de siempre, en las flores salvajes que crecen entre las ruinas, donde nadie cree que pueda florecer tanta belleza. Comencé a dejarme llevar por pensamientos, a evadirme de recuerdos. Hice de esos paseos calma, sosiego.
Dicen que las personas cambiamos conforme pasa el tiempo, que evolucionamos, que puede ser a mejor o peor, pero que lo hacemos. Dicen que cada día se aprende algo nuevo, y no lo niego.
Cada año es una nueva lección, te da nuevos conocimientos.
Pero hay una cosa que, desde que tengo uso de conciencia, no ha cambiado.
y es esto, lo de escribir.
El vicio incontrolable de soltar palabras al papel sin ton ni son.
Hay veces, que se escribe sin sentido y conforme pasa el tiempo, se cumple lo escrito.
Me gusta llenarme las manos de tinta, porque es una manera de contar incluso lo que yo no viví.
Es por eso, que de lo poco que me pido a mí misma este año y, como alguien me dijo una vez, es no dejar de escribir.
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La vida hecha tinta.
PuisiSólo unos cuantos poemas. De ellos, de ti, de mí. Viejos, desgastados. Poemas azules.