—Me siento muy incómoda —comenté una vez que Bianca terminó de leerme la carta que le hizo a Valeria, hice una mueca de disgusto a lo que Bianca se cruzó de brazos.
Era su gesto. Dependiendo de la altura de sus codos podía saber cuál era su humor sin la necesidad de ver su rostro, eran ese tipo de cosas que sabías cuando conocías a alguien desde hace tanto. Los brazos de Bianca ese día estaban rectos y no dejaba de mover los dedos, eso solo podía significar que estaba nerviosa.
—No te pregunté eso —se quejó frunciendo el ceño.
Me encontraba en su habitación, un cuarto color blanco con pocos muebles: una cama grande, una mesa de noche con una lámpara, un librero, un armario y un pequeño estante donde pone su cepillo, cremas y el poco maquillaje que tiene. Recuerdo pensar que el cuarto se vería muy triste si no hubiera fotografías de nosotras tres en las paredes y un cuadro de la torre Eiffel junto a la ventana, en momentos así, me pregunto si un cuarto más colorido pudo haber la diferencia. Si alguna vez Bianca vio el cuadro de la torre buscando un poco de consuelo, me pregunto si alguna vez lo encontró.
Miré a mi amiga que examinaba su carta con una mueca ansiosa, su pierna tiembla y parecía releerla en voz baja, yo me dejé caer sobre su colchón cómodo y su suave cobertor de venados morados. Un regalo de mi parte gracias a una promoción de cobertores que mis padres vieron en una plaza comercial. Bianca siempre tenía frío.
—Lo que sea que le escribas a Valeria le va a gustar —le dije viendo el techo, blanco con un pequeño foco en el centro y unas cuantas manchas de humedad en la esquina—. Ya sabes cómo es.
—Que ella tenga bajos estándares artísticos no significa que yo me duerma en los laureles —se quejó Bianca abrazando la hoja contra su pecho—. Quiero que estas cartas sean especiales, que cada vez que las lea sepa lo mucho que la amo.
—Basta, eres tan romántica que empiezas a contagiarme —me quejé poniendo un brazo sobre mi frente—. No me quedará más alternativa que salir con Steven para satisfacer mis necesidades de romance y, cuando me halle en medio de una relación cliché, te echaré la culpa de todo esto.
Bianca se rio divertida, lo cual era inusual, sobretodo desde la separación de Valeria. Recuerdo haberme alegrado de verla más animada y ayudarle a entregar esas cartas porque sabía que le estaba mejorando el pésimo humor que tenía, siendo su principal mi vecino, Steven.
Steven es el clásico chico musculoso sin cerebro, le gusta besarse con chicas pero realmente le cuesta socializar, lo cual hace que la gente crea que es un imbécil la mayor parte del tiempo, en lo personal, yo solo creo que es idiota. Bueno, solo un poco.
—¿Cómo soportas a Steven? —me preguntó Bianca, no era ni de cerca la primera vez que me hacía esa pregunta pero, curiosamente si fue la última, solo que en ese entonces no lo sabía.
—No lo sé —respondí soltando un suspiro—. Pero deseo que un día tenga amigos que vean lo bueno en él.
—Siempre piensas en todos menos en ti —replicó Bianca acostándose a mi lado—. Creciste ocultandonos y siendo amiga de Steven. Nunca te quejaste ni te molestaste con nosotros, es más, ahora entregarás cartas clandestinas. A veces eres tan amable que asusta.
—Nunca ha sido una molestia —respondí y era cierto. Siempre lo fue.
Bianca me miró, con esa mirada intensa que poseía. Sus ojos eran de un café tan oscuro que a simple vista podías decir que eran negros, muy diferentes a los ojos color avellana de Valeria, ella siempre te miraba sonriente con un brillo en los ojos inigualable. Incluso en algo tan sencillo como era la mirada, ambas eran el polo opuesto de la otra.
Yo solía pensar en que el universo las había creado a propósito de esa forma, diseñadas para que fueran polos opuestos y no hubiera de otra que atraerse entre sí.
Ese era mi consuelo cuando le entregaba las cartas a Valeria, a escondidas de su madre religiosa que tanto nos aterreba, es lo que me decía cuando hacía guardia en el baño donde ambas se veían por miedo a que nos delataran. Eso me dije cada vez que hice algo por ambas, incluso ahora, me pregunto si todo es, en realidad, una broma cruel del destino.
Besos fugaces, cartas furtivas, ¿para qué sirve registrar un amor que murió de esta forma tan cruel?
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Querida Valeria
Storie breviBianca y Valeria nunca fueron solo mejores amigas, ellas fueron una historia de amor que se volvió tragedia. Hermosa portada hecha por @artemisa_
