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Estaba todo completamente oscuro. No había nada ni nadie que le permitiera identificar en donde se encontraba. Tenía miedo de dar un paso siquiera. ¿Qué pasaría si caía en un pozo sin fondo del que no pudiera salir? ¿Y si había alguna criatura desconocida rondando libremente? El terror era algo tan grande que ya había comenzado a temblar. No se escuchaba sonido alguno y tampoco había un olor específico. Todo era una perfecta e inquebrantable nada.
Cayó al piso y gateó en busca de algo. No le gustaba estar completamente solo y menos a oscuras. Su cabeza chocó contra algo duro y uniforme, algo así como una pared. Se levantó, pegando su cuerpo a la estructura y manoseó. Dio con lo que parecía ser un interruptor, y al accionarlo la luz de una simple lámpara alumbró la habitación.

Todo estaba en blanco y negro. Nigún color saltaba a la vista. Incluso él mismo era así. Era una habitación pequeña, con paredes pintadas de blanco, dos camas, una sin hacer y la otra perfectamente ordenada. Todo era un desorden; había ropa por todas partes, objetos rotos ahora identificables, papeles en apariencia quemados, frascos de vidrio y retratos arrancados de sus marcos para luego ser rotos por la mitad. Parecía un atraco. Lo único que estaba más o menos en pie era la ventana, que daba vista a un espacio tan negro como aquella habitación minutos atrás.
En ninguno de lo restos de retratos estaba él. Todas eran personas de alguna u otra manera conocidas, con la felicidad pintada en su rostro y el típico brillo de alegría que hay en las fotos.

Sobre una caja había un sobre. Éste tenía escrito su nombre, así que lo abrió, esperando encontrarse una carta, una oración o al menos una palabra. Pero lo que encontró fue una gran flecha negra apuntando hacia él. Se giró, quedando de pie frente a una puerta que hasta ahora ni siquiera había notado. ¿Debía abrirla? ¿Qué pasaría si no lo hacía? Por miedo a quedarse más tiempo en ese lugar tan gris, giró el picaporte y cruzó.
Enseguida miles de escenas a la vez pasaron por sus ojos. Él de pequeño jugando al fútbol con un hombre de bigote, peleando a modo de broma con otro chico rubio, su graduación, el lente de una cámara de fotos, dos chicos besándose, y la mirada café de otro chico al que no había visto en las fotos.

De repente todo se volvió negro, como al principio. Solo que esta vez se sentía en el aire. Su cuerpo era totalmente liviano y el aire golpeaba su rostro y alborotaba su cabello. Estaba cayendo. Era una caida de nunca acabar. Temió en cualquier momento tocar el suelo y despedazarse contra él, pero nada de eso pasó.
Una risa estridente y macabra sonó por todo el lugar, erizando los pelos de su nuca y taladrando sus oidos. Entonces una luz blanca lo cegó.

Se despertó con el corazón acelerado y el pulso por las nubes. Traspiraba como un loco y los brazos le temblaban. Su respiración era errática y le sorprendió el que no se ahogara.
Esa habitación había desaparecido, siendo reemplazada por su propio dormitorio. Todo estaba exactamente igual. Su ropa bien doblada y planchada sobre la silla, sus fotos sobre el escritorio y él en su cama. Miró por la ventana que había sobre su cabeza. Afuera era de noche aún, una noche oscura y casi silenciosa de no ser por los grillos que adornaban todo con su música. Intentó calmarse, pero aquella risa macabra seguía en sus oídos, lastimándolo. No comprendía lo que acababa de suceder.

¿Había sido tan solo una pesadilla? Si es así era la más horrible que había tenido en días.

No podía conciliar el sueño, así que pensó en llamar a Kirstie. Pero... ¿valía la pena despertar a su mejor amiga a las cuatro de la mañana solamente por un capricho? No, no lo valía.

En esos momentos deseaba haberle pedido el número de celular a Scott para desvelarse hablando con él.

(...)

No podía dormir, como de costumbre. Estaba demasiado nervioso e inquieto. Las anécdotas se amontonaban en su mente de manera precipitada e inevitable. Hablar con sus dos mejores amigos luego de no haberlos visto durante meses era como un viaje al pasado.

Se rió de sí mismo ante tan cursi reflexión y miró su celular. Había estado tan ocupado riendose y disfrutando que se había olvidado de pedirle a Mitch su número.

Pero es que irónicamente el menor ocupaba todos sus pensamientos, ideas y recuerdos. Mitch no recordaba casi nada, pero Scott había comenzado a percibir nuevos recuerdos, todos con su mejor amigo.

No había modo de que volviera a dormir en aquellas condiciones, así que se vistió vagamente con ropa intermedia y salió a la calle.
Obviamente era un peligro caminar por Los Ángeles a las cuatro de la madrugada y completamente solo, pero eso no le preocupaba. Sus pies se movían instintivamente, como atraídos por una fuerza invisible.

En menos de media hora Scott se encontraba en la cuadra en donde estaba la casa de Mitch. Y su antiguo hogar.

Al pasar por en frente el corazón casi se le sale del pecho.
Una figura pequeña y delgada sobresalía en la negrura de la noche. Al observar bien, su temor aumentó al comprender que esa persona que estaba sentada en el alféizar de la ventana era su preciado Mitch.
Temió lo peor, pues estaba con la mirada fija en el suelo y la altura era considerable. Si caía de seguro se rompería un hueso o dos.

No perdió un segundo más y cambió el rumbo de sus pasos. El morocho al sentir el ruido subió la cabeza de repente, revelando unos ojos húmedos y rojos, probablemente por el insomio.

Pero al mirar el lugar del que creyó proveniente ese sonido de pisadas, no había más que una calle totalmente desierta.

Mientras tanto, Scott subía las escaleras lo más rápido que sus piernas le permitían. Abrió la puerta del apartamento con la llave de repuesto que habían acordado tener los cuatro y corrió hacia la habitación de Mitch, rogando que aún siguiera allí.

Para su alivio, este lo miró asustado y sin entender. Genial, ahora tendría que dar explicaciones.

-Tú... eh... ¿estás bien?-fue lo único que pudo decir.

Mitch asintió con los ojos como platos y agradeciendo en silencio que el cielo lo escuchara, dándole algo mejor de lo que quería.

El rubio suspiró. Se aproximó a la ventana y se sentó de igual manera. El aire frío que hasta ahora no había notado se colaba por debajo de sus ropas.
El silencio sepulcral era aterrador y ninguno de los dos aguantó mucho más.

-¿No podías dormir?-preguntó el menor para romper la quietud.

-No... supongo que tú tampoco.

-He tenido una pesadilla.-negó.

Scott abrió los ojos de par en par.

-Es muy probable que sus recuerdos se mezclen con sueños. Esto es creado por el subconciente y es un método para que el sistema nervioso pueda funcionar correctamente de nuevo. Es completamente normal y en la mayoría de las veces muy eficaz. Quizás de esta manera pueda recuperar algo de información.

Las palabras del doctor pasaban por delante de sus ojos.

-¿Haz visto a alguien? Eso quizás ayude.

Negó.

-Todo era muy confuso. Primero negro, luego blanco y negro y de nuevo negro. Todo lo que pude hacer es escuchar una risa que no hace más que torturarme.

No sabía que pensar. ¿Una risa? ¿El Joker estaba tras esto?

<<Scott, deja tus estúpidos intentos de bromas.>>

Escuchó como el menor aspiró por la nariz, queriendo esconder las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos. A él tampoco le gustaba llorar delante de los demás, pero aveces simplemente no puede evitarlo.
El rubio se acercó más a él, haciendo que sus caderas se rocen.
Estaba mirando el cielo nocturno cuando sintió un suave peso en su hombro derecho.

Al volver la vista vio la morena cabellera de Mitch. Se sintió aliviado. Su vínculo y su confianza se estaba fortaleciendo más rápido de lo que Scott hubiera imaginado. Deseaba besar su cabeza, pero sabía que sus impulsos lo llevarían aún más lejos.

-¿Sabes? Tenemos que intercambiar números.-dijo el morocho.

Su amigo no perdió el tiempo y, asentando su cabeza sobre la del otro, comenzó a agendarlo.

-¿Cómo quieres que te agende?-preguntó Mitch.

-No lo sé, como tú quieras.

Ninguno de los dos dijo ni hizo nada por unos segundos, hasta que Scott levantó la cabeza para ver cómo lo había agendado su pequeño.

"Scotty".

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