La infancia

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Petris of Erebor

La infancia ( 1a parte )

Fueron días duros para el hijo de Nuor, el hecho de ser padre no le eximía de cumplir con sus funciones en Erebor. Era un celoso guardián en las más profundas cavidades de la montaña, ataviado con su cota de malla de dorados aros recubierta y una llamativa maza, antigua herencia de su linaje, vigilaba una de las cámaras repletas de oro e infinidad de joyas. En todos sus años de servicio jamás existió intento de robo, aún así aquellas enormes puertas de hierro forjado nunca eran privadas de sus eternos guardianes, y Nolin era uno de ellos.
Mientras bajo la roca realizaba su labor, eran otras enanas quienes cuidaban de la pequeña Petris, pues era esa una de sus importantes funciones en todo reino naugrim, así fue siempre en las siete casas, invariable costumbre en los hijos de Mahal.

Pero cuando regresaba a su magnifica estancia tras horas en los túneles, era él quién debía velar por su hija, y fue en aquellas interminables noches de llanto y desesperación, que al naugrim le asomaron oscuras ojeras que eternas fraguaron en su rostro.
Aquella desgastada mecedora se transformó en su lecho habitual, pues sólo allí, meciendo la y de su larga barba agarrada Petris calmaba su poderoso llanto.
Y en las incontables vigilias a su mente acudía fiel su amada, extensas conversaciones con ella en las que Nolin mostraba sus miedos y dudas.
Siempre había deseado un varón al que inculcar los valores de su pueblo, mostrarle la grandeza de la Casa de Durin y adiestrar en el arte de la guerra.
Pero allí, entre sus brazos y en su trenzada barba acunada dormía una hembra. Una hija de Aule también, pero muy diferente a la hora de educar y tratar.
Durante días lamentó su suerte mientras pensaba que jamás nadie pronunciaría su nombre entonado en la orgullosa garganta de un enano. Creyó que el alto precio pagado excedió en mucho sus expectativas, y en su mecedora aquella enana no paraba de llorar y quejarse envuelta en un insoportable hedor de heces, que Nolin con mimo atenuaba cambiando telas y mas telas, infinitas telas en las noches del guardián.

Pero en ocasiones Petris se relajaba despierta jugando con sus deditos entrelazados en los pelos de la barba, aquello le encantaba y los chupaba alegremente mientras emitía sus primeros balbuceos. Y Nolin se sorprendió hipnotizado observando a su diminuta vástaga, observando sus verdosos ojos y la comisura de los finos labios como se expandían y contraían pasaba horas obnubilado.
Pronto, juegos y extrañas palabras en las vigilias del hijo de Nuor inundaban la habitación de cómplices sonrisas y joviales balbuceos entre padre e hija.
Durante el día apostado impertérrito ante la cámara de los tesoros de Erebor, deseaba volver junto a Petris porque aprendió a quererla, un amor puro brotó en su noble corazón olvidando sus dudas, desechando los problemas y aceptando encantado su nueva labor como padre.
Seguro llegarían días de incertidumbre, de como hablarle y que decirle, pero no estaba solo pues bajo la roca todos formaban una familia unida y de consejo no andaría falto.
Fueron días duros en la vida de Nolin, pero en ellos la esperanza y el amor renació en el naugrim, y entre tela y tela canturreaba a la pequeña Petris antiguas canciones de su pueblo, recio khuzdul entonado entre sonrisas.

La pequeña Petris creció, su oscura cabellera aclareció a una rojiza melena ondulada que sobre su espalda siempre pendía salvaje.
Una fina barba enmarcaba su rostro y en él dos brillantes esmeraldas lo iluminaban con luz propia.
Tan extraños eran aquellos ojos entre los descendientes de Durin, que a temprana edad ya le valieron el sobrenombre de La Verde Petris.
Contaba ya dieciséis años, aún una infante entre los naugrims, pero en su inocencia amanecían desafiantes miradas y extraños comportamientos, púes en su crecimiento diversos factores hicieron de ella una excéntrica niña.
Sin madre que le mostrará el recto camino por el que siempre anduvieron las hijas de Aule, y férreas institutrices eran en heredar las ancestrales costumbres de su pueblo, su educación fue diferente a las demás.
Pasó que en la ausencia de Nolin, decenas de enanas cuidaban de Petris y despreocupadas pensaban que sería su padre quién la guiará en el dogma establecido durante milenios.
Más el hijo de Nuor siempre anheló un varón y perdido sin saber como afrontar el solitario desafío, le habló como Godrom a él le hablaba. Y le habló de Nogrod y Belegost, de las hazañas de sus guerreros y de sus orgullosas voces, pero nada le contó de la maestría de trabajar el barro, milenario arte entre las hijas de Aule en las que eran maestras, ni de coser o tejer, ni tampoco que debía concebir muchos vástagos púes eran pocas y preciadas, más ellas tenían prohibida la guerra y debían de morar en las profundas estancias durante toda su existencia.

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