El hombre de las nieves

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Corría el año 2770 de la T.E y un lossoth regresaba a su gélida tierra. Había viajado al sur, hasta Esgaroth para intercambiar comida y pieles por herramientas, artilugios que facilitaban la vida en la inhóspita bahía helada de Forochel. En su abarrotado carromato linternas de aceite, cuerdas, sierras, martillos, maderas y un sinfín de utensilios se amontonaban bajo una gruesa lona.
Aquel año su viaje se había retrasado en demasía y el mortal invierno raudo se cernía sobre su tierra. Acuciado por el tiempo, Acronu púes aquel era su nombre, había decidido no rodear Las Montañas Grises como siempre había hecho. Decidió atravesar las Ered Mithrim acortando así el recorrido hasta casa, conocía bien las leyendas e historias que se contaban de aquellas montañas. Desde su infancia las había escuchado, el peligroso Brezal Marchito, cuna y hogar de los últimos dragones en Tierra Media.
Aún así el hombre no tenía otra opción, sí los huracanados vientos del norte llegaban antes que él a Forochel debería esperar el paso del invierno, pues nadie ni siquiera los curtidos lossoth podían enfrentarse a esos vientos en la intemperie del traicionero yermo, la blanca muerte la llamaban y capaz eran aquellos gélidos aires de arrancarte la piel a tiras.
Avanzaba por un estrecho sendero flanqueado a ambos lados por escarpadas montañas, de afilados cantos era aquella desolada piedra y tan seca era aquella tierra que solo unas resistentes zarzas de enormes pinchos crecía en las infinitas grietas de la roca.
Poco más habitaba en aquel tétrico lugar, algunos insectos y pequeños roedores quizás porque ni orco o troll se solían adentrar en el hogar de los dragones.
A pesar de la lúgubre fama de las Ered Mithrim, Acronu masticaba tranquilamente unas jugosas raíces trotando sobre su viejo carromato, el camino estaba repleto de pequeñas piedras que sin descanso castigaban las ruedas y cascos de sus dos caballos.
Según tenía entendedido los dragones solían dormir durante años en sus oscuras cuevas, tanto tiempo que él viviría cuatro veces y aún no habría despertado. Que posibilidad existía de cruzarse con uno?, incluso se alegró de la negra leyenda del Brezal Marchito púes ni huargos o lobos cazaban allí, allí solo había soledad y lo único molesto era el persistente viento que nunca dejaba de soplar.
Sobre el lejano horizonte unas negras nubes parecían descargar con violencia y bajo ellas zigzagueantes rayos descendían hasta el suelo, pero tan lejos que ni el eco traía su atronador sonido, tan lejanas que solo era un espectacular teatro de deslumbrantes luces que lo entretenían en su viaje.

Pero sin que él lo supiera aquella tormenta para siempre cambiaría su existencia, la suya y la de muchos otros...

Acronu continuó avanzando despreocupado por aquel estrecho sendero, a lo lejos incansable, la deslumbrante tormenta seguía azotando las tierras del norte.
Su mirada se alzaba una y otra vez observando los brillantes fogonazos y fue así como sorprendido observo algo inusual. En una de las verticales paredes que le flanqueaban, y a una cierta altura, vio lo que parecía la entrada a una gran cueva.
A medida que se acercaba al negro agujero su sorpresa iba en aumento, situada a unos quince metros de altura ningún camino o escalera facilitaba la llegada a la extraña gruta.
Pensó que quizás algún dragón habitara en su interior pero rápido lo descartó porque la única manera de acceder a ella era trepando entre afiladas y verticales rocas.
No parecía algo natural más bien escarbada a mano, las Ered Mithrim eran antiguas, más viejas aún que su tribu o de la llegada de los hombres a Forochel, púes siempre estuvieron ahí incluso antes que la memoria de los lossoths naciera.
Supuso que de una olvidada época databa aquella cueva pero aún así una pregunta se le repetía, porqué alguien se tomó la molestia de escarbar tan alto pudiendo hacerlo más fácil a ras del suelo.
Preocupado empezó a observar aquel sendero más detenidamente, buscando alguna razón, el motivo o excusa para la elevada ubicación de aquel agujero.
Descubrió algunas piedras de redondeados cantos en el suelo que pisaba, no muchas pero tampoco pocas y a diferentes alturas en los sustratos de aquellas inmensas paredes el color variaba ostensiblemente.
Sus ojos se abrieron de par en par observando otra vez la tormenta, pero ahora los relámpagos apenas importaban, era la gran cantidad de agua que parecía caer en el norte lo que le angustió.
Ningún hombre, enano o elfo ni tampoco orco o troll habían horadado aquel sendero, había sido el agua durante milenios quién creó aquel escondido cañón, aquello no era un camino era un antiguo cauce de un río y en cualquier momento la crecida de este lo alcanzaría, pues no dudaba que toda aquella agua descendería por donde siempre lo había hecho y él y su carromato estaban en su trayectoria.
Miró de nuevo la cueva pensando sí trepar hacía ella, y fue en ese momento que sus dos caballos se empezaron a mover inquietos. Sus pezuñas golpeaban repetidamente el suelo y débiles relinchos avisaban a su dueño que algo no iba bien, por un momento se hizo el silencio y entre el aullar del viento nació un susurrado rugido.
Acronu descendió del carro sin apartar su vista del frente, observando el largo cañón, y aquel susurro creció rápido, tan veloz que pareció el bramido de un poderoso dragón acercándose. A lo lejos vio aquel muro de agua que furioso se cernía sobre él, el sendero parecía resquebrajarse y desaparecer a su paso, ahogado y saturado en su fuerza y violencia más enormes rocas eran arrastradas en la poderosa corriente.
Sus manos se aferraron a la cortante roca y tras ellas sus desesperados pies buscaban grietas donde apoyarse para ascender y escapar de aquel atronador torrente.
Rápido trepaba Acronu y en cada agarre, en cada apoyo la despiadada roca cortaba su carne, pero nada sentía el lossoth preso del pánico y la desesperación más absoluta.
Tres metros sobre el cauce seco aún, se detuvo y observo su carromato. Los dos caballos amarrados relincharán y brincaban  intentando escapar a una segura muerte, pero atados en el estrecho camino eran incapaces de dar la vuelta y huir, alejarse de aquel imponente muro que a su paso todo arrasaba.
Y el lossoth dudó, amaba esos animales, amaba todo ser vivo de buen alineamiento y sufría viéndolos en aquella horrenda tesitura.
Volvió a mirar hacía la extraña cueva y también a sus caballos, y paralizado seguía dudando sí bajar en auxilió de sus amigos...

Petris of Erebor Donde viven las historias. Descúbrelo ahora