Cap. 16 Final

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La isla de Eudamon

El cambio no fue lento, ni gradual. Fue inmediato, un cambio contundente. En el mismo momento en que Bartolomé y Justina eran puestos en prisión, todos los chicos de la Fundación pasaban a ser tutelados de Nico y Cielo.

El festejo duró hasta bien entrada la noche. Todos se juntaron en la sala a comer, a cantar, y a bailar. Mar intentó sumar a Thiago a los festejos, pero él apenas podía moverse, estaba como arrasado por una aplanadora. Ella permaneció toda la noche junto a él.

En medio de la emoción y la alegría, Jazmín se acercó a Tacho, le sujetó la cabeza, y le dio el beso más intenso de su vida.

—Júrame que no estuviste con el cachetón —ordenó él.

—Nunca más vuelvas a desconfiar de mí, ¿estamos? —fue la respuesta de ella.

—Júramelo.

—Me lo pedís una vez más, y me perdés para siempre.

Entonces Tacho, que le creía, depuso su orgullo y la besó.

Nico registró que Rama no estaba allí y salió a buscarlo. Lo encontró a los besos con Brenda en la oscuridad del patio cubierto.

—¡Es una nena! —exclamó Nicolás mientras intentaba separarlos—. ¡Y es la hija del comisario! —agregó, y para que dejaran de besarse, encendió la luz.

Tras su intervención tan paternal, ambos sonrieron, pero Nico registró que estaban llorando. Rama le explicó que Brenda se iba de viaje a Paraguay, donde vivía su madre, ya que quería alejarse de su padre. Entonces Nico comprendió que aquello era una despedida, y volvió a apagar la luz, antes de dejarlos solos.

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No estaban acostumbrados a una felicidad duradera, sin embargo, cada día había más y mejores noticias.

Nico llamó a un compañero de la secundaria, que era un excelente maestro, y éste comenzó a darles clases de inme diato. Lleca se quejó, puesto que ya era casi diciembre, y cuando todos estaban terminando el colegio, ellos empezaban.

—Y lo mejor de todo —dijo Cielo riéndose—. ¡Es que van a estudiar todo el verano para ponerse al día!

Monito, casi con lágrimas de emoción, ayudaba a los changarines del supermercado a descargar en la cocina los pedidos que hacían cada semana. Los chicos veían alimentos que ni sabían que existían. La alimentación había cambiado, el clima había cambiado; ahora había música, había ricos olores, había siempre alguien riéndose, alguien jugando. Lleca jugaba al fútbol en la sala, mientras los chicos intentaban ensayar para la grabación de su demo. Alelí y Luz se llevaban mejor, aunque siempre peleaban por sus muñecas. Luz nunca quería prestar a Alitas.

El día en que Nico y Malvina tuvieron que ir a firmar el acta de divorcio, él le dijo, a pedido de Thiago, que podía quedarse a vivir en la mansión, y ella sonrió con tristeza.

—Ya le expliqué a Thiago que prefiero irme.

—Estás embarazada, y no tenes un peso.

—Me las voy a arreglar —dijo ella, dolida, pero digna, y sacó un sobre—. Éste es el resultado del ADN.

Él la miró y se le hizo un nudo en el estómago. Aunque no había nada que lo uniera a esa mujer, tenía un deseo profundo de que ese hijo fuera suyo.

—Yo siento que es tuyo —dijo ella con la voz estrangulada—. Lo siento, y tengo la esperanza de que este hijo nos haga muy felices a los dos. Ya que va a tener una madre como yo, se merece un padre como vos.

Casi Angeles Primer LibroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora