Capitulo 03
La ivaciòn de Angeles
A la mañana siguiente, Cielo llegó a la mansión Inchausti con ansiedad y preocupación. Quería ver nuevamente a la pequeña Alelí, esa nena dulce que ya se había ganado su corazón, y también deseaba conocer al resto de los chicos que allí vivían. Pero tenía que ocuparse en la mansión de dos tareas fundamentales: limpiar y cocinar. Limpiar, mal que mal, podía hacerlo. No tenía ninguna experiencia, pero tampoco se trataba de una ciencia. Pero cocinar le resultaba tan ajeno como pilotear un avión. Jamás lo había hecho y jamás podría lograrlo, creía. Y lo principal: se moría por cruzarse otra vez con el churro de Nicolás.
Había una diferencia esencial entre Nicolás y Cielo. Él era un negador. Apenas la conoció se enamoró de ella, pero le costaría mucho reconocerlo, tanto que ocultaría durante un tiempo su sentimiento bajo la máscara de la solidaridad. En cambio, Cielo tenía el sano hábito de ser absolutamente sincera consigo misma. Tal vez se permitía, a veces demasiado, no serlo ante los demás. Reconocía que, en verdad, ayudar a Alelí y a los otros chicos que aún no conocía era una razón para estar allí, pero no negaba que el principal motivo de esas mariposas que sentía en la panza era volver a ver al rubio. Como no lo negaba, admitía que estaba en un problema serio y sin solución: le gustaba un hombre que se iba a casar en breve. Y ella, ante todo, era una buena persona, jamás le robaría el novio a otra mujer.
Sin embargo, allí estaba, presentándose a la hora convenida. Cielo no era, ni remotamente, puntual. Llegaba siempre tarde e inventaba en el momento excusas imposibles. El hecho de que esa mañana llegara a la mansión cuando faltaba un minuto para las nueve, demostraba que había allí
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algo que le importaba mucho. Y ya no se trataba del rubio, tenía la sensación de que algo importante estaba comenzando.
La recibió Justina, quien exageró de forma intencionada su habitual malhumor y prepotencia. Sin responder al amable saludo de Cielo, apenas entró en la cocina le tendió un uniforme de mucama. A Cielo no le gustaban los uniformes, pero evaluó que no era una buena manera de comenzar negarse a usarlo. Se encerró en un pequeño toilette de servicio, y se lo puso. No pudo evitar hacerle unos retoques para verse mejor. Se abrió un poco el escote, para que pudiera lucirse una hermosa cadenita que le habían regalado sus viejis, y se subió un poco la falda. El uniforme no era de su talla y le llegaba a las rodillas, y ella lo sabía muy bien, o por encima o por debajo, pero nunca a la rodilla.
Bartolomé anticipó que podrían surgir problemas apenas la vio: tener una mucama tan bella, y con ese uniforme que no hacía más que potenciar su sensualidad, era un peligro. En la fundación había adolescentes varones de quince años. Ni se le cruzó por la cabeza lo que en realidad sería su gran tragedia: la mucamita terminaría ganándose el corazón del que debería ser, sí o sí, su cuñado. Pero no tenía tiempo para esos menesteres, así que instruyó rápidamente a Justina para que le bajara la faldita hasta la rodilla, mantuviera a raya las hormonas de Tacho y Rama, y la obligara a renunciar para la hora del almuerzo. Él debía ocuparse de algo mucho más serio: despachar a su propio hijo en el primer avión a Londres.
Todos dormían en sus camas, excepto Marianella, que acostumbraba despertarse a las siete de la mañana en el instituto y llevaba ya dos horas despierta. Era una fría mañana, pero a través de las ventanas se colaba un sol tibio de otoño. Marianella se entretuvo mirando los millones de partículas que flotaban en el aire a la luz del sol. Y entonces vio entrar a Cielo, tan sonriente. La vio abrir la puerta procurando no
hacer ruido, pero con su torpeza característica tropezó con ni zócalo de la puerta y estuvo a punto de caer. Hizo tal estruendo que despertó a Jazmín y Alelí. Cielo no vio a Mar, a quien una risa espontánea le iluminó la cara. Alelí se sorprendió y mucho al ver entrar a Cielo.
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Casi Angeles Primer Libro
RomansaEsta es la historia de la primera temporada de "Casi Angeles" escrita por Leandro Calderone.
