Alguien apretó el timbre de la puerta de una casa distinta ese mismo anochecer veraniego, y sonó musical, dulce y curiosamente tentador, como si aquel «ding dong» quisiera decir: «Entra y sorpréndeme.»
Al cabo de unos segundos, una muchacha de no más de veinticinco primaveras abrió tímidamente la puerta.
-¿Sí? -preguntó, casi en un susurro.
-¿Lilian Brackenstall?
-Soy yo -contestó Lilian, mirando de arriba abajo al misterioso hombre que acababa de aparecer-. ¿Qué es lo que quiere?
-Me llamo Willard Allingham, Lilian -se presentó-. Dos de tus amigas me hablaron de ti y me he decidido hoy a venir a verte. Soy el nuevo vecino.
-¿El del número 96? -Lilian abrió un poco más la puerta.
-El mismo.
-¿De modo que Karen y Adeline te hablaron de mí?
-Insistieron en que debía conocerte. ¿Estás sola en casa?
-No, mis padres están aquí. Pero supongo que podríamos dar un paseo o ir a Mackleton's, si te apetece.
-¿Qué es Mackleton's?
-Una cafetería que hay más abajo, en Harper Lane.
-¡Claro! Me encantará.
-Bien. Voy a por mi bolso.
-De eso nada -negó Willard, esbozando aquella sonrisa suya hecha de puro caramelo-. Hoy pienso invitar yo.
***
-¿Por qué tenían mis amigas tanto interés en que nos conociéramos? ¿Te dieron alguna razón?
-No, no me dieron ninguna, pero imagino que es porque te ven algo retraída.
La cafetería aquel crepúsculo estaba prácticamente vacía. Un par de viejas de aire apolillado charlaban bisbiseando en una mesa del fondo, y un hombre de tez cerúlea, en la barra, parecía como ido, mirando boquiabierto los pastelillos del mostrador.
-Es cierto que tengo que salir más, o al menos perder el miedo a salir.
-¿Miedo? -preguntó Willard-. ¿Por qué miedo, Lilian?
-Bueno, siempre existe el temor a que te hagan daño, ¿no es así?
-Pero sin daño no hay vida, Lilian. La vida se compone de placer y de dolor, de apetencias y de obligaciones. Sin placer, al igual que sin dolor, la vida no tiene ningún sentido. Y tú estás en la flor de la vida. No puedes tirarla a la basura así.
-Ya lo sé.
-No, en realidad no creo que lo sepas. Eres tan joven y estás tan desaprovechada...
-¿Desaprovechada? -Dijo aquella palabra arrugando el ceño y haciendo hincapié en cada sílaba.
-¿Te has mirado bien, linda? -atacó Willard-. Podrías gustarle a cualquiera. Y sin embargo ¿en qué consumes la vida? En esconderte de la propia vida. ¿No te parece un poco patético?
-No, Willard. No me lo parece. Simplemente me protejo de lo malo. Me evito sufrir.
-Pero también pierdes cosas estupendas, Lilian. Quien se evita el dolor normalmente también acaba por evitarse el placer. Y ahora va la pregunta con la que me cruzarás la cara y me mandarás al carajo.
-Dispara -dijo Lilian, con aire resignado.
-¿Hace cuánto que no te acuestas con ningún chico?
La pregunta no le causó ninguna sensación. Por el contrario, ya parecía estar prevenida.
-¿Para qué lo quieres saber?
-Para lanzarme o no a preguntarte si te gustaría que nos encerrásemos en el aseo de señoras. -Señaló con la cabeza hacia un lado, donde estaban los aseos, a un par de metros de las ancianas.
-No tienes vergüenza -le acusó Lilian fríamente.
-Ni tú valor -arremetió Willard-. ¿Te crees que no me doy cuenta? Te me comes con los ojos. Tienes tanta hambre de una buena polla que la idea de entrar conmigo al aseo no te parece tan horrenda como quieres hacerme creer. De hecho te han brillado los ojitos. Estás famélica, Lilian.
La muchacha se levantó, tan seria como una esfinge. Miró a Willard con aire honorable y le escupió:
-Ahora ya sé por qué mis amigas querían que te conociera.
Antes de que tratase de irse, Willard le cogió con delicadeza de la mano y le acarició el dorso. El tacto que tenía era cálido y espantosamente irresistible.
-Yo puedo enseñarte lo que es la vida, Lilian. ¿No piensas darte a ti misma ni una sola oportunidad?
Los labios de Lilian se despegaron para replicar algo hiriente, pero no encontró las palabras adecuadas. Necesitaba abofetearle, decirle que no era más que un aprovechado, mandarle a la porra y desaparecer de aquella cafetería lo antes posible. Y sin embargo una poderosa idea, basada en sus instintos más primigenios, barrió por completo todas las demás.
-No quiero que me hagas daño.
-No te haré ningún daño. El único daño que podrás sufrir será el que te hagas a ti misma. Yo no te haré promesas vacías ni te mentiré nunca. Si aceptas eso, podrás venir conmigo al aseo. Si no, mejor será que te largues, o que me largue yo.
Y le soltó la mano casi con brusquedad. Lilian tardó unos segundos de agónico silencio para decidir. Después, encaminó sus pasos al aseo. Y Willard, sonriendo con malicia, la siguió.
ESTÁS LEYENDO
Peligro de muerte
Romance"La pornografía cuenta mentiras sobre las mujeres, pero dice la verdad acerca de los hombres." John Stoltenberg (1944)
