Las distintas materias venían tan deprisa como Mera era capaz de aprenderlas. Y a continuación el doctor le pedía que las combinara. Lo cierto es que esa era la parte más divertida, donde todo cobraba sentido. La física eran lo mismo que las matemáticas hasta que podía jugar con ella y fabricar modelos que realmente funcionaban en base a ellas. La historia eran simples cuentos de un mundo lejano, pero la geografía le mostraba los secretos de esos lugares. Qué tenían y qué no, qué necesitaban y por qué entraban en conflicto. Muchas veces los libros eran confusos en esto; unos dictaban hechos fríos y distantes, otros sugerían unas u otras motivaciones. Raramente estaban de acuerdo.
Para Mera se fue volviendo más claro que los historiadores trataban de adivinar, y a veces sus deducciones venían de sus propias ideas. También le ocurría al doctor, que tenía problemas para entender por qué era tan divertido explorar el subsótano. Lo único que él veía era un lugar incómodo y, pese a los esfuerzos de Mera de hacerse cargo de su pequeño territorio, cubierto de un sempiterno sedimento de grasa y polvo. Excepto las zonas de laboratorio, por supuesto, donde se suponía que Mera no había entrado jamás.
Y no habría podido hacerlo, pero si uno subía la escalerilla de acceso a los tubos de calefacción y daba un saltito desde la barandilla, podía apartar una rejilla de ventilación mal ajustada -¿qué culpa tenía Mera de que lo estuviera? Apenas tuvo que retirar dos tornillos que ya estaban bastante sueltos- y serpentear hasta la siguiente salida. Y ahí estaba ya el laboratorio, con todos sus instrumentos y muestras y los microscopios. Y lo más asombroso, el enorme aljibe de metal. Estaba completamente vacío, aunque su forma y el interior recubierto de porcelana sugerían que había contenido líquidos. Quizá hubiera sido una piscina, costaba de decir. Pero cuando saltó dentro, Mera se sintió maravillosamente relajada. Se hizo un ovillo y se quedó dormida unas cuantas horas. Por poco no se despierta a tiempo de evitar que la descubran.
Después de los deberes, tocaban las revisiones físicas, un día de cada dos. Pulso, tensión sanguínea, auscultado, una muestra de sangre -sin importar lo cuidadoso del doctor, la pequeña se ponía nerviosa cada vez que veía la aguja- y una tanda de ejercicios simples. Mera disfrutaba de superar las expectativas del doctor, yendo siempre un poco más allá de los máximos establecidos para alcanzar la puntuación perfecta. El doctor se complacía en esto. A veces hasta sonreía. A veces, y Mera lo esperaba con ansia, le pasaba la mano por el cabello.
—Buen trabajo hoy, Mera —le decía, la misma frase exacta cada vez. Y Mera sentía ganas de ronronear como un gato y de abrazarle, pero sabía que el doctor detestaba que le tocaran. Así que se retorcía las manos detrás de la espalda y se contentaba con la sonrisa, con la caricia si es que llegaba. Y en la próxima revisión se esforzaría todavía más, porque perder esa oportunidad de recibir un gesto del doctor era impensable.
Después de esto, era hora de comer. El doctor traería sopas instantáneas, de fideos, carne y verduras, que a Mera le parecía que tenían algo de mágico incluso después de aprender cómo funcionaban. Aquel polvo seco y salado se convertía en algo sabroso por arte de birlibirloque con un poco de agua hirviendo. Mera disfrutaba de ir bebiendo el caldo especiado antes de que se entibiara demasiado. El leve ardor en la garganta que la obligaba a beber a sorbitos era parte del placer. Solía ser su primera comida del día; el doctor guardaba bollería industrial para ella en uno de los muchos armaritos en desuso, pero era seca y demasiado pringosa y Mera le había tomado un especial desagrado desde que una vez se dejó un trocito y lo encontró enmohecido días después.
El doctor comía con ella y ocasionalmente le daba conversación. Le hablaba de gente que Mera nunca conocería, pero que componían la vida del doctor. Foreman, que era un villano perverso y astuto, y Kwoong, que era una especie de bruja que engañaba y manipulaba a los demás, y los avances con derivados del ARN-β, que Mera no entendía todavía aunque tenía más libros de biología que de ningún otro tipo. Pero el doctor decía que sus efectos en el sistema inmunitario eran prometedores y que había funcionado en varias especies de mamíferos.
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Chimaera Alpha: una novela de Dark'n'Soul
ActionMera no sabe nada del mundo. No conoce nada fuera de su habitación y los pasillos que se escapa para recorrer una y otra vez, y los libros que su padre le trajo y que ha leído una y otra vez. Se pregunta sobre los lugares de los que ha leído en ello...