El coche protestaba con cada revolución de sus ruedas. Chirridos y traqueteos y roces del metal aplastado acompañaban el trayecto, pero los ejes y el motor habían sido revisados cuidadosamente por Joaquín, que había asegurado repetidamente que el viaje era seguro. Mera estaba incómoda, no obstante. Aunque su chófer no hubiera dicho nada al respecto, le había visto observar las hendiduras abiertas en la carrocería.
La preocupación era lo bastante grave como para poner en segundo plano lo extraño que era este primer viaje en coche. Las vibraciones de cada irregularidad de la carretera se transmitían al suelo, el techo, los asientos. La velocidad a la que se movían parecía terriblemente peligrosa. Y no en todas partes la carretera tenía un guardarraíl que impidiera que, en una mala curva, se precipitaran al mar de cabeza en aquella jaula metálica, exactamente como antes. Y esta vez Peter, desde dentro del vehículo, no podría salvarles.
—Mera, deja puesto cinturón de seguridad. Protege —insistía Joaquín.
—¡Me da miedo ir atada si nos pasa algo! ¡No podré salir del coche!
Joaquín no insistió, porque la voz de Mera parecía al borde del llanto, y porque el ceño fruncido de Peter indicaba que al callado joven no le gustaba que pusiera así a su compañera. El chófer no era un hombre cobarde, ni mucho menos, pero aquel muchacho no parecía tener contención alguna. Podía intentar sujetarle otra vez sin importarle que estuviera conduciendo. A Joaquín le había quedado la vaga impresión de que padecía alguna clase de transtorno cognitivo.
—Llegaremos pronto, no te preocupes. En tres años aquí nunca tuve accidentes. Sólo hoy —añadió, un poco más ácido, mirando a Peter de reojo. Él no reaccionó, siguió alternando su mirada entre Joaquín y la angustiada Mera, que en vista de las reacciones del ángel hacía todo lo posible por calmarse.
Peter estaba empezando a ser más independiente. Estaba tomando iniciativas por su cuenta. Para Mera había sido una sorpresa muy desagradable verle ser tan agresivo. ¿No eran buenos los ángeles? Aunque en muchos de los grabados y vidrieras blandían espadas. Quizá lo hubiera entendido mal.
—Tres años aquí. ¿Sois turistas? Mi portugués mejor que mi inglés —siguió contando Joaquín, casi disculpándose—. Soy español. De Huesca. ¿Os gustan Azores?
—¿Las Azores? Estamos en... hum —En silencio, Mera agradeció lo mucho que el doctor le había permitido -con gran insistencia, en realidad- estudiar. Ahora sabía donde se encontraba, aunque no supiera con exactitud donde estaba la base. Hacía mucho que había deducido que estaba en algun lugar de Islandia, eso sí, aunque lo había guardado en secreto frente al doctor. Esperaba sorprenderle cuando llegara el momento.
—¿No gustan Azores? —repitió Joaquín al poco. Mera se había perdido en sus reflexiones, y se apresuró a contestar.
—¡Mucho! Es el sitio más bonito que he visto en mi vida —respondió, y se le encogió el corazón al pensar en irse. Probablemente no sería inmediato, pero tener que dejar atrás el cielo y el mar sería, da igual cuando ocurriera, demasiado pronto para ella.
—¡OK! —Joaquín dudó un momento, y añadió:— ¿Y tú, Peter? ¿Gusta?
Peter relajó su expresión, por primera vez en un buen rato, y pareció meditar por unos momentos.
—Sí. Nubes... y pájaros. Sí.
Mera se quedó boquiabierta, literalmente, por unos momentos. ¿Había entendido él solo qué significaba "gustar"? Antes no había habido manera... o lo había ido deduciendo, o había respondido por responder. Fuera como fuera, su ángel estaba cambiando. Se sorprendió al sentirse feliz y al mismo tiempo intranquila.
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Chimaera Alpha: una novela de Dark'n'Soul
AcciónMera no sabe nada del mundo. No conoce nada fuera de su habitación y los pasillos que se escapa para recorrer una y otra vez, y los libros que su padre le trajo y que ha leído una y otra vez. Se pregunta sobre los lugares de los que ha leído en ello...