Capítulo Trece

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Decían que los licántropos eran la cima de la evolución biológica. Sus cuerpos eran máquinas de guerra, capaces de levantar toneladas, piel que resistía balas y sentidos que captaban el miedo a kilómetros de distancia. Comparados con ellos, un humano era... risible.
Un humano era frágil, un hueso se rompía con facilidad, la piel se cortaba como papel.
Mientras que la fuerza de un hombre lobo es instintiva, bruta y destructiva, la fuerza humana es, adaptable, estratégica y resiliente.
Resistir el dolor; no solo el físico, sino el sufrimiento emocional, las pérdidas y las tragedias, y seguir de pie, el control; Tener la disciplina de dominar los propios impulsos, el miedo o la ira. Amar y sacrificarse; La fuerza de dar la vida o comodidad por otra persona, lo cual ningún animal hace por razones abstractas.


El cuerpo de Marian temblaba de rabia pura, una ira que quemaba desde dentro, pero no era un temblor de debilidad, sino de contención. A pesar del grosor de la puerta de madera maciza que bloqueaba su camino, el sonido no tenía barreras. Escuchaba todo: los gemidos, los movimientos frenéticos, las palabras sucias que intercambiaban. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del arma que sostenía, apretando el mango del arma más fuerte de lo normal, hasta que sus nudillos se pusieron blancos y sus uñas se clavaron en su propia palma.

—Follando a tu pequeña perra, mientras mi hijo se muere... vaya Alfa te tocó, Yugi —pensó con amargura—. Mientras la vida se escapa de mi niño, tú te regalas en placer. Eres una bestia, y yo soy solo una mujer... pero veremos quién cae primero. —pensó, y el sabor de la amargura llenó su boca.

Marian tomó una respiración profunda, dominando el impulso irracional de gritar y disparar. Su mente, a diferencia de la mente animal de él, funcionaba fría y calculadora. Tenía el control. Tenía la disciplina de dominar su miedo, su ira y su dolor para usarlos como combustible, no como debilidad.

Al abrirse, el aire golpeó su rostro como un puño. El olor era sofocante, invasor: las feromonas pesadas y autoritarias de un Alfa dominante se mezclaba con el aroma empalagosamente dulce y sumiso del Omega. Era un olor que estaba diseñado para intimidar, para someter, para hacer sentir a los humanos pequeños e insignificantes. El estómago de Marian se revolvió de asco, tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para no vomitar allí mismo, para mantener la compostura.

Y allí estaba la imagen.

La imagen que la recibió era, a sus ojos, simplemente asquerosa.

Allí estaba Atem la encarnación del poder bruto, desnudo, brillante de sudor, con esa musculatura imponente. Yacía entre las piernas de su pareja Omega, moviéndose en un vaivén desenfrenado, ciego y perdido en su instinto animal, consumiendo placer como si el mundo fuera suyo y nada más importara. Era pura fuerza física, puro deseo, pura existencia carnal.

El Omega descarado vocalizaba su placer con altos y estruendosos gemidos de placer, mientras que Sennen gruñía cual perro.

Marian dio un paso al frente. No tenía garras, ni colmillos, ni una fuerza sobrehumana. Si Sennen estuviera en sus 5 sentidos se hubiera vuelto en ese momento, habría terminado con ella en un segundo.

Ellos amaban por instinto, por química, por feromonas. Pero el amor de Marian era una decisión. Era la capacidad de seguir de pie aunque el corazón estuviera roto, de mantener la mente fría cuando todo dentro de ella ardía.

—¿De verdad crees que tu fuerza te hace superior? —susurró Marian, con una voz que no tembló, aunque su corazón latía a mil por hora—. Puedes romper huesos, Sennen. Pero yo voy a romperte la vida.

Se acercó hasta donde estaba el alfa dándole la espalda, y apunto a la cabeza, una bala certera y todo acabaría...

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Atem se detuvo bruscamente.

El ritmo frenético se cortó en seco. Su cuerpo, que momentos antes estaba dominado por el calor y el instinto, se tensó como un resorte a punto de romperse. Algo en el aire había cambiado. No era el viento, no era el sonido... era el olfato.

El aroma dulce y denso de la lujuria, que llenaba la habitación como una nube espesa, fue barrido de golpe por algo mucho más frío, mucho más afilado. Fue reemplazado por el olor del peligro. No era el miedo ajeno, era el olor metálico de la amenaza, de la intención letal.

Se giró de un movimiento veloz, casi imperceptible para un ojo humano.

Sus ojos, que momentos antes estaban oscuros y nublados por el deseo, cambiaron de color en un parpadeo. Se tornaron de un carmesí brillante, feroz y salvaje, mostrando sin pudor al monstruo que llevaba dentro. Su figura se hinchó ligeramente, la energía que emanaba era pesada, opresiva, la aura de un Alfa dominante capaz de destrozar huesos y almas con solo pasar por encima. Allí estaba la fuerza bruta, el poder absoluto, la bestia que podía matar sin esfuerzo.

Se preparó para rugir, para imponer su dominio y hacer pedazos a quienquiera que se hubiera atrevido a interrumpir su celo con su Omega.

Pero entonces sus ojos se clavaron en los de ella.

Cuando miró a los ojos de Marian, Vio algo más duro que el diamante.

Vio una frialdad absoluta, una determinación que cortaba más que cualquier cuchillo. Vio fuego y odio puro, una ferocida del alma misma.

Y en ese instante, Atem sintió un escalofrío extraño recorrer su espalda.

Reconoció esa mirada.

Había visto esa misma expresión antes. La misma mirada determinante, feroz y desafiante, que cierto Omega bonito de ojos amatistas proyectaba.

Su cuerpo estaba tenso, listo para saltar, para desviar el ataque o para aplastar a su atacante antes de que este pudiera siquiera respirar. Sus ojos dorados brillaban con furia, desafiando a la intrusa.

Pero Marian no parpadeó.

No retrocedió ni un milímetro. Su dedo índice descansaba firme sobre el gatillo y el cañón del arma seguía apuntando directo, imparable, hacia el centro de su frente. No había titubeo, no había duda. Era una línea roja trazada en el aire: un paso más y todo terminaba.

—¿Yugi... te suena ese nombre? —respondió ella.

Y su voz no fue un grito desesperado ni un llanto histérico. Fue un susurro. Un sonido bajo, seco y cortante que viajó por la habitación y lo heló todo hasta los huesos.

El silencio que siguió fue pesado, denso, casi doloroso.

Las palabras que salieron de la boca de Marian le cayeron a Atem como agua helada vertida sobre la nuca. Un escalofrío extraño, que no tenía nada que ver con el frío, le recorrió la espalda.

¿Yugi?

¿A qué se refería?

Su mente, nublada todavía por la niebla del placer y la feromona, intentó procesar la información. Sí, su hermoso Omega, su Yugi, estaba allí. Estaba en su lecho, en su territorio, compartiendo su celo como era natural, como debía ser. Era suyo

Entonces, ¿cómo podía una simple humana irrumpir así como así? ¿Cómo se atrevía a mancillar ese momento sagrado para su especie?

Atem miró de nuevo el arma, y luego la mirada fiera de ella. La lógica animal le dictaba que esa mujer estaba cometiendo el error más grande de su vida. Estaba desafiando al Alfa más poderoso, estaba parada frente a una máquina de matar que podría arrancarle la vida con un solo movimiento de muñeca.

¿La humana buscaba la muerte?

¿Era eso? ¿Había perdido la razón hasta el punto de preferir morir antes que vivir? Porque desde su perspectiva de bestia, no existía otra explicación. Nadie en su sano juicio se paraba frente a un lobo furioso apuntándole a la cabeza a menos que... a menos que tuviera algo que perder mucho más importante que su propia vida.

Y ese algo, acababa de decirlo: Yugi.

El nombre resonó en su cabeza como un martillo. De repente, la furia dio paso a una punzada de preocupación. Si ella estaba ahí por Yugi, entonces algo iba terriblemente mal.

Su mirada se giró rápidamente hacia la cama, buscando la confirmación, buscando el consuelo de su pareja.

Pero entonces, sus ojos chocaron con unos diferentes.

No eran las gemas amatistas que esperaba ver reflejadas, llenas de luz y de esa dulzura única que solo su Omega poseía. Los ojos que lo miraban ahora desde las sábanas eran oscuros, confusos y ajenos. El cuerpo que estaba bajo el suyo, el aroma que había estado consumiendo, nada de eso encajaba.

El Omega en su lecho no era Yugi.

En ese segundo, el mundo de Atem se detuvo. El placer, el calor, la sensación de posesión... todo se evaporó al instante, reemplazado por un frío que le heló la sangre.

Entonces lo entendió.

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Chan....chan jaja

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