Capítulo 32

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Eran más o menos las 5 de la mañana el cielo ya estaba siendo claro a la vista.

Zenda yacía sin vida casi inmóvil en el pasto mientras que Calíope seguía fijando su vista en su hermana, dudosa sin saber qué hace realmente.

Fue entonces cuando ella guardo la daga en su cinturilla y alzó a su hermana para abrazarla y de sus ojos corrían lágrimas por sus mejillas.

No sabía si realmente se estaba lamentando por lo que hizo pero parecía sumamente dolida. Realmente ya no sabía qué creer de Calíope pero decidí perdonarla por lo que hizo aunque eso no me tocaba.

Corrí hacia ellas extendí mis brazos para poder recibir el cuerpo de Zenda pero Calíope ni siquiera dirigió su mirada a mí sino que al contrario se aferró al cuerpo de la chica de cabello oscuro el estrujo entre sus brazos como si no la quisiera soltar.

– Dámela. – insistí. – Estará mejor conmigo.

Calíope dejó de llorar y en cambio me observó con sus ojos morados pero ellos mismos ocultaban algo, no sabía si era rencor, pero ella no estaba dispuesta a darme el cuerpo de su hermana sino que al contrario, sus intenciones no eran soltarla en ningún momento.

– Calíope, ya suéltala. – insistí con un semblante serio.

Por alguna u otra razón, sus intenciones no me quedaban claras, pero algo en el fondo me decía que Calíope no me había perdonado por clavar la daga en su costado, no era eso lo que me preocupaba realmente, sino que me preocupaba que por alguna razón quisiera desquitarse alejando a Zenda de mí.

– Yo te lo advertí, Dagon. – los ojos de Calíope se tornaron de un color opaco y sonrió negando con la cabeza. – Zenda no era para ti, lo único que traerías a su vida serían desgracias y penas... Ella no pudo negarse a ayudarte porque tiene un corazón demasiado grande y estúpido.

– Lo entiendo. – estuve atento a cualquier movimiento de Calíope pues aún estaba consciente de que era muy poderosa.

– No, no es verdad... Jamás vas a poder entendernos. – Me observó con frialdad. – Este no es tu mundo, no perteneces a ninguno de hecho. – trató de herirme pero lo único que me importaba estaba colgando de sus brazos casi sin vida.

– Muy bien, no pertenezco a ninguno. – asentí.

– Te voy a explicar qué es lo que más me molesta de ti y tu especie. – Dejó a Zenda en el suelo y caminó lentamente hacia mí. – Tú eres egoísta y falso... Zenda no merece eso y aunque parezca que mi pelea es con ella, no lo es por completo... Yo la sigo amando porque es mi hermana y Cronos un día nos dijo que aunque fuéramos diferentes seguíamos siendo parte de una... Son palabras poderosas de un ser poderoso... Alguien que merece ser aclamado entre más de veinticuatro chicas. – Levantó la barbilla. – Tu gente jamás lo veneró como deberían haberlo hecho, es por eso que Cronos dejó de prestar atención al tiempo de vida que le quedaba a cada humano.

– Cronos ya me había explicado eso. – Contesté con cautela. – Lo que no entiendo es que trates de hacer que el proceso corra más rápido, ¿eso no te hace ponerte en contra de Cronos?

La boca de Calíope se abrió buscando una respuesta.

– Ése no es el punto de que yo esté aquí. – respondió al cabo de un tiempo. – Zenda no quiere hacer esto, ella me lo había dicho algún día cuando descubrió en qué consistía su vida y su misión... Ella no quería morir por nadie que no fuera Cronos.

– ¿Ella lo dijo antes de conocerme?– pregunté y la expresión de Zenda se distorsionó.

– No tiene nada qué ver. – contestó entre dientes.

La chica del tiempoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora