El Llanto De Mi Pueblo

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No hay quien pueda negar o tomar por mentira que aquella tormenta colosal, forastera y maligna, acaso solamente errante, el día considerado supuestamente el mas cálido para Villa Remota (porque de esa forma tan insólita se le denominaba) y de una manera que quien sea que nunca haya sido víctima de daño físico o psicológico hubiera podido describir, hubo de terminar con unas muy estimadas costumbres y tradiciones por las que esta localidad habría luchado a capa y espada desde épocas tan remotas, que este humilde servidor y, además, testigo del trágico acontecimiento no ha sido capaz de otorgar siquiera una fecha de origen determinado.
Si el lector muestra curiosidad por saber mi situación actual, pues déjeme decirle que estas últimas dos décadas no han sido las mejores, ni para mí, ni para nadie; las consecuencias gravísimas que ha dejado el extraño comportamiento de la Tierra me obligan a creer, o por lo menos considerar como una posibilidad, que existe un algo entre lo que no podemos ver o estudiar que quiere vernos sufrir, aun más que terminar con nuestra vida. Ese algo que acabo de mencionar no es invención mía, pues una gran cantidad de estudiosos y fanáticos religiosos han llegado a la conclusión de que hay más de 14 000 personas que, a lo largo de 50 años, han afirmado haber visto una cantidad gigantesca de criaturas indescriptibles en el cielo y en la tierra, atribuyéndoles así los eventos por los que son perjudicado. Es justo esto último de lo que quiero contarle mediante las humildes palabras escritas por un anciano que un día de su juventud (que se suponía que debía ser confortable y jovial) presencio el mismísimo infierno.
Todo esto transcurre, pues, cuando, sin preocupación alguna y saboreando violentamente una gran manzana, mi madre me enseñaba con sus dulces palabras como cortar de una manera prodigiosa el ajo que ese mismo día tendría que incluir en el arroz que ruidosamente ella lavaba.
Al saber, por supuesto, que la cantidad de platillos, sean simples o complejos, que podría aprender a cocinar con tales conocimientos era muy basta, no quise perderme de una sola palabra; es por eso que hice un gran esfuerzo por evitar salir de la cocina y distraerme por alguna tontería junto a mis primos, quienes se encontraban en el cuarto de al lado presumiéndole a mi hermano menor las aventuras que habían tenido unas semanas antes, cuando se fueron de excursión con sus padres a ya no recuerdo donde.
Seguía cada uno de los pasos que mi amada madre me ordenaba a hacer, sin algún comentario o pregunta que no fuera de su agrado. Ella continuaba lavando el arroz pacientemente mientras tarareaba piezas románticas que le había mostrado unos días antes. Entonces, cuando sentí que mi trabajo (o clase) había llegado a su fin, me sentí más que realizado con mi trabajo, limpiándome una gota de sudor imaginaria exageradamente para causar gracia justo después de verter todo de lo que me encargué en el recipiente lleno de arroz limpio. No dije una sola palabra hasta entonces.
Agradecida, mi mamá prometió regalarme la dicha de siempre dejarme preparar el arroz (o parte de él) cuando cocinase. Desconcertado por mi parte, no supe si sentirme bien y dar un salto o si matarme. Aun así, agradecí aquella oportunidad con mucho cariño y disposición.
No sé si fue en el momento en que me retiré del cuarto que mis primos estaban usando, justo después de salir de la cocina, cuando sentí en lo más profundo del oído un extraño sonido, como si alguien estuviera tocando las notas más graves con un potente bajo y no quisiera parar por mero capricho. Sí, estoy consciente de que existe una infinidad de objetos que en construcciones se usan que producen un ruido agobiante, pero este no era nada convencional, y lo digo porque yo mismo residía en una zona colmada de construcciones nuevas, o incluso, algunas con una fecha confirmada para su edificación.
Mi muy respetado instinto me advirtió que todo ese acontecimiento no podía significar algo beneficioso, conque corrí desesperado y con cara de tonto hacia la sala de estar (que era la máxima división entre habitaciones) y dije en voz alta, con mucho esfuerzo, que algo extraño estaba pasando. No pasaron más de 5 segundos hasta que uno de mis tantos primos se asomó detrás de la puerta, dejando ver solo su frente y sus ojos y frunciendo el ceño, para preguntarme que qué ocurría conmigo y si había visto algo anormal cerca. Yo, obviamente, le contesté asintiendo la cabeza, por lo cual ingresó a la sala como examinando todo a mi alrededor.
Fue cuando, inmediatamente, le pregunte si había escuchado algún ruido fuera de lo común. Él me dijo que sí, pero que solo era el sonido que producían unos vehículos enormes que cuando se venían abajo al pasar por encima de un objeto, generaban un golpe profundo con su peso.
Lo pensé unos segundos, pero no me convencía del todo; es por eso que me senté a esperar a que se repitiera y así, buscar su punto de origen.
Pasaron exactamente 50 minutos desde que me esmeré en no apartar mis ojos del reloj colgado en la pared, hasta que ese sonido tan profundo como el latido de mil corazones se repitió. Me levanté demasiado rápido, pero la cara asustada de mi madre al entrar a la sala y su pregunta: ¿has oído eso?, evitaron que busque por la ventana el epicentro de mi horror.
Le respondí que sí, asintiendo con la cabeza más violentamente que la última vez. Entonces entraron mis primos junto a mi hermano abrazado a uno de ellos con caras de pánico; esta vez había sido más fuerte.
Intenté no desesperarme mucho, pero sentía como en el pecho sentía una combinación entre tristeza, miedo y desconcierto, un dolor tan intenso que provoco que mi respiración aumentase considerablemente en cuestión de segundos. ¿Un terremoto?, ¿una explosión?, ¿Qué rayos era y de donde provenía ese sonido? No tuve otra opción que salir de casa y rodear la cuadra entera en busca de personas tan asustadas como yo. No fue difícil en absoluto; al salir, la gran mayoría de mis vecinos y amigos habían abandonado sus hogares y las fiestas que habían estado celebrando por un día festivo que se me hace complicado reconocer, todos con expresiones de total espanto y comentando entre ellos su experiencia.
Todos parecían haber concluido en lo mismo cuando se callaron, uno de ellos se me acercó a preguntarme si por esa zona era muy frecuente esa clase de acontecimientos; era un turista que se había hospedado hacía unos días en la casa de un amigo suyo, supuse, porque por ahí no habían hostales. Le respondí que no, un poco enojado, razón por la cual él no me agradeció, sino balbuceo algo incomprensible y breve con su raro dialecto.
Observé por un pequeño momento algo muy peculiar y que me gustaría incluir aunque no haya sido algo trascendente en mi opinión. El cielo oscureció más temprano de lo común, es más, oscureció ya demasiado antes de haber vuelto a mi casa. Estuve pensando en ello por más de un minuto, pero mi hermano me interrumpió preguntándome con inocencia lo que sucedía; no sabía que responder, y no porque era algo vergonzoso o escalofriante, es solo por eso, no lo sabía.
Y así pasaron tres horas y la tranquilidad bañaba a toda Villa Remota. Me despedí de mis primos cordialmente ofreciéndoles unas galletas que me sobraban y que había estado comiendo hasta entonces. El terror de sus caras había desaparecido, cosa que me alivio. Alexander, mi querido hermano, se había quedado dormido en su habitación agarrando una pequeña botella de yogurt. En lo que concierne a mí…, yo diría que me alegre de no haber escuchado aquel terrible ruido durante cinco horas más.
Sí, me alivie mucho, demasiado como para una persona como yo. No quiero decir que tengo una personalidad obsesiva o que sufra de casuales ataques de ansiedad, es solo que algo tan extraño como lo que había ocurrido, hubiera hecho a cualquiera pensar que algo peor ocurriría en consecuencia eventualmente. Sí…, definitivamente sentía eso. ¿Por qué no esperé un rato más? ¿Por qué di todo eso por concluido? ¡¿Por qué mierda no estuve atento o intenté pensar un poco más con el poco cerebro que tenía, eh?! No sé porque siquiera le hablo a usted, señor lector. Perdóneme, me he desviado un poco del motivo principal de esta lectura. En este momento me dispondré a tomar algo de agua o relajarme un poco para sacarme unos demonios.
Como decía, el gran sosiego que el parar de aquel estruendo trajo a mi familia era algo fácil de advertir. Dormí durante una cuantas horas, como ya he dicho, al igual que todo el pueblo. El silencio era enorme y una oscuridad total solo luchaba contra la hermosa luna por el gobierno sobre todas las cosas, esto es por lo menos lo que pude sentir viendo el negro aterrador a través de mi ventana, a punto de dormir.
Me despertó lo que me pareció el destello de un faro junto con el grito de una mujer que no pude reconocer. Era aún muy temprano, pero todo aparento todo lo contrario; escuchaba pasos de gente corriendo y el grito de la mujer del principio se multiplico tan rápido como la luz del supuesto faro se desvanecía. Me levante tan rápido como pude sin siquiera colocarme zapatos y me tropecé al bajar las escaleras con prisa. El golpe que sufrí en el brazo me dolió demasiado, pero me levante del suelo, aun escuchando los gritos y sollozos proviniendo de afuera, cada vez más fuertes y desesperantes, mientras yo aún estaba asimilando la situación y recobrando la nitidez de mi visión. Aun agarraba mi brazo cuando me dirigía a la sala de estar. La oscuridad había desaparecido y se podía ver un tono muy naranja cubriendo el final del pasillo por donde caminaba. Fue entonces cuando, con el dolor y la mano en el brazo, caminando con mucha dificultad y recobrando la nitidez de la vista, llegué al final del pasaje infinito. No pude decir nada, no pude gritar, no pude correr, no pude llorar, no pude escapar ni siquiera intentar hacer el más mínimo movimiento cuando vi a través de la ventana lejana que mi sala de estar tenía. Solo vi la arena y el destello naranja que provenían de donde el sol nace. La luz era extremadamente fuerte, tanto que a duras penas logre abrir los ojos y ver aquel infierno. Conseguí dar unos pocos pasos cortos temblando y preguntándome: “¿Qué sucede?”. Era un tonto, sabía lo que ocurría. Lo supe desde que escuche el primer ruido, y el segundo y cuando el turista me hablo, claro que lo supe. Lo tenía en la cabeza como el horror que produce el presagiar algo.
No eran personas, eran demonios. Millones de ellos, cubiertos de enormes cabelleras doradas repugnantes y asquerosas, con ojos de formas y colores indescriptibles, corriendo tan rápido por todos lados, atrapando entre sus terribles garras a las personas que corrían aterradas y suplicando entre llantos. La masacre de Villa Remota, le llamo yo. El día en que la terrible ventada de arena y el destello naranja infernal cubrieron este pueblo noble. El día en que el mismísimo satanás mando a sus peores criaturas a asesinar y exterminar a cada una de las personas que en las calles corrían lanzando lo que sea que encontrasen y las otras muchas que seguían dormidas, indefensas. El día en que uno de los terribles demonios, tan altos como postes y tan repugnantes como los insectos, ingresó a mi hogar, llevándose a mi madre y a mi hermano a solo Dios sabe dónde, pero que de la manera más cínica, insolente, impía y bestial posible me abandono con vida y me dejo a mi suerte, riéndose y cantando con todas sus fuerzas el sonido más desagradable y profundo que jamás haya escuchado. El día en que vi como todos mis amigos murieron y como mi hermosísima ciudad fue reducida a cenizas. El día en que lo perdí todo y perdí a todos. El día que escuché el llanto de mi pueblo apagarse.

CREEPYPASTASHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora