En total, tuve tres encuentros con Simón. Ese número claramente era resultado de mi esfuerzo de verle cada vez que pudiera. Hice paseos extra largos para que él estuviera en casa cuando yo volviera, cada día corrí de mi colegio hacia aquella casa, esperando que quizá todavía estuviera allí, y algunas veces lo logré. Logré verlo.
Encuentro #1:
Durante la primera semana que ejercí el trabajo, no le vi ni una puta vez. Era el miércoles de la segunda semana, cuando por fin tuve suerte. Chocolate no quiso hacer sus cosas, es decir, intenté motivarla, pero simplemente no mostraba ninguna señal de digestión.
"Venga, Chocolate," repetí la quinta vez. "Haz tus cosas y nos vamos a casa para ver si Simón ya llegó." Tiré un poco de la correa para hacerla entender que se apurara, pero no me hizo caso. Ella siguió olisqueando el césped al lado de la senda, ignorándome por completo. Suspiré, contemplando el horizonte, donde en algún lugar en la distancia se encontraba Simón. Tal vez ni siquiera me reconocería.
"¡Chocolate, estoy harto!" La pobre perrita se volteó asustadamente en mi dirección. "¡Haz popo, por el amor de Dios!" grité y un paseante me miró con una expresión extraña, pero no me importaba. Sólo cuando Chocolate me observó con sus intensos ojos oscuros, me calmé. De alguna manera me recordaban a los ojos de su dueño y eso me dio la paciencia que necesitaba.
"Perdón, pero apúrate por favor," pedí en voz dulce. Chocolate parecía perdonarme, porque su cola meneaba de un lado a otro alegremente mientras su lengua colgaba de su boca. De repente dejó de mirarme y corrió hacia el césped para finalmente hacer lo que le estaba pidiendo desde hace una hora. "Por fin," solté aliviadamente, echando mi cabeza hacia atrás.
Cuando había terminado, la perrita trotaba a mi lado, lista para volver a casa. "No, no, no," dije, alejándome unos metros de ella. "Hay una razón por qué la correa es tan larga, Chocolate. Por favor, mantén distancia," le advertí. No me importaba que estuviéramos bloqueando toda la ruta, si Simón estaba en casa, no quería tener ojos hinchados y mojados.
Y este día sí estaba en casa.
Sin que de verdad lo esperara, cuando liberé a Chocolate de la correa en el jardín, la puerta de la terraza se abrió. Me volteé a causa del sonido y sonreí como un idiota al ver quién la había abierto.
"Hola." Su sonrisa me seducía a caminar hacia él, olvidándome instantemente del perro. "Ven, entren," ofreció con una última sonrisa misteriosa y desapareció dentro del edificio. Sin vacilar ni un milisegundo, le seguí y cerré la puerta detrás de mí. No lo encontré en el salón, pero oí sonidos desde la cocina, así que le busqué allí.
"Hola," saludé al entrar, viendo como él cogió un paquete de comida para perros desde un estante. En este momento, no podía creer que estuviera en su casa. Con él.
"Vamos a darle a Chocolate su cena, ¿no?" preguntó como si hablara con un niño. Se volteó hacia mí y buscó algo con sus ojos en el suelo a mi lado. Sólo a través de este gesto entendí que la pregunta se había dirigido a su mascota, sin esperar una respuesta. Mierda, su mascota. "¿Dónde está Chocolate?"
"Ehm..." tartamudeé. La olvidé en el jardín, fantástico. "Quizá esté divirtiéndose afuera. Voy por ella," sonrió nerviosamente y casi corrí hacia la puerta de la terraza, que la perrita ya estaba golpeando con sus patas. La dejé entrar e inmediatamente corrió en camino hacia Simón.
"¡Chocolatita!" exclamó aquel alegremente. "¿Cómo ha estado el paseo con Juan Pablo?" Escuché su voz desde la cocina y le acompañé allí.
"Fue muy bonito, como siempre," mentí, sacando un pañuelo de mi bolsillo para volver a sonarme la nariz. Mientras hacía eso, observé como Simón acariciaba su perrita y jugueteaba con ella, como la abrazaba en sus brazos musculosos, como sonreía al verla jadeando y meneando con su cola. ¿Podría hacerlo conmigo, por favor?
"Perfecto," respondió Simón y dejó a Chocolate, permitiéndole correr hacia su tazón para comer. "¿Y cómo estás tú?" sonrió coquetamente.
"Muy bien," contesté. Abrí mi boca de nuevo para decir algo más, pero no me ocurrieron palabras que no sonaran completamente tontas. Simón sólo se rió.
"¿Y cómo estás tú, Simón? Pues, también estoy bastante bien. Tengo mucho trabajo de la universidad, pero puedo manejarlo," respondió, burlándose de mí. Se apoyaba en la encimera, mirándome fijamente con sus ojos, que sonreían junto a su boca.
"Yo... ehm..." De verdad no sabía qué decir. Quise hacer algún chiste para hacerlo reír y parecer divertido, quise darle un cumplido o confesarle la verdadera razón por qué hacía ese trabajo, pero otra vez él se me adelantó.
"¿Estás nervioso?" preguntó como si por primera vez yo le interesara de verdad. No le pude creer que no se había dado cuenta de mi nerviosismo hasta ahora, porque era más que obvio. Sólo uno de mis frases estúpidas bastaba para verificarlo. Dios, sí que estaba nervioso. Simón dejó de apoyarse en la encimera y se acercó a mí. "¿Es porque te preguntas si te reconozco?"
"Yo..." Antes de contestarle tuve que respirar profundamente. Ya sabía que yo era gay, pero que el simple tono de la grave voz de un hombre me descontrolara tanto era algo nuevo.
Simón sonrió encantadoramente. "Sí, te reconozco, pero no quise decirlo ante mi madre. No supe como iba a reaccionar si supiera que me perseguiste."
"¡No te perseguí!" objeté. "Vi tu anuncio y ganar un poco de dinero no hace daño," mentí. ¿Por qué mentí? ¿Por qué no pude decirle directamente que él me atraía? ¡¿Por qué no puedo coquetear?!
"Ajá." Todavía sonrió. Todavía estaba muy cerca. "Aunque no estés acá para verme, ¿te apetece quedarte para cenar?"
"Sí," contesté tan rápido como si mi respuesta fuera disparada de una pistola.
"Jaja, okay," rió Simón. Y yo estaba a punto de derretirme aquí mismo, enfrente de sus pies. "Debo decirte que no creo que mis padres vengan para cenar."
Okay, ahora Simón estaba parado en un charco que solía ser yo.
"Eso... eso no es un problema," tartamudeé y le seguí cuando caminó hacia la nevera. La abrió, escaneando el contenido con sus ojos chocolatadas.
"¿Qué quieres cenar?" interrogó, dirigiéndose hacia mí. Paradójicamente, tuve la impresión de ser capaz de florecer en la sombra de su misterio, masculinidad, de su perfección. Seguramente yo iba a superar la distancia que todavía dominaba el aire entre nosotros, iba a descifrarle.
"No sé, elige tú." También sonreí, pero no observé el contenido de la nevera, sino el cuerpo del hombre a mi lado. Los tendones en su ante brazo flexionaron cuando movió sus dedos delgados y preciosos para sacar su móvil de su bolsillo. Ni siquiera había notado que el móvil había vibrado.
"No, elige tú, mientras atiendo esta llamada," ordenó divertidamente antes de abandonar la cocina.
Como ya se podía esperar, no tuve ninguna idea de qué quería comer, porque lo único que quería era a él. Pero eso no fue lo que arruinó aquella noche.
"Perdón, Juan Pablo," dijo cuando entró a la cocina de nuevo. "Olvidé que he quedado esta noche. No quiero echarte de casa, pero parece que eso es exactamente lo que tengo que hacer."
"Oh... yo..."
"Perdóname, pero tienes que irte. Nos vemos."
Lo que no había sabido en este momento era que duraría tres semanas enteras hasta que nos volviéramos a ver.
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Siempre Amor
FanfictionEste libro es una colección de relatos sobre Villargas. Algunos tienen lugar en la realidad, otros en universos alternativos. Hay historias que hablan del cambio de la amistad al amor, y hay otras que se centran en el amor entre desconocidos. A pesa...
