La Historia Que Nunca Escribí - Parte 4/6

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IX

Me preocupa que hasta estoy pensando en el pobre Simón durante el resto de mi día. Cada persona que hubiera visto su cara la última vez que lo vi, hubiera corrido hacia su lado para consolarlo, pero correr no es mi talento. Me ocurrieron tantas ideas de qué le podría haber pasado, que mi mente no deja de trabajar. ¿Qué provocó aquella expresión de dolor? ¿Quién la causó? ¿Sólo es un enamoramiento casual de los adolescentes?

¿Cómo se llama ese chico en verdad?

Claro que nadie me da respuestas a mis preguntas porque, aunque él y su grupo de amigos están en el parque en frente de mi casa, al mismo tiempo están increíblemente lejos. Cada día siguen con su práctica, a veces traen chicas, crecen.

¿Se enamoran?

X

No esperaba volver a verle, pero sí, de hecho, el quinto amigo acompaña a sus amigos en la pista de skate. No sé cuántos años han pasado desde que lo vi la última vez, pero todavía le reconozco. Sin duda es él. Igual como nunca me enteré de qué pasó a Simón, nunca supe por qué él se mudó o por qué vuelve hoy.

No ha sido leal al deporte favorito de sus amigos, se va claramente que no tiene práctica cuando el amigo alto le presta su monopatín. Ahora que lo pienso, no sólo su habilidad con la patineta se ha cambiado, toda la dinámica del grupo está diferente. Él es como una anomalía en esa tropa, donde los chicos normalmente parecen terminar las frases del otro por su familiaridad y confianza.

Veo que empuja a Juan Pablo para recibir una reacción a algún chiste que hizo, pero fue un tanto violento. Nadie aparte de él se ríe. Nadie ha esperado ese cambio en él. Y Simón pierde el control de inmediato.

Se posiciona entre Juan Pablo y su amigo y le confronta al último con sus acciones, preguntándole por la razón de actuar tan descaradamente. Simón, el más alto, Juan Pablo, todos le explican que no les agrada su comportamiento. Es una discusión bastante tranquila, pero el quinto chico parece llenarse con odio silencioso, antes de despedirse.

Durante todo ese tiempo Simón mantiene la mano de Juan Pablo en la suya para apoyarlo.

XI

Las prácticas de patinaje se reducen. Quizá es por la nieve, pero prefiero pensar que no sólo el año actual, sino también los chicos están en el final de una etapa. Si no me equivoco su graduación está acercándose.

Estoy mirando los copos de nieve cayendo tranquilamente en frente de mi ventana. El parque se ve como el paisaje en una pintura bellísima de un artista famoso. Los árboles cargan aluviones de nieve sobre sus ramas, amenazando con caerse cada segundo. Pero se mantienen en su lugar, posando ahí como si no existieran hojas que ocupan ese sitio en primavera. La nieve pertenece ahí, y ahí se queda.

Encuentro a Simón y Juan Pablo caminando por el parque, extrañamente no traen sus patinetas. Hacen paso tras paso, que se ahoga en la capa de nieve mullido sobre la tierra. Cuando hablan, exhalan nubes de vapor al aire frío y sonríen al notarlo. Y aunque el espectáculo de la naturaleza alrededor de ellos esté asombroso, sólo miran al otro.

Por alguna razón mi cuerpo no me permite parpadear. Tal vez porque presiente que algo importante va a pasar.

Los chicos se detienen, calentando sus manos en los bolsillos de sus abrigos. No es necesario hacerlo, la calidez de la agradable presencia del otro basta para hacer el frío parecer irrelevante. No dejan de sonreír.

Lentamente Juan Pablo introduce sus manos en los bolsillos de la chaqueta de Simón. Le mira cuando lo hace y anticipa una sonrisa de su amigo. Pero recibe algo más.

Simón inclina su cabeza y el vapor que sale por su boca media abierta choca con la cara de Juan Pablo. Ahora sonríe, con los ojos cerrados. Deja que su amigo caliente sus manos en su abrigo, pero retira las suyas. Ellas buscan calor en el rostro suave de Juan Pablo.

Lo besa.

Cariñosamente, con todo el amor del planeta.

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