La Historia Que Nunca Escribí - Parte 2/6

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III

Esa risa. Me arrastra del estado hipnótico a cuál entro cuando estoy inmerso en una historia. Una sonrisa llega a mi rostro mientras me siento a la ventana, porque sé que Simón ha logrado causarla nuevamente.

Juan Pablo ríe, despreocupado, libre.

Simón lo mira desde la rama robusta de un árbol que ha subido. Hace señas hacia su amigo que deba acompañarle, pero Juan Pablo tarda unos minutos en seguir su propuesta. Primero, solamente lo observa con su patineta sujetada bajo el brazo. Alza su barbilla para negar con la cabeza firmemente, sonriendo a la cara alegre de Simón.

Al final, los dos chicos y la patineta se esconden en el árbol mientras los otros dos miembros de su grupo los buscan. Los encuentran después de un rato, todavía sonrientes.

IV

Supongo que es la edad en la que te acierta la pubertad, porque uno de los chicos está acompañado de una chica. Ella parece simpática, amable y cortés, sentada en un banco y aplaudiendo de vez en cuando para hacer público su entusiasmo sobre un truco. Todos hablan con ella, sonríen.

Admite que no sabe nada de patinar. Aunque cede ante la petición de su amigo y vacilantemente pisa la patineta con sus zapatos de marca, concluye el intento casi al instante. No encuentra la balanza y no quiere caerse, su ropa podría desgarrarse.

Sigo observando a los chicos, removiendo mi té que posa sobre el alféizar con una cuchara pequeña. Tengo que sonreír; ese chico quiere impresionar a su amiga con trucos arriesgados y difíciles. Me parece algo tonto pero bello al mismo tiempo cuando recorro el parque con mi mirada satisfecha.

Arrugo mi nariz y frunzo el ceño en un gesto de confusión. Juan Pablo hace exactamente lo mismo que su amigo, intentando ganar la atención de alguien con su talento de patinaje.

Ese alguien parece ser Simón.

V

Los chicos siempre llegan al parque aproximadamente a la misma hora; a las cuatro de la tarde, después de sus clases. Supongo que ya han entrado a la secundaria, deduciendo de la voz grave de Simón que se ha establecido gradualmente. Además de su voz penetrante, Simón posee su propia patineta desde hace unas semanas.

Cuando las ruedas de sus patinetas aterrizan en el hormigón gastado de las rampas a las cuatro y media en un día soleado, justo terminé de escribir un capítulo en mi libro actual. Mi ventana ha estado abierta todo este tiempo, dejándome aprovechar de las brisas agradables. Ahora, me dan la noticia de que los chicos han empezado con su práctica.

La chica no ha vuelto a acompañarlos desde hace bastante tiempo, sólo son ellos cuatro dando la vuelta a sus monopatines y burlándose del amigo que no lo logra. Hoy Juan Pablo parece tener mala suerte, porque no importa cuantas veces lo trate, el truco no quiere salir. Las burlas aumentan y el chico se rinde con un suspiro tan decepcionado, que hasta yo lo escucho.

Creo que está desilusionado al doble porque un pequeño grupo de chicas se ha acumulado cerca de los amigos, aplaudiendo cuando Simón baja y sube la rampa de nuevo. Juan Pablo se sienta en un banco, la patineta apoyada en ella. Las suelas de sus zapatos rascan la tierra polvorienta mientras deja caer la cabeza en sus manos. Pobre chico.

Sus amigos quieren motivarlo a seguir, pero uno de ellos continua con las burlas y una discusión se forma. Se van a congeniar otra vez. Pero por el momento, son Juan Pablo y Simón contra los otros dos, defendiendo su punto de vista de que las bromas no ayudan a encontrar motivación.

El sol todavía ilumina el parque, pero yo me alejo de la ventana para preparar algo de comer. Me sorprendió cuán rápido Simón dejó a las chicas y se dedicó a defender a Juan Pablo.

Siempre AmorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora