Chocolate - Parte 4/5

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Durante las cinco semanas en las que hasta este momento había hecho paseos con Chocolate, ella se había convertido en mi confidente secreto en la misión de conquistar a Simón. No quería saber qué diría él si ella pudiera hablar. En serio, no quería saberlo.

Encuentro #2:

Ese día tuve un partido de fútbol muy importante, por lo cual me apuré para finalizar el paseo rápidamente. Casi había perdido mi esperanza para volver a verle, y menos aún tener la oportunidad de cenar con él, por eso he abandonado el hábito de alargar los paseos.

"Venga, Chocolate." Juntos nos pusimos en camino hacia la casa de los Vargas, dejando el pasto detrás de nosotros. Aparte de la perrita, mi acompañante constante en aquellas caminatas eran mis pensamientos sobre Simón. Estaba harto de realizar un trabajo que normalmente no podía hacer a causa de mi alergia. Estaba harto de sólo verle una vez en cinco puta semanas. Estaba harto de estar solo.

"Al menos te tengo a ti, Chocolate," suspiré. Ella correteaba bastante lejos de mí, tal como lo hemos aclarado. Aunque ella respetara los acuerdos que teníamos, el destino no lo hizo. Me había dado una segunda oportunidad de hablar con Simón aquel día en el supermercado, pero ahora... Ahora sólo defecaba sobre mi esperanza, tal como Chocolate lo hacía con la hierba.

"¿Sabes qué? Él no sabe lo que se pierde. No estoy enamorado de él, sólo es malditamente perfecto. Podría dejar este trabajo cuando quiera," filosofé, aunque supiera que sólo el perro me oía. "No tengo por qué hacerlo, hay muchos otros hombres en este mundo. ¿Por qué debo esforzarme tanto si él no hace nada por nuestra relación?"

Chocolate reaccionó ante mis palabras y giró su cabeza hacia mí. Sus ojos brillantes me echaban una mirada como si entendiera mis palabras.

"Sé que no tenemos una relación, deja de juzgarme," me quejé y ella volvió a prestar atención a los rastros de olores de otros animales. "Sólo digo que..." No sabía que quería decir. "Que..." Que quizá ya estaba enamorado de él, y simplemente estaba harto de ser incapaz de dejar de estarlo.

Repentinamente, Chocolate ladró cuando vio la casa en la distancia. Ella tiró fuertemente de la correa, arrastrándome detrás de ella. "¿Qué pasa, pequeña?" pregunté, pero ella siguió ladrando. Logré dirigirla hacia el tejado del jardín con algo de fuerza. Una vez ahí, estornudé tres veces seguidas en la cara de la pobre perrita, mientras le quitaba la correa. No parecía molestarla, porque corrió alegremente por el jardín en cuanto estaba libre. Probablemente sólo estaba feliz de volver a casa.

De inmediato corrió hacia la terraza, cuya puerta curiosamente estaba abierta. Mientras me sonaba la nariz, hizo paso tras paso hacia la casa. ¿Habían olvidado cerrarla cuando se fueron? Pero cuando la recogí para el paseo, la puerta no había estado abierta. Me acerqué unos metros más, pensando que algo no encajaba. Era demasiado temprano como para que Simón volviera.

"¿Hola?" Estaba parado en el salón, esperando una respuesta.

"¡Hola!" contestó una voz grave. Su voz grave.

"¿Qué haces aquí?" pregunté. Repentinamente, no podía dejar de sonreír. Simón entró a la habitación, echando una mochila sobre su hombro.

"Llego tarde para mi clase. He estado leyendo un libro buenísimo y me olvidé del tiempo," me informó con una sonrisa traviesa. "¿Puedes cerrar la puerta por favor?"

"Sí, claro." Hice lo que me había pedido, pero cuando me volteé, esperando verle, ya no estaba. "¿Simón?"

"Estoy aquí. Venga, ya me estoy tardando una eternidad," sonó desde el pasillo de la entrada. Simón se estaba poniendo sus botas y cogió una llave de una mesita al lado de la puerta principal. "Adiós, Chocolate," susurró y brevemente acarició la cabeza de su mascota.
Yo estaba parado allí, sin saber qué decir ni hacer, porque repentinamente Simón me prestaba más atención a mí que a su perrita. Sus ojos no dejaban de mirarme, de observar como estuve completamente desamparado en ese pasillo.

"¿Qué pasa, Simón?"

"Ya no tiene sentido ir a clases. ¿Quieres ir a tomar un café conmigo?"

Oh, Dios sí. Seguramente mi sonrisa era la más estúpida del siglo, pero no podía impedirla. "Sí, me encantaría," contesté.

"Genial," sonrió. Y entonces estuve seguro de que teníamos un momento especial. Pasaban varios segundos en las que sólo nos miramos, en las que sólo pensamos en el otro, en las que mostramos que éramos más que conocidos.

Pero, considerando mi mala suerte, abandoné la casa con ojos mojados. Esta vez Chocolate no era la culpable, era simplemente la coincidencia que este día fue el único día que no tenía tiempo para Simón. Me acordé de que el partido de fútbol iba a tener lugar esta tarde, y eso casi me hizo llorar de decepción. Nos despedimos en frente de su casa, sin tomar un café.

Sin saber que nuestro próximo encuentro sería la última vez que haría un paseo con Chocolate.

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