Chocolate - Parte 1/5

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Hay puntos de tu vida cuando sabes exactamente que a partir de ahora todo cambiará. Te sientes diferente, estás más que seguro que tú también cambiaste, que por eso tu vida lo hará igualmente.

Podría ser el primer momento en que te das cuenta que dejaste de jugar con tus juguetes, que te vuelves más adulto. Podría ser después de que realizaste algo independientemente, sin la ayuda de alguien más, cuando notas que eres mucho más maduro que antes. Podría ser a causa de que perdiste a alguien, un amigo, un familiar, que te hizo ver la vida distintamente.

En mi caso, fue cuando salí del clóset.
Me llamo Juan Pablo Villamil, tengo diecisiete años, y soy gay. El hecho de que pueda decirlo sin morirme de vergüenza me hace sentir increíblemente libre y feliz. Son indescriptibles esos segundos después de que les dijiste a tu familia y a tus amigos quién eres de verdad, es una tortura y al mismo tiempo es un alivio inmenso. Y aunque pienses que reaccionarán con sonrisas, abrazos, y palabras confortantes, no puedes retener las lágrimas que se escapan de tus ojos. Quizá lloras por el descargo, quizá por el miedo que tuviste, o quizá por su reacción inesperada.

Afortunadamente, nunca experimenté lo último. Mi familia y mis amigos me apoyaron y siempre lo harán. Las personas que me dañaron, simplemente las eché de mi vida. Mientras tenga a aquella gente que me apoye, me siento capaz de vivir como quiera, como siempre lo he deseado. Además, me siento capaz de por fin tener pareja.

Ese es el asunto que ponderé cuando hice las compras en el supermercado para mi madre. Me pareció que era un tiempo adecuado para tener mis primeras experiencias románticas con otro hombre, siendo gay oficialmente desde hace cuatro meses. Algunos dirán que es relativamente tarde, porque ya tenía diecisiete años, pero no había podido meterme con alguien si no estaba completamente seguro de quién soy, hacia quién sentía una atracción. Hoy estaba seguro de eso.

Y hoy sería el día, aunque no lo supiera.

Me junté a la cola enfrente de una caja con una bolsa de compras en mis manos y esperé mi turno. Más y más personas se acumularon detrás de mí y, por pura curiosidad y un poco de aburrimiento, me volteé para verlas. Directamente detrás de mí se encontraba un chico con gafas y mucho, mucho cabello. No era largo o algo así, pero en la manera en que se amontonaba en su cabeza se veía tremendamente esponjoso. Seguramente se sentía demasiado suave si se lo tocaba.

Me di cuenta de que lo estaba observando ya hace un rato y quise mirar a otro lugar, pero antes bajé mi vista hacia su cara. Él estaba sonriéndome, por supuesto que también había notado que había contemplado su peinado por un tiempo bastante largo. Le devolví la sonrisa porque no sabía qué otra cosa hacer. Y en este instante sentí un calor subir hasta mi rostro. Porque vi que era muy, pero muy guapo. Por Dios, tuve que hacer algo para no parecer como un pervertido que observaba a otros hombres con una estúpida sonrisa en su cara. Avergonzadamente bajé mi mirada al helado de chocolate en su mano; era la única cosa que iba a comprar.

"¿Quieres adelantar?" pregunté. "Es que yo llevo la bolsa llena y tú sólo tienes–" Él me interrumpió, creo que lo hacía para terminar mi intento miserable y desesperado de disminuir la vergüenza en este encuentro.

"Sí, muchas gracias," sonrió y caminó en frente de mí. Con esta acción acabó nuestra pequeña conversación. Suspiré porque no lo quería así; era raro, lo sé, pero su sonrisa, su voz, y sus ojos me atrajeron. Mientras coloqué los artículos en la cinta, analicé su cara extraordinaria. A primera vista no me había parecido tan guapo, pero cuando había hablado, sonreído, cuando me había escudriñado con esos ojos del mismo color que su helado... creo que en serio me había derretido.

Estuve tan inmerso en mis pensamientos, que me sorprendió cuando era mi turno de pagar. La cajera empujó los artículos sobre el láser hasta que sonara el pitido, masticando su chicle sin mirarme. "20,000 pesos," dijo desanimadamente y abrió la caja. Yo ya había empezado a empacar las compras, lo cual detuve para sacar mi monedero y tenderla el dinero suficiente.

"Que tenga un buen día," me despidió, llenando la bolsa con el resto de los artículos en un movimiento rápido. La cajera no me respondió, sino se ocupó con el próximo cliente. No supe por qué, pero cuando me alejé de la caja no pude reprimir un suspiro triste. Ay, me estaba mintiendo a mí mismo, claro que sabía por qué. Estuve decepcionado por no haber hecho un intento de conocer más a aquel chico del cabello tupido. Era imposible negar que me sentía increíblemente atraído hacia su apariencia misteriosa y su encantadora sonrisa.

"Hey, es para ti," me habló una voz grave. Me volteé para ver quién quiso llamar mi atención y lo encontré.

"Oh, hola," saludé y sonreí al volver a admirar su guapura excepcional. Ajusté la bolsa de compras sobre mi hombro, bajando mi mirada hacia el objeto en su mano.

"Es para ti, para agradecerte que me dejaste pasar antes," me informó y me tendió otro helado de chocolate, envuelto en un envase de plástico.

"Muchas gracias," respondí y lo tomé. No pude dejar de sonreír, era como si el destino me diera otra oportunidad de conocerlo. "Ehm..." Miré al helado en mi mano, toqueteando el envase. "¿Haces las compras aquí frecuentemente?"

"Pues, no," contestó y mordió un bocado del helado. "Mis padres me mandaron acá para que ponga algo en el tablero de anuncios," añadió, señalando hacia el tablero cerca de la salida del supermercado con un gesto de cabeza.

"Ah, sí," farfullé y me sorprendió mi propia estupidez. Qué imbécil había sido mi pregunta, qué tonto fue todo mi comportamiento.

"Bueno, nos vemos," se despidió con una última sonrisa y me dejó parado allí. Me odié, de verdad, me odié. Decepcionado de mí mismo, le seguí con la mirada hacia el tablero de anuncios, donde colocó un papel y se fue.

Otra vez suspiré y dirigí mi vista hacia el helado en mi mano. En serio, me sentía tan atraído hacia él, quería pasar más tiempo con él, conocerlo. Todo eso me sorprendió, también me asustó un poco. Pero no estaba confundido, hace tiempo que lo estaba. Soy gay y él me gusta. Por eso, anduve hacia el tablero y leí lo que dijo el papel que el chico con lentes había colocado allí.

Se busca ayuda para pasear nuestra perrita 'Chocolate'. Si está interesado, llame el número siguiente.

Arranqué una pieza de papel, con el número escrito sobre él, del anuncio y lo metí en el bolsillo de mis pantalones. Luego abrí el envase del helado y lo mordí para salir del supermercado con una misión para cumplir.

Obvio que estaba interesado. Y obvio que era alérgico a los perros.

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