En un mundo donde la Era de la Piratería está en su auge máximo, dos jóvenes se embarcan en busca de aventuras en el basto mar azul con el que soñaban noche tras noche.
Iniciando gracias a un pequeño mapa en una botella que oculta un gran secreto so...
El amanecer y el brillo del sol en el cielo pronto trajeron la claridad y calidez del día al ambiente mientras dos cuerpos comenzaban a despertar y a moverse adoloridos sobre la húmeda tierra blanca que ahora yacía frente a ellos.
-Poll, despierta estamos en tierra.- Una dolorida Vio rompió el silencio.
Las grandes olas que habían azotado la barca durante la tormenta y los había sumido en la inconsciencia, fueron las mismas que se encargaron de arrastrar aquél maltrecho bote que a duras penas se mantuvo a flote, hasta la tierra húmeda de lo que parecía ser una pequeña isla adornada por centenares de palmeras que alzaban sus copas hacia el cielo dejando ver ovalados, grandes, verdes y maduros cocos silvestres.
-¿Dónde estamos?- Interrumpió el joven al ponerse de pié.
-No lo sé, la tormenta nos trajo aquí, deberíamos explorar y solicitar ayuda de quienes vivan aquí.- Mencionó Vio.
Y en ese momento ambos sacudieron sus semi secas ropas de la tierra que se había pegado a ellas mientras comenzaban a rodear la isla buscando sus pertenencias. Pronto se hallaron más al frente su pequeño y maltrecho bote semi enterrado pero no había en él, el mínimo rastro de la tinaja perdida.
-¿Qué es eso que está en el agua?- Agregó de pronto Poll mientras se echaba a correr.
Y para fortuna de ambos, el joven se había encontrado con la canasta de panes flotando en el agua. Al recogerla Poll registró su interior y para mejor suerte los dos panes yacían ahí, sin embargo se habían humedecido a tal punto que al tomar uno de ellos, se escurría una gran cantidad de agua.
-No creo que podamos comer esto.- Murmuró un desilucionado joven.
-¿Y que me dices de eso?- Habló Vio, señalando una de las palmeras que exhibía cocos maduros en su copa.
-¡Podemos comerlos!- Poll parecía impaciente.
Y como alma que se lleva el viento, Poll corrió hasta una de aquellas palmeras, trepándola con cuidado hasta la copa desde donde había dejado caer al suelo un par de cocos.
Minutos más tarde, cuando se hubieron saciado de sus alimentos que estrellaron contra las rocas para comer, ambos comenzaron a internarse cada vez más en aquella isla, pero tanto en la costa como en el corazón, la isla era una misma. No había rastro de maleza alguna, ni animales salvajes, sino solamente tierra blanca y palmeras sobre las cuales ninguna criatura habitaba o volaba.
La isla se hallaba completamente desierta y además, era muy pequeña.
-No hay nadie aquí que pueda ayudarnos ni tampoco animales salvajes que podamos cazar.- La joven rompió el silencio.