>>MinGyu<<

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—Joven Kim, queda bajo arresto por el asesinato del joven Yoon JeongHan—.

MinGyu había comenzado a hiperventilar y sus manos sudaban exageradamente. Dirigió su nerviosa mirada hacia los guardias que se estaban acercando a él y comenzó a negar repetidas veces con la cabeza mientras daba pequeños pasos hacia atrás. Ágilmente, lo tomaron y lo esposaron, haciendo sobresaltarse al más alto.

—N-no pueden hacer esto. Y-yo no he sido, n-no envenené a nadie...— tartamudeó a la vez que sus ojos comenzaban a aguarse pero nadie le prestó atención.

Lo llevaron a rastras hacia una celda mientras que MinGyu comenzaba a sentir como las lágrimas recorrían sus facciones. Lo alojaron dentro de ella y cerraron las rejas tras de sí, haciendo imposible el escape.

MinGyu nunca se había sentido tan perdido, no sabía qué hacer. Su mente estaba en blanco; su respiración entrecortada; y su corazón parecía que fuera a estallar si una lágrima más salía. Comenzó a frustrarse y apretó los puños con fuerza, tensó los dientes y lo único que logró fue que su llanto se intensificara más. Escuchó una risa burlona tras él y se volteó asustado.

—Que valiente eres, amigo mío— dijo con sorna un hombre que se encontraba sentado sobre la parte de arriba de una litera, y no paraba de ver divertido al menor.

MinGyu lo miró con desagrado y se sentó en el suelo cerca de las rejas. Se recostó sobre la pared y comenzó a jugar con sus manos que delataban su ansiedad.

—Más vale que sea la última vez que me observes de esa manera, te la dejaré pasar por ser novato.— MinGyu pudo notar en la voz del contrario que este no bromeaba, que escupió esas palabras con el mínimo tono de gentileza. El menor tragó fuerte y sólo se limitó a asentir.

Se acurrucó entre sus piernas y comenzó a sollozar. Él no era lo suficientemente fuerte como para poder afrontar toda una vida en la cárcel, no estaba preparado para tal destino. Además, ni siquiera tenía por qué. Él no recordaba para nada haber colocado algún ingrediente mortal en la cena de aquél día. Alguien más lo hizo y la culpa estaba recayendo sobre él por lógica, ya que él era el que cocinaba. Pero de verdad no había sido. De verdad era inocente y nadie le creía.

Sus lágrimas dejaron su lado más vulnerable a la vista y por un momento temió en mostrar su fragilidad ante un desconocido. Pero no le importó, se sentía destrozado y no tenía ánimos para ocultarlo.

Así que siguió, siguió llorando como su no hubiera un mañana. Estaba tratando de drenar todo ese sufrimiento que sentía por dentro. Porque lo culparon, lo señalaron y lo condenaron aun siendo inocente.

[Tres semanas después]

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero habían transcurrido veintiún días en ese lugar y MinGyu se sentía tan quebrado como cuando llegó. No lograba sanar, su herida ardía y podía sentir como cada vez se agrietaba más y más.

Las lágrimas nunca paraban de salir, se sorprendía por poseer tanta cantidad de agua en su sistema.

Pero sí, lo único que hacía era llorar y llorar. Él pensaba que seguro parecería un débil idiota, pero esos eran sus sentimientos y lamentablemente no podía cambiarlos.

No le apetecía hacer nada; su día constaba en cumplir con desgana las tareas que le dejaban, en la hora de la comida ni siquiera tocaba su plato, dormía en exceso y todas las noches lloraba en un rincón.

Esa noche, todo estaba silencioso en las demás celdas, al parecer todos allí dormían. Sin embargo, había un agudo ruido que inundaba el lugar, y eran los sollozos de MinGyu.

Su cabeza dolía más que el demonio, sus ojos ardían pero no podía parar las gotas de agua que habían empezado a salir. Su dolor psicológico era más intenso que el físico.

Se sentía tan deprimido, todo era tan insípido ahora. Él necesitaba color, él quería a sus amigos, quería volver a las artes culinarias, quería volver a reír genuinamente...

Y se intensificaron más sus jadeos.

Sus lamentos.

Su respiración.

Esa combinación de sonidos que ahora llenaban la celda.

Su compañero no se hallaba muy feliz. Estaba recostado presionando una almohada contra sus oídos ya que el lloriqueo del menor no lo dejaba descansar. Suspiró furioso y se bajó de la litera, se dirigió a grandes zancadas hacia el menor y lo observó con evidente irritación reflejada en su rostro.

—¡¿PODRÍAS CALLARTE DE UNA BUENA VEZ?!— Vociferó y MinGyu se estremeció por el tono tan grave que había usado.

—D-disulpa...— MinGyu secó sus lágrimas rápidamente y bajó la mirada.

—¡No quiero tus malditas disculpas, sólo quiero dormir! ¡Ya me hartaste, no te aguantaré ni un segundo más!— exclamó exaltado, y escuchó otro sollozo. Esa fue la gota que derramó el vaso.

Levantó su camisa y sacó un objeto que se encontraba afirmado en la elástica de sus pantalones.

MinGyu observó aquel objeto abrirse, y con aquella tenue luz sobre ellos, pudo divisar una navaja. Su respiración se volvió agitada y se levantó de golpe para huir, pero el hombre fue más rápido y lo tomó bruscamente del brazo.

MinGyu se volteó para mirarlo con pánico y observó como el afilado metal se alzaba para tomar impulso.

No le dio tiempo de reaccionar.

Sintió algo clavarse contra su cuello y un grito ahogado se escuchó.

Sintió como se desplomaba y como todos sus pensamientos se iban desvaneciendo.

Toda su vista se volvió negra.

Y todo el lugar se tiñó de carmesí.

¿Cómo te sientes al saber que fue tu culpa? Tú elegiste este final, por ti MinGyu tuvo que sufrir tal atrocidad. Él era grande por fuera, pero pequeño por dentro. Era débil. Tenía más amor dentro de sí que valentía. Y por desgracia, tuvo que sufrir mucho por un castigo que no tenía que recaer sobre él.

Lo siento, MinGyu no es el verdadero responsable. Vuelve al inicio de la historia, piensa bien tus elecciones y ¡halla al mentiroso!

Final malo #10

Halla Al Mentiroso [SEVENTEEN]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora