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Confieso que estuve llorando. Y lloré tanto que mi nariz se inflamó, entonces ya no pude respirar bien y mis ojos, joder, mis ojos comenzaron a arder como nunca. ¡Qué belleza era mi salud!

Estaba a media cocina, con los ojos en llamas, comiendo unos fideos instantáneos demasiado salados por mis lágrimas (y unas cuantas gotas de mocos), sin poder respirar y sin poder levantarme de mi asiento, porque iba a caerme de dolor si tan solo intentaba.

"Intentar"

Estaba siendo la palabra más molesta de toda mi vida, ¿La describiría como una palabra? No, realmente no. Más bien, estaba siendo un dolor en el culo (No literalmente, o tal vez sí)
¿Para qué luchar contra el destino, si claramente estaba muy decidido en hacer de mí la persona más miserable que pudo pisar el planeta? ¿Para qué intentar, si mi fracaso era lo único que podía tener bien seguro? Incluso podía tocarlo, podía sentirlo ahí mismo, en ese momento, abrazado a mí, acurrucado y respirando en mi cuello, como un novio meloso, demasiado meloso, que no quería dejarme en paz ni para ir al baño.

Divagar en mis pensamientos fue lo único que hice, hasta que escuché el timbre de la puerta principal. Solo entonces, después de volver en sí, me levanté del asiento con la velocidad de un anciano de 90 años, me aseguré de cubrirme el pecho con la bata de peluche que tenía puesta encima de mi pijama, porque hacía frío afuera y no quería enfermarme (o mejor dicho, enfermarme más), limpié mis ojos con una de las mangas y caminé con la misma lentitud, sosteniendome de las paredes; el timbre sonó más de tres esporádicas veces, tardé demasiado tiempo caminando por el bendito pasillo y por un segundo pensé que ya sería en vano todo mi esfuerzo, pero al abrir la puerta, él seguía parado allí afuera, cubierto con mil abrigos, al igual que otros cinco altos hombres que mantenían sus rostros ocultos entre gorritos y bufandas de lana a juego con sus guantes, cada uno de colores diferentes, era como ver seis niños kindergardeanos frente a mi puerta.

—¿Kihyun? ¡Hola! Lamento... Lamentamos molestarte, sé que no estás muy bien ahora mismo, pero, ¿Podemos... pasar? Necesitamos hablar contigo— su voz seguía siendo ronca, pero no lo estaba tanto como la última vez, ahora tenía menos gallitos, creo que estaba reponiendose.

Y ahí estaba yo otra vez atónito, mirando ese par de ojos oscuros que me miraban con un pequeño deje de tristeza que logró tenerme preocupadísimo al instante. ¿A qué se debía tan inesperada visita? ¿Qué, qué estaba pasando? Y, de nuevo, ¿Por qué, por qué a mí?

No dije una sola palabra, solo me hice a un lado para sostener con una de mis temblorosas manos la puerta, dejándoles el camino libre a mi "muy humilde", triste y depresivo hogar.
Primero entró Changkyun, haciéndole señas a los demás para que entrasen. Después vino quien al principio pensé era el líder, se quitó la chaqueta y la dejó sobre mi hombro; detrás suyo venía otro de los chicos, uno más bajito, quien repitió las acciones del anterior. Y eso sucedió con los siguientes cuatro, hasta que casi todos estuvieron dentro y me dejaron cubierto de chaquetas pesadísimas. Finalmente vino el chico más alto de todos, quien quitó las chaquetas de encima mío con cierta molestia y le regresó a todos sus prendas con "poquito enojo".

—Está lastimado, y ustedes, torpes, solo vienen a causar molestias— murmuró de forma que, según él suponía, yo no iba a escuchar. Y para que no se preocupase mucho, me hice el que sordo mientras entraba miserablemente a la estancia, donde todos me esperaban muy bien sentados, con la espalda recta y los pies juntos como unos soldaditos a excepción de Changkyun. Yo sonreí un poquito, porque parecían todos un grupo de niños pequeños recién regañados, regañados por ese chico alto que me salvó de la montaña de abrigos.

—¿Quieren algo de beber? Bueno, café o agua...— mencioné aquello último con vergüenza mientras me rascaba la nuca. Tenía vergüenza de no poder ofrecerles algo más; sin embargo y para mi suerte, todos negaron con su cabeza y yo pude sentarme en el sofá individual al frente de ellos, mirando por un segundo los demás rostros de narices rosadas antes de detenerme en Changkyun, quien después de tragar saliva comenzó a hablar

SAKURAGARI Donde viven las historias. Descúbrelo ahora