El cazador legendario del Instituto de Daegu, desaparecido en las sombras durante décadas , sólo rastreado por unos pocos cazadores y vampiros.
Al cual La Clave le confía la misión más importante de el submundo, capturar al mundano de oro, JKiller...
Las luces de los postes apenas tocaban el suelo, y las sombras danzaban con movimientos artificiales, como si algo más se moviera entre ellas. Eve fue la primera en descender por el muro agrietado del almacén, su silueta casi fundida con la noche. Jin la siguió de cerca, su estela entre los dedos, lista para trazar cualquier runa que pudiera necesitar. RM cerraba la formación, alerta, con una mirada severa y los sentidos aguzados.
—¿Ves algo? —susurró Jin, los ojos clavados en la entrada polvorienta del edificio.
—Demasiado silencio —murmuró Eve, su voz era casi una vibración de viento.
No hizo falta esperar más.
El ataque fue tan repentino como violento: una figura saltó desde las vigas superiores, con garras curvas y ojos completamente negros. Llevaba un obvio glamour, ó era cambia formas. No era humano. La criatura embistió hacia Eve, pero su mano ya iba marcada por la runa de velocidad, activada un segundo antes. Se agachó, rodó, y lo cortó por la espalda con un cuchillo serafín sin dudarlo. Jin se adelantó, bloqueando con el brazo un zarpazo que le abrió la chaqueta, pero no la piel. La runa de resistencia en su hombro brilló como una advertencia divina.
Eran cinco. Ninguno hablaba.
Los demonios disfrazados de humanos peleaban como perros acorralados. Dos cayeron bajo las hojas afiladas del equipo, pero uno más grande, más rápido, logró derribar a RM. Jin lo embistió sin dudar, su espada serafín iluminando la cara del enemigo. El demonio gruñó, se tambaleó, y cayó sobre sus rodillas.
—¿Dónde está JKiller? —escupió Jin, con la hoja a milímetros de su garganta.
El demonio rió. Una carcajada rasposa, casi humana, que lo hizo parecer más real... y más falso al mismo tiempo.
—No está muy lejos —jadeó—. Espera el momento exacto para prenderle fuego a todo su mundo, que está por caerles encima. Ustedes son solo peones en todo su plan. Nada más. Ustedes no saben nada.
—¿Qué planea? —insistió Jin.
—¿Crees que lograrías hacer algo contra él? —bufó—. Nunca lo han visto...pero nunca se despega de un ángel, y tú ni sabes en quienes confiar dentro de tu equipo.
Antes de que Jin pudiera exigir más respuestas, el demonio se impulsó con fuerza inesperada, dispuesto a arrancarle la garganta. Jin lo decapitó antes de que llegara.
Silencio.
Los cuerpos comenzaron a arder, consumidos por la marca serafín que todavía ardía en las hojas.
Fue entonces cuando un seelie emergió entre las sombras, con un rostro inexpresivo y ojos de amatista.
—No solemos agradecer —dijo con su acento lento y musical—, pero esta vez... lo hacemos.
Extendió una mano. En ella brillaban tres pequeños anillos. De apariencia frágil, como hechos de pétalos endurecidos, pero al tocarlos, algo crujía como cristal bajo el viento.
—Llévenlos. No preguntaremos a quién responden... pero hoy, no fuimos traicionados por la Clave.
Eve los tomó, sin decir palabra.
El seelie desapareció como si nunca hubiera estado allí.
RM limpió su espada. Jin se quedó mirando el anillo que acababa de recibir, pensativo.
Había algo que no cerraba.
Pero no era el momento de hacer preguntas.
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