Capítulo 26

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El tiempo era un ente caprichoso, si bien era capaz de pasar de un modo lento y parsimonioso cuando lo retiene a uno en una sala de espera de un hospital aguardando por noticias de un ser querido; este corre cuando la fecha de una separación programada ocurre.

David odiaba al tiempo, tenía que volver a Londres a seguir con sus estudios. Llevaba dos semanas a solas en el apartamento de John.

Ethan, una mañana después de que David ejerciera de enfermero particular, al parecer nada silencioso, dijo que se iba.

John y él no habían hablado de qué eran, para David estaba claro. John era el amor de su vida que de una puñetera vez le daba la oportunidad a vivir el amor que ambos se tenían.

Para Ethan vivir con una pareja en sus inicios, donde uno era su hermano y el otro su mejor amigo le parecía motivo suficiente para ingresar en un centro de salud mental.

Siempre decían que el dramático era David, pero Ethan también sabía explotar esa vertiente cuando se lo proponía. Y esa mañana con la maleta hecha y los billetes sacados para su vuelta a Londres fueron el detonante para un minidrama familiar.

Por suerte, John estaba mucho más razonable y Ethan prometió ir a visitarlo más a menudo.

Ethan solo les había contado que con Samuel todo había acabado. Su postura, su voz, eran los de siempre, pero aunque su amigo siempre había portado un aura de tierna tristeza, esta ahora era como un abrigo a su alrededor.

Quizás fuera por su eterno ideal del romanticismo que había escondido de los golpes que este le había dado; su floreciente relación con el amor de su vida; o las altas dosis de sexo que acumulaba en su piel. En cualquier caso, David estaba convencido que los que había habido entre Ethan y Samuel era algo que quizás pudieran apartar pero nunca olvidar.

Poco había estado con ellos en el mismo lugar, pero era jodidamente palpable. Quizás no fuera el momento, quizás solo necesitaran que las cosas entre todos se calmaran. El problema era que conocía a Ethan demasiado bien, y sabía lo bueno que era negándose las cosas que le hacían feliz.

Pero él estaba meditando sobre el tiempo, con los códigos de legislación delante de él, en el apartamento de John esperándolo a que llegara de trabajar.

Su sangre burbujeaba por verle, pero también sabía que tenía que marcharse pronto. Había perdido demasiadas clases, demasiados exámenes y su beca peligraba calamitosamente.

No quería irse de Edimburgo ni de aquella preciosa luna de miel que ambos estaban viviendo.

La primera vez que pudieron estar a solas en aquel mismo lugar, John aún estaba vendado y lastimado, pero a David aquella primera vez— segunda si quería ser exacto— había sido dulce, y condenadamente ardiente.

La desesperación por tenerse había ido creciendo, pero sellaba de algún modo lo que ambos habían estado sintiendo.

Ahora con John en pleno uso de sus capacidades, estaban todo el tiempo follando como monos, término que les había regalado Ethan antes de marcharse.

Pero así era como lo sentía, no se cansaba de tenerle dentro, de montarse encima, de despertarle por la noche para asegurarse de que aquello era real.

David temía perder algo que siempre, siempre había anhelado. Pero sus manos llegaban a John y este le apretaba contra su cuerpo como si comprendiera algo que él mismo sentía.

¿Por qué no podía ser todo en la vida siempre así? Fácil, placentero, correspondido.

Aún le dolían las palabras que John le arrojó en Londres, de otro hubieran sido nada, de él, lo eran todo. Pero parecía ser cierto aquello de que solo quien te importa puede hacerte daño con sus palabras. Y entre besos y caricias, John le había confesado cada momento en el que le había amado. Cada recuerdo en el que David era su luz, como el tipo cursi con el que había comenzado a salir, le llamaba.

Sugardaddy: Londres (I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora