Diez

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La hora acordada con Bankotsu se acercaba.

Su nerviosismo aumentaba y rogaba que Kaghome no se enterara lo que estaba a punto de hacer ya que, por protegerla, no le había dicho nada.

El único que sabia era Miroku, al cual prácticamente había amenazado para que no dijera nada. Entre su encuentro de hoy, Suikotsu y que, posiblemente, en breve tendría noticias de su Jefe, su cabeza era una mezcla de cosas que no lograba poner en orden.

Se vistió con un pantalón chándal azul, una remera manga cortas negras y unas zapatillas deportivas oscuras. No sabia si correría sangre, pero tenia que asegurarse de que su abuela no lo viera. Se ato el cabello en una coleta alta, saludo a su abuela con un dulce beso y tomando las llaves de su auto, se encamino hacia el lugar acordado.

Su celular estaba en silencio, pero podia ver como las llamadas de Kaghome entraban una tras otra. No queria atenderla porque sabia que hablaría de mas y solo la preocuparía.

En el camino no pudo evitar pensar en lo que, estaba seguro, le depara un futuro cercano. Naraku, de cualquier manera, intentaría comunicarse con él y, por mucho que quisiera hacerse el valiente, le daba terror volver a ver su rostro demoniaco, lleno de sadismo. No sabia como negarse a volver, ya que jamas, de los años que estuvo a su lado, había logrado negarse a nada que ese ser maligno le dijera.

Y eso, por el Ángel, le ponía los pelos de punta, ya que había sido testigo de como varios pobres infelices habían terminado luego de negarse a alguna orden que el Jefe daba. No queria ni recordar los golpes y las torturas que había visto, y provocado, debido a Naraku.

Un nuevo escalofrio recorrio su columna. No era miedoso, al contrario, a lo único que le temia era a la muerte y, sobre eso, a Naraku. Nunca sabia con que te podias llegar a encontrar con sus repentinos cambios de humor y él menos que nadie lo sabia. Habia visto a varias victimas, hombres y mujeres, sucumbir bajo las manos de Naraku pero él, al ser su fiel perro faldero, nunca había recibido tal siquiera un golpe.

Naraku ordenaba, él cumplia sin chistar. Esa era su relación y, debido a eso, había logrado llegar tan lejos. Pero, también por eso, sabia que el jefe lo queria de vuelta a su lado. A como de lugar, lo que generaba que su cuerpo tiemble de terror. Lo que menos deseaba era que su familia y amigos se vieran involucrados en esto y, aunque estaba tranquilo de que Naraku no haría nada contra ellos hasta comunicarse consigo, aun asi no podia estar tranquilo.

Llegando a su destino su pulso se acelero. Justo frente a esa fabrica abandonada había un auto pero, cuando creyo que era Bankotsu con los suyos, logro ver a su pequeña que estaba viéndolo fijamente con sus brazos cruzados frente a su pecho. A su lado se encontraba Sango y Miroku, ese maldito traidor.

-¿Qué demonios hacen aquí? – Pregunto sumamente molesto, azotando la puerta de su auto, mirando fijamente a su amigo.

- Juro que no tuve opción...

- Fue mi idea – Se enfrento a él Kaghome, mirándolo fijamente.

- No tienes que estar aquí, Kaghome – La miro fijamente muy molesto y eso amilano un poco a la azabache que nunca lo había visto asi con ella, pero aun asi, no se dio por vencida – Vete a tu casa ahora mismo.

- No me ire – Inuyasha la miro e, ignorándola, miro a su amigo – Llevatela. Ahora.

- Tiene razón, Kaghome – Miroku se acerco a ella intentando convencerla, pero fue en vano.

- Soy tu novia. Tengo derecho de estar aquí – Cruzo sus brazos, como dado por zanjado el tema y el peliplata volvió a gruñir. Esa niña lo exasperaba. ¿Acaso no entendia el peligro que corria? Bankotsu seguro vendría con su bandada de simios sin cerebro y, por mucho que supiera pelear, no podría protegerla.

NO ME DEJES SIN TIDonde viven las historias. Descúbrelo ahora