Capítulo 2: El arte de no estar rota

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Oliver observaba con calma cómo las gotas de lluvia se deslizaban por las sucias ventanas. En su cabeza, lo que sucedía era una reñida competición entre dos corredores, cuya meta era llegar al borde del cristal. De fondo se escuchaban los cuchicheos que había despertado Sarah, su nueva compañera de clase.

Sarah tenía el pelo corto y liso, del negro más intenso que Oliver hubiera visto. Su rostro, cubierto de heridas lucía una sonrisa pícara, incluso en medio de todo el acoso al que la estaban sometiendo el resto del alumnado. Oliver soltó un suspiro, sentía mucha lástima por la joven. Por encima de todo, él amaba leer; disfrutaba el conectar con los personajes de sus novelas y vivía sus aventuras en primera persona, mientras que Sarah... Sarah no había tenido la oportunidad de entrar en todos esos mundos de fantasía que le quitan el sueño a cualquiera. Sarah era una muggle que nunca llegó a recibir su carta a Hogwarts, una Katniss fuera de los Juegos del Hambre, un Percy Jackson sin poderes.

El timbre sonó poniendo fin al alboroto. Oliver se levantó y trató de acercarse a Sarah, que tenía la cara empapada de una opaca mezcla de sangre y lágrimas. Ella le miró de reojo, podía apreciarse que se sentía incómoda con el panorama.

—Hola —farfulló Oliver, intentando iniciar una conversación.

Sarah desvió su atención, no quería saber nada de nadie y Oliver no sería la excepción. Haciendo girar poco a poco las enormes ruedas de ese cachivache al que ahora tenía pegado el culo, intentó hacerse paso entre la multitud. Moverse con soltura en un aula tan pequeña resultaba imposible. Sarah se sentía débil, era presa de su discapacidad y no tenía más remedio que acostumbrarse, que tirar para adelante asimilando que no podría volver a pisar el suelo hasta el final de sus días... y que no podría escapar. Eso era lo que más la atormentaba: no poder ofrecer resistencia a abrir las piernas, sucumbir a los deseos sexuales de sus padres, incapaz de rechistar.

—Te ayudo.

Oliver había agarrado los manillares de la silla y la maniobraba con sutileza. Sarah cerró los ojos, deseando que no llegara la hora de regresar a casa nunca.

—Eso de que no puedes leer... —Oliver se aclaró la garganta— Yo, yo... te puedo enseñar.

La expresión de Sara cambió por completo. No sabía reaccionar a su oferta. No entendía las intenciones de Oliver, ¿por qué querría ayudarle?, ¿a qué esperaba para unirse a la tertulia y reírse de ella?

—No. Rotundamente no —negó tajantemente, arrepintiéndose nada más pronunciar dichas palabras.

Oliver estaba confundido, no era capaz de comprender por qué se resistía tanto a ser querida. No podía ni intuir el dolor que ocultaban sus verdes ojos. Se paró en seco y soltó una carcajada.

—Bueno, si cambias de parecer, avísame —dijo entre risas— Te puedo recomendar mis libros favoritos.

Sarah también sonrió. Todo resultaba tan sencillo cerca de Oliver, le transmitía tanta ternura que, por momentos, ella se olvidaba de tener cinco vértebras rotas.

—Me lo pensaré.

...

La hora de la comida se acercaba y Sarah seguía esperando a que su madre viniera a por ella. Los pasillos del instituto estaban inhóspitos, a excepción de un chaval pelirrojo que, sentado en el suelo, dibujaba en su libreta. Loca del aburrimiento, intentó dirigirse a él.

—¿Esa... soy yo? —preguntó, dándose cuenta de la indiscutible semejanza del boceto con sus rasgos.

—Dibujo lo que observo —comentó intentando mantener un carácter misterioso. Colocándose las gafas, añadió: —Tú debes de ser Sarah.

Sarah titubeó antes de responder. Era su primer día en ese centro y ya todos se sabían su nombre. ¿Era su fama de puta, de analfabeta o de parapléjica la que la distinguía de los demás?

—Te faltan cicatrices —vaciló, señalando los profundos rasguños que cubrían su nariz de arriba a abajo.

Una amplia sonrisa se hizo camino en el rostro del extraño. Era evidente que se sentía a gusto con su sentido del humor.

—Soy Jean —declaró finalmente— Me llama tu aura... eres distinta, transmites fuerza. Por eso te estoy retratando.

Su tono era apático, sereno. Hablaba sin mostrar expresión alguna, pero con suma amabilidad. Su destreza para pintar era innegable, sin embargo, su ego era mínimo. En definitiva, se trataba de un artista con talento y excesiva humildad. Jean vestía con estilo, llevaba una americana gris y unas botas de tacón impolutas, aunque lo que más llamaba la atención de su físico eran sus gafas vintage, que resaltaban sus inmensos ojos oscuros.

—Gracias —Sarah se había sonrojado. Era literalmente el primer cumplido que recibía en años— Me encanta tu trabajo. ¿Puedo ver más?

Jean se puso de pie y, apoyándose en la silla, comenzó a pasar las páginas (cada cual mejor que la anterior) de su cuaderno. Sarah contemplaba incrédula sus retratos de aves, de árboles y de personas, y su excelente manejo del color. La mayoría de los bocetos eran realistas, aunque había algunos que mostraban la capacidad del joven para jugar con distintos estilos, materiales y texturas.

—¿Te gustan? —preguntó Jean, notando el llanto que Sarah intentaba acallar.

—Son perfectas, sin duda.

Su voz temblaba, la belleza que habían originado las manos de Jean reproducía aquella fantasía amorosa que los versos de Lorca habían evocado en la joven por primera vez. La oscuridad con la que había crecido se resquebrajaba por instantes y ella no entendía ni cómo ni por qué.

—Me alegra saber que te gustan —Jean sonreía de oreja a oreja. Y, arrancando una de todas esas piezas llenas de vida, añadió: — No voy a trazar ninguna cicatriz. Esta eres tú, luchadora. No estás rota.

Las lágrimas volvieron a recorrer las mejillas de Sarah ante el dulce gesto de ese desconocido. Era el mejor regalo que le habían hecho hasta la fecha: una representación bella de su ser. Se trataba de un dibujo en blanco y negro hecho con acuarelas en el que la puta y el monstruo analfabeto se habían desvanecido para dar lugar a una versión inocente y delicada de la joven.

Sarah alzó la mirada en ansias por expresar la gratitud que agitaba su cuerpo con violencia, pero se chocó con que Jean había desaparecido.

—¡Gracias! —gritó esperando que la hubiera oído, aunque fuera remotamente.

Overthinker [Completa ❤️]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora