Sentía el agua helada abrasando su piel, su cabeza se helaba por instantes. Usó los brazos para impulsarse con extrema dificultad, dado que la baja temperatura hacía de cada movimiento potente un aleteo ingenuo e impreciso.
—Ayuda —gritó cuando por fin logró asomar la cabeza.
La silla se había hundido junto a toda esperanza de salir con vida. Su garganta se comenzaba a llenar con ese frío y despiadado néctar, que llegaba directamente a sus pulmones, invadiéndolos y sus párpados, rendidos a su suerte se limitaban a cerrarse para evitar que sus ojos se cristalizasen del frío. Sarah seguía aleteando con nula sincronización, intentando que su cabeza pasara el menor tiempo sumergida en esa tempestad. Todo se le hacía asfixiante, podía notar el hervir de la sangre que en sus venas latía y sentía envidia de ese cálido palpitar.
—Ayuda.
Esta vez fue un simple susurro que nada más pronunciar se llevó el restante de su fuerza, de su voluntad de seguir luchando. Sarah relajó los brazos y miró el dorado cielo del atardecer por la que ella temía que fuera su última vez.Un trotar se oía a lo lejos, pisadas que se acercaban en un ritmo vertiginoso, con el sincero objetivo de rescatarla.
Aún consciente, Sarah pudo vislumbrar una mano pálida, aunque feroz que estaba dispuesta a tirar y tirar de sus muñecas hasta sacarla de ese apuro.—Lucía —balbuceó, ya seca— ¡Qué alegría... tantos años sin verte!
Lucía era una veinteañera alta y esbelta. Su rostro, recubierto de pecas, transmitía profunda serenidad y su palidez era compensada por su llena de vida melena a rizos dorados.
—Y menos mal que te he visto que si no... —vaciló con orgullo, mientras arrimaba las palmas de sus manos para calentarlas a la vieja chimenea que desde luego parecía el objeto más lujoso en esa paupérrima choza que habitaban— Cuéntame, ¿cómo te has metido en semejante travesura?
Sarah se acurrucó entre las sedosas mantas que había usado Lucía para devolverle el color. Y, tras pegar un sorbo al dulce chocolate caliente que llevaba siglos sin tomar, respondió:
—La misma mierda de siempre.
Lucía soltó una carcajada. Desde que se habían conocido en un campamento barato, Sarah no había dejado de meterse en líos. La rebeldía era parte de su sello, un sello que —como muy bien sabía Lucía— era una necesidad más que un capricho. Lucía conocía la situación de su amiga, estaba familiarizada con los abusos por parte de sus padres, con todo el dolor y el insomnio que ese maltrato constante causaba.
Sarah no dejaba de beber y beber de su taza, como si la vida le fuera en ello.—¿Recuerdas a Canela? —preguntó de súbito la rubia, intentando cambiar de tema.
Sarah despegó sus carnosos labios de la taza para hacer una mueca de felicidad.
—¡Ven aquí, chica! —exclamó, intentando evitar que el blanco y suave husky no se terminara su chocolate por ella.
Había sido un día duro. Como la propia Sarah temía, escapar de la mezquindad de sus progenitores era infinitamente más complicado desde el accidente. Mientras gozaba del momento con su amiga de la infancia, su rebelde espíritu se esforzó por olvidar la mirada asesina de su padre, quien esa misma mañana la había arrojado a los inhóspitos caudales del río Guadarrama, deseando deshacerse de ella de manera definitiva.
Sin previo aviso, Lucía salió a pasos torpes de la sala de estar y subió corriendo por las viejas y desgastadas escaleras. Mientras tanto, nuestra protagonista, que estaba cansada a más no poder, se quedó abrazada a la mimosa Canela.
Tan rápido como se fue, Lucía regresó con un botiquín médico, que asustó a la débil Sarah, quien temía que su perra favorita del mundo hubiera padecido algún accidente.
—Por muchas sudaderas que lleves, amiga mía, a mí no me engañas —declaró Lucía con firmeza, mientras echaba hacia atrás las mangas de la joven parapléjica, desvelando a la luz de la chimenea las profundas cicatrices que decoraban sus muñecas.
Esta negó con la cabeza, mientras observaba la decepción del rostro de Lucía ante su debilidad. Del botiquín salieron un bote de alcohol y una tira larga de cinta para escayolas.
—No te va a doler.
Acto seguido, Lucía estaba pasando un paño humedecido en alcohol por encima de todas sus costras, algunas de las cuales se habían abierto por el brusco cambio de temperaturas, desinfectando no sólo las zonas que tocaba, sino que también los recuerdos de Sarah al originarse ella misma todo ese daño. A pesar del escozor, Sarah no se había sentido más feliz en mucho tiempo, miraba a su alrededor y no veía más que muebles rotos y polvorientos, pero también veía a una Canela relamiéndose por probar el chocolate —ya no tan caliente— y un hogar lleno de amor, un pilar tan escaso en el suyo.
Tras vendar sus heridas, Lucía volvió a burlarse:
—La próxima vez no lloriquees tanto. A las malas, dejaré a Canela, que es más profesional que yo, encargarse de tus movidas.
Sarah soltó un llanto pésimamente fingido, que causó un sin fin de risas entre las tan cercanas amigas.
—Déjame llevarte, por favor —insistió Lucía de repente, haciendo que emergiera un ápice de tensión en el ambiente.
En respuesta, Sarah le dirigió una mirada asesina, que no hizo más que dibujar una sonrisa que recorría de oreja a oreja el bello rostro de Lucía.
—Es un tema ya muy oxidado y mi respuesta sigue siendo «no».
Lucía le tocó el hombro para que esta se girase y acto seguido le pasó otra taza, insistiendo en que la disfrutase y en que le diera más vueltas al asunto.
Sarah se tomó con extrema alegría esa segunda taza, que le sabía a gloria. Canela le lamió la mejilla y, acurrucada en ella, la pelinegra comenzó a rascarle la barriga. Unos tenues rayos de luz pasaban por los mugrientos ventanales de la cabaña y rebotaban en una estantería repleta de libros clásicos como Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, El jorobado de Notre Dame de Víctor Hugo o El sabueso de los Baskerville de Sir Arthur Conan Doyle.
—A cambio, ¿me enseñas a leer? —negoció con una notable chispa de ilusión.
Lucía soltó un chillido victorioso. Después de tantos años intentándolo, por fin había conseguido convencer a la muy testaruda de hacer una visita a la Guardia Civil, de solicitar una orden de alejamiento de esa puta que se hacía llamar su madre y del mafioso que había intentado acabar con su existencia en innumerables ocasiones.
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Overthinker [Completa ❤️]
Historia CortaPensar de más y pensar de menos no ha hecho otra cosa que meterme en líos, que hacerme sentir miserable e insuficiente, que convertirme en un fantasma. Toda partida de ajedrez va bien hasta que alguien mueve la pieza equivocada, y no siempre está un...