No hay cosa más hipnótica que presenciar el desenlace de una partida de ajedrez entre dos jugadores que saben lo que hacen. A nivel personal, mi cierre favorito es el denominado "mate de Anastasia", que es un movimiento cuya gracia reside en que, para ganar la partida, hay que obligar al rival a comerse a tu reina. El simple hecho de sacrificar una pieza que, junto con el rey, es la más valiosa y que con ello se consiga la victoria me parece algo infinitamente bello, bastante parecido a la vida.
En efecto y por desgracia, no se puede tener todo: el empresario que ingresa capital a montones se pasa las noches en vela, preocupado por si sus inversiones monetizarán a su favor; el campesino que respira la paz de sus tierras pasa hambrunas cuando hay malas cosechas; la puta que vive del placer se siente internamente tratada cual objeto, desprendida de su humanidad. Nadie vive ni en la negra desgracia absoluta (siempre se tiene algo: dinero, salud, amor, dignidad, un techo, familia) ni en la blanca despreocupación. Todos vivimos en un gris, sea de un tono más claro o lúgubre... pero nos solemos centrar en lo oscuro, en los errores, en lo que carecemos. Somos una sociedad de insatisfechos que simplemente se niega a ceder su reina, aunque ello suponga perder la partida.
Con la mentalidad de no formar parte de semejante colectivo, pensaba que ya era hora de sacrificar todas las piezas que me pudieran restar y de recuperar a mi hija. Así pues, me vestí con el trapo más bonito e inocente que logré encontrar entre mis prendas provocativas, me cepillé el pelo y me tomé mis pastillas, para seguidamente salir de casa. Tras varias horas haciendo autostop, por fin logré que alguien accediera a llevarme.
Se trataba de un humilde señor cincuentón, que iba hecho un cromo con su barba descuidada y su camisón sin planchar; aunque también he decir que no podría haberme tocado un mejor acompañante, pues nos pasamos todo el trayecto debatiendo, pero de una forma que nunca había experimentado; con respeto, argumentos sólidos, turnos de palabra y sin descreditar las opiniones ajenas.Una media hora más tarde allí estaba yo, entre la multitud, escuchando con orgullo cómo decían su nombre y ella subía al escenario, con las mejillas sonrosadas. No hay palabras que expresen lo inmensas que fueron mis ganas de gritar «ESA ES MI HIJA».
Sarah se quedó perpleja al verme entre el público y su voz no paró de temblar cuando quiso dar su pequeño discurso de despedida. No quería incomodarla, jamás, e hice lo que tenía que hacer.
Mientras sentía que un llanto que había quedado atascado en mí durante tantos años lograba hacerse camino a la luz, me puse en pie e intenté salir corriendo de aquella condenada sala de niños malcriados. Me hice paso entre los padres y abuelos que reían sin entender siquiera mi situación... me forcé a ser fuerte, a no mirar hacia atrás y a seguir luchando. Pero todas esas promesas se desvanecieron en cuanto escuché un susurro con la voz de mi hija que decía «te odio». No sé si me lo imaginé porque Sarah estaba a varias butacas de distancia, en su precioso vestido lila de encaje y su silla.
Me giré y vi que no pasaba nada, que Sarah ya había recibido su diploma y era otro chaval al que alumbraban los focos. Pero yo ni pude ni quise desoír ese susurro, aunque sé que cualquier persona medianamente cuerda sabría que no llegó a pasar. Estaba en mi cabeza todo, pero no dejaba de ser real. Ya fuera, me senté en la acera y encendí un cigarrillo. Sé lo que estás pensando, se suponía que había dejado todas las mierdas atrás cuando me inscribí en el hospital psiquiátrico..., pero ese susurro había logrado abrir la caja de Pandora.
Ni sé cómo he logrado volver a casa. Y digo he logrado porque aquí se terminan los cuentos del pasado. Estamos en el presente, te describiré el panorama.
Son las ocho y media de la noche y estoy en una bañera sucia y vacía, escribiendo estas porquerías e intentando calmarme. Llevo fácilmente cinco horas teniendo ilusiones y recreando pesadillas, la caja de Pandora se niega a cerrarse. No sé cómo ponerle fin a esta mierda, el susurro no deja de retumbar por mis oídos. En este punto ya me he dado cuenta de que no salió de boca de mi hija, de que se trata de una broma de mal gusto que se repite en bucle en mi cabeza. Puta enfermedad.
No, no quiero seguir escribiendo. Puta Sawi. Puta Mogu. Puto Miguel. Puto Shrek. Putos todos. Puta yo.
Salid de mi cabeza. Sí, tú también, lector. No aguanto más, joder.
He sacrificado a la reina. Jaque mate.

ESTÁS LEYENDO
Overthinker [Completa ❤️]
Historia CortaPensar de más y pensar de menos no ha hecho otra cosa que meterme en líos, que hacerme sentir miserable e insuficiente, que convertirme en un fantasma. Toda partida de ajedrez va bien hasta que alguien mueve la pieza equivocada, y no siempre está un...