La oscura noche frente a las murallas parecía quieta y sin novedad. Aun así los nerviosos soldados se mantenían vigilantes, sabían que el enemigo debía estar cerca y el más mísero descuido podía terminar con resultados fatales. En contraste, allá adentro en la ciudad, a pesar de haberse movilizado a gran parte de los refugiados y ciudadanos no aptos para la batalla hacia una zona segura de los bosques decretando toque de queda, muchos habían preferido agolparse en las calles y templos para entonar en conjunto plegarias de misericordia y encender velas de tributo y salvación al dios Thal. La melodía de sus cantos se mezclaba con los chirridos del acero, los relinchos de los caballos y los constantes gritos de los soldados y hombres que aun trabajaban en los últimos preparativos para reforzar las defensas de las murallas y la confección de algunas pocas armas. La combinación resultaba extraña y a ratos escalofriante. La tensión y el miedo inundaban el ambiente...
¡Oh Thal, Señor mío! Fuente de toda misericordia,
protégenos de la guerra, aléjanos de la discordia,
bendice nuestras armas si la contienda es inevitable,
que tu poder sea el que actúe, tu sabiduría la que hable.
¡Oh Thal, Señor mío! Ten piedad de nuestros días,
perdona nuestros errores, nuestro pecado y rebeldía,
bendice nuestras espadas si la batalla es ineludible,
refuerza nuestros escudos, haznos fuertes e invencibles...
Taka, apostado al frente, sobre la muralla, no pudo evitar seguir la música en su cabeza. Conocía bien la plegaria, como todo ciudadano formado en el camino de la fe al dios Thal, se la había aprendido hacía mucho, en su infancia, allá en Lobozoth... pero "¿De que servía todo eso?", se cuestionó "¿No habían sido miles las almas que también habían entonado dicha plegaria allá en el reino de Lobozoth solo para terminar pereciendo?" en esos momentos algunas manos sosteniendo espadas eran mucho más útiles que unas gargantas implorando a viva voz, pero ahí seguían esperanzados en conseguir aunque sea una pizca de misericordia de parte de su dios, misericordia para los vivos como también para los muertos. ¿Sería que aquella vez finalmente aquel dios indolente se dignaría a responderles? ¿Se dignaría a bajar la vista para observar aunque sea por un instante a aquellos que el gran libro llamaba sus amados hijos? A Taka le costaba creerlo, pero aun así, en el fondo de su rebelde corazón, también anidaba esa pequeña esperanza de que aquella vez, tal vez, finalmente obtuvieran una respuesta a su favor.
Los cientos de soldados que patrullaban las murallas a la espera del enemigo también estaban cantando, la mayoría por lo bajo, entre susurros. Eran hombres asustados, pero también padres, hijos, amigos, amantes, esposos, con sus propias historias, deseos, sueños y anhelos... y por supuesto con la esperanza de volver a ver un nuevo día. Todo aquello llegaría a su fin aquella noche...
De pronto el grave sonido de un cuerno de guerra en la lejanía se dejó escuchar dejando a todos los presentes quietos y en completo silencio. El momento había llegado.
Ahooooooooooooooooooooooooo...
El llamado surgió de lo profundo del bosque y retumbó entre los árboles y empalizadas, llegó hasta la base de las murallas para luego elevarse, golpearles el rostro y sacudirle los oídos. Taka respiró agitado ante lo inminente, estarían a unos cuantos minutos. Las horribles visiones de las espantosas criaturas que había visto en Lobozoth volvieron a asaltarle con vehemencia, sintió miedo de enfrentarlas una vez más, su suerte podía estar marcando un punto final. Su agitado corazón, en tanto, siguió extrañamente el atronador ritmo de un lejano tambor de marcha que comenzó a oírse en un frenético crescendo.
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El Alzamiento De Las Sombras
FantasyEreas es el último de una raza pura y perfecta. Criado entre humanos, en el feliz y próspero reino de Drogón, jamás imaginará las terribles circunstancias que se avecinan tras encontrar a un misterioso y moribundo hombre en el bosque. Un hombre con...
