Sesenta y dos

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—¿Ya la resolviste? —preguntó un sorprendido Ben al volver a la oficina.

—Hice lo que sabía... —Amelia encogió sus hombros.

Benedict tomó la prueba y comenzó a compararla con la pauta de revisión.

—No lo hagas, Ben... —pidió ella cubriéndose el rostro.

Él no respondió, mientras en su mente hacía el cálculo del puntaje.

—Es una B. —respondió sentándose frente a ella—. ¿Aún quieres la A? Porque puedo arreglar la tontería en que te equivocaste y no creo que el doctor se percate. Ya tienes una A en esta materia, ¿no? Otra más sería... normal.

—Quizás... pero esta es mi B. Es lo que merezco, considerando lo que sé —dijo acomodándose en el asiento—. Cuando el profesor González nos deje revisar el examen calificado, descubriré en qué me equivoqué, aprenderé de esa "tontería" y podré hacerlo mejor la próxima vez... Esa es mi idea del fracaso, al menos con los números.

—Y yo que estaba dispuesto a corromper el sistema educativo por ti... Qué poco agradecida. —murmuró Benedict.

Ella sonrió a medias.

—Entonces... problemas en casa, ¿cierto? —interrogó mirándola.

—Sí...

Ben se sentó derecho, para luego apoyarse en el escritorio.

—¿Tienes noción de cuántas veces me has dicho eso? —inquirió él frunciendo el ceño a más no poder.

—¿Un par? —susurró ella.

—Es más que un par, bastante más que un par...

Amelia suspiró y bajó la mirada.

—Es Tom... —comenzó a decir—. Se comporta... extraño...

—¿En qué sentido? —Ben trató de profundizar.

—Siento que es demasiado dependiente de mí... y celoso, además de algo posesivo. —murmuró avergonzada—. De hecho, no me he atrevido a decirle que estoy trabajando contigo... ¡Se vuelve loco cuando hablo con el mayordomo de la casa! No puedo ni imaginar el espectáculo que montaría si supiera por qué llego tan tarde a veces...

—Amelia, eso no está bien... —dijo Ben, mirándola con seriedad—. Si tienes que ocultarle con quién trabajas por miedo a cómo pueda reaccionar...

—No sé si es la palabra correcta, pero él está enfermo. —lo interrumpió devolviéndole la mirada—. Y no quiere ayuda profesional, aunque la necesite de verdad... él se niega a aceptarla... y yo no sé qué más hacer...

Benedict la miró en silencio por varios segundos.

—Pero, ¿qué hay de su familia? —él habló de sopetón—. Podrías hablar con ellos, para que juntos busquen una solución...

—Está solo, lo único que le queda es su madrina, pero no sé si ella pueda ayudarme.

—Inténtalo, Amelia... —sugirió cruzándose de brazos—. No puedes cargar con todo esto tú sola. Por lo que me cuentas, ya llevas bastante tiempo intentándolo y... hay cosas que simplemente no puedes resolver por alguien más. Ni siquiera deberías sentir que es tu responsabilidad hacerlo.

Amelia levantó la mirada hacia él, pero no respondió.

Y entonces algo hizo click en la mente de Benedict.

Hasta ese momento había escuchado sus palabras concentrándose únicamente en todo lo que parecía estar mal: los celos, la dependencia, las mentiras, el miedo de Amelia a contarle ciertas cosas. Pero había ignorado lo más evidente.

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora