Setenta y uno

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—Espero tengas un buen día. —dijo Amelia mientras tomaba té.

—Sí, será bastante aburrido. —respondió Ben mientras caminaba por la sala.

El inglés era bastante ordenado con sus cosas, pero esa mañana estaba teniendo problemas para encontrar uno de sus zapatos.

—Siempre los dejo en la alfombra... —se quejó mirando debajo del sofá.

—Lo siento... es culpa mía... —habló Amelia mirándolo—. Debe ser difícil para ti tenerme aquí... prometo que no será demasiado tiempo...

—Amelia... —caminó hacia ella en calcetines—. No es la primera vez que se me pierde un zapato, claro que no es culpa tuya... además, me gusta que estés aquí...

Ella sonrió con tristeza.

—¡Está en la maceta! —vociferó Ben caminando hasta la planta—. Y no tengo la menor idea de cómo llegó ahí...

—Desayuna antes de marcharte... —ofreció Amelia divertida—. Te he esperado media hora para comer.

—No acostumbro desayunar antes de salir... —murmuró caminando hacia la mesa—. Pero bueno, para todo hay una primera vez...

Luego de un rápido desayuno, Ben tomó su casco y sus cosas para irse al Imperial.

—Procura descansar... —habló él mientras cruzaba la correa de su bolso de lado a lado—. Y gracias por el desayuno, estuvo genial.

—Debo estudiar y terminar de ordenar el cuarto. El descanso lo dejaré para después... —respondió Amelia.

Benedict se acercó a ella con suavidad.

—Quedas en tu casa, ya sabes, puedes comer lo que quieras y todo eso... —susurró el inglés.

—Muchas gracias, Ben... —respondió ella.

El británico se inclinó hacia ella y depositó un cuidadoso beso sobre su frente.

—Y no estés triste. —pidió él.

Amelia lo miró con una pequeña y desmotivada sonrisa.

—Haré lo que pueda... —susurró—. Maneja con cuidado...

Él solo asintió antes de salir por la puerta.

Luego de lavar los platos del desayuno, Amelia fue a su nuevo cuarto para terminar de ordenar lo que no alcanzaron el día domingo y la tarde del lunes. Ben tenía libros, ropa y muebles en ese cuarto, y habían estado sacando todo eso para que ella pudiera acomodarse a gusto.

Entre ambos ya habían apartado bastantes cosas para donar a la caridad, algunos muebles que podían vender y una considerable cantidad de basura que simplemente debían desechar. Poco a poco, entre cajas que salían y pertenencias de Amelia que encontraban un sitio, la habitación comenzaba a parecer realmente suya.

A media mañana ya se encontraba completamente inmersa en el aseo, intentando distraerse con cualquier cosa, pero nada conseguía sacar a Tom de su cabeza. Quizás Ben había tenido razón al decirle que confiaba demasiado en él, pensó: las personas como el actor no llegaban simplemente a enamorarse de una mujer sencilla, sin grandes atributos ni formas llamativas, porque aquellas mujeres no servían para lo que ellos necesitaban.

Tom jamás había estado enamorado de ella, se dijo a sí misma. Simplemente buscaba el cariño materno que, siendo tan pequeño, le había sido arrebatado, y había creído encontrarlo nuevamente en Amelia.

Mientras ella limpiaba y pensaba con profunda tristeza, Ben se encontraba en la oficina del doctor Spencer, conversando sobre un postulado científico desarrollado por uno de los miembros del equipo de investigación.

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora