Treinta y cuatro

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Al llegar a Londres, cansado hasta la médula, Tom se encontró con la sorpresa de que su madrina lo estaba esperando en el salón de su casa. Al parecer, uno de sus empleados le había dejado pasar, sin importar que él hubiese dejado órdenes de no recibir a nadie en su ausencia.

—Thomas, querido... —Se acercó a él y dejó un beso en su mejilla.

—Hola, tía... —dijo asombrado—. No sabía que estabas aquí, ¿cómo estás?

—Bien... —Volvió a tomar asiento y lo invitó a sentarse con ella—. Te estuve llamando, pero no tuve contestación de tu parte. Estaba preocupada...

—Tuve que ir a Estados Unidos... —Llamó a un joven con la mano—. Omar, hazme el favor de subir esto a mi cuarto...

El muchacho obedeció.

—¿A qué fuiste allá? —inquirió ella alzando las cejas.

—A ver a Amelia... —murmuró él.

—¿Amelia?, ¿es acaso esa la muchacha de las hamburguesas? —preguntó con una sonrisa divertida.

—No, Stella... —Se sentó frente a ella y restregó su frente con la mano—. Ella ya no... ya no vende hamburguesas...

—¿Qué hace ahora? —preguntó.

—Ya no trabaja, ahora está en San Petersburgo por temas familiares...

—¿Y cómo viajó a Rusia si ya no trabaja?

—Debe haber tenido ahorros, no lo sé, tía...

—Thomas, no me mientas... —Lo observó con reproche—. Le pagaste el viaje, ¿no?

—Discúlpame, Stella... —Tom se puso de pie—. Pero necesito descansar con urgencia. El vuelo hasta aquí es muy largo, ¿lo sabes?

La dama inglesa lo miró sin creer aquella mentira.

—¿Te pide dinero?

—Nunca me ha pedido ni un centavo.

—Tom... —refunfuñó ella.

—Tía, antes de que sigas con esto, hay algo que debes saber... —la interrumpió de sopetón.

La mujer se puso de pie.

—Es posible que Amelia venga a Inglaterra.

La expresión de su madrina cambió.

—¿A Inglaterra?

—Ella es una mujer joven y, por circunstancias de la vida, no pudo terminar la universidad —explicó con cuidado—. Conseguí que pudiera optar a una beca en el Imperial College London para que retome sus estudios. También le ofrecí quedarse aquí si quería, aunque puede vivir donde se le dé la gana. Todavía no me ha dado una respuesta.

—¿Una beca en el Imperial College London? —preguntó la mujer antes de soltar una risa.

—Sí, tía, una beca en el Imperial College London. —repitió con cansancio.

—No soy estúpida, hijo. ¿Una beca en el Imperial? Ni siquiera sabes si esa muchacha tiene el nivel para estudiar allí.

Tom levantó la mirada.

—Yo sí lo sé.

Stella dejó de sonreír.

—No la conoces.

—Tú tampoco.

Hubo unos segundos de silencio.

—Thomas... —Stella suavizó la voz—. No estoy intentando insultarla. Estoy intentando entenderte a ti. Te vas al otro lado del mundo por ella, pagas viajes, consigues becas, le ofreces tu casa...

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora