Sesenta y ocho

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A eso de las tres de la mañana, cuando sintió que la casa al fin dormía, Amelia se asomó por la puerta. El pasillo estaba en penumbras y completamente desierto. Ya con otras ropas, pero todavía descalza, caminó con sigilo hasta la habitación de Tom. La puerta estaba entreabierta, por lo que apenas asomó el rostro por la abertura. Él dormía aún vestido sobre la cama desordenada; en el suelo había una botella rota y, junto a ella, una copa volcada.

Amelia lo observó durante unos segundos. Luego regresó a su habitación, cerró la puerta y tomó el teléfono.

Después de cuatro timbres, escuchó su voz ronca.

—¿Amelia? ¿Qué pasa?

La chica estaba llorando otra vez.

—Ben... necesito... —hipó, interrumpiendo su susurrar—. Necesito que me ayudes...

—Pero, ¿qué te pasó?, ¿por qué estás llorando? —interrogó desconcertado.

—No puedo contarte ahora, necesito que vengas por mí... por favor... —rogó ella.

—Estaré allí en diez minutos —dijo Benedict antes de cortar.

Amelia tomó un bolso grande y comenzó a meter dentro todo cuanto pudo encontrar: ropa, zapatos, libros, cuadernos, fotografías y algunos recuerdos que fue recogiendo casi sin pensar, hasta que ya no cupo nada más y tuvo que luchar con el cierre para conseguir cerrarlo. Se calzó unas zapatillas y dejó sobre la cama el vestido verde, la computadora y el collar que Tom le había regalado. Junto a ellos puso una pequeña nota.

"Estoy afuera" decía el mensaje que recibió de Ben un rato después.

Salió de la habitación tratando de ser lo más silenciosa posible, y bajó las escaleras del mismo modo, sin mirar atrás. Dejó sus llaves sobre una mesa y salió de la casa.

Había llegado a ese lugar como una princesa, entre recibimientos, caricias, besos y abrazos; ahora, en cambio, se marchaba como un ladrón que abandona sigilosamente el lugar de sus fechorías.

En la calle estaba Benedict, parado de espaldas a la entrada mientras la esperaba. Cuando la vio, trotó hasta ella entre la penumbra y sostuvo el bolso que traía.

—Hola... —murmuró él.

—Hola... —repitió ella.

Amelia bajó la mirada, sin sentirse hábil de hablar.

—Ven aquí, cariño... —susurró él mientras se acercaba para abrazarla.

Amelia se apoyó en él y lloró sobre su chaqueta con agrio mutismo.

—Vamos a casa. —murmuró Ben en su oído—. Te prepararé chocolate caliente, ¿sí?

Ella lo miró cuando se separó de él.

—Supuse que te gustaba, así que ayer compré un bote en el supermercado. —dijo mientras se cruzaba la correa del bolso de lado a lado.

—Sí, me gusta. —murmuró ella sin poder dejar de llorar.

—Entonces vamos. —dijo él mirándola con tristeza.

Se pusieron sus cascos y emprendieron el rumbo hasta la morada del inglés, recorriendo las tranquilas calles de Londres, que a esa hora estaban más calmas en cuanto al tráfico.

Amelia no dijo nada durante el viaje. Cerró los ojos y se apegó al cuerpo de Ben, confiándole por completo su integridad. Sin ver el camino, su cabeza se inclinaba con cada curva y se sacudía ligeramente con los frenazos, mientras sus brazos se aferraban un poco más a su cintura. Era extraño confiarle así la vida a alguien, entregarse a sus movimientos sin saber qué ocurriría unos metros más adelante; aun así, Amelia no tuvo fuerza siquiera para prestar atención.

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora