Setenta y dos

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Benedict llegó a casa, y lo único que anunció su presencia fue el ruido de la puerta al cerrarse. Amelia caminó rápido hacia la sala cuando lo escuchó.

—Me despidieron. —fue lo que dijo Ben cuando la vio.

—¿Qué?, ¿qué pasó? —interrogó ella descolocada

—Hice justo lo que me dijiste que no hiciera... —la miró avergonzado—. Lo siento mucho...

—No me digas que...

—Sí, golpeé al sugar daddy... —la interrumpió.

—Benedict... —Amelia se cubrió la cara—. ¡Te dije que no!

—Él intentó golpearme primero.

Amelia apartó lentamente las manos de su cara.

—¿Tom intentó golpearte?

—Sí. Y yo fui más rápido.

—Ben...

—No pude contenerme. De verdad lo siento.

—No puedo creer que hayas hecho esto... —murmuró ella, dejándose caer sobre el sofá—. Ha sido un gran error.

—No sabes lo bien que se sintió.

—¡Eso no ayuda! ¡Te despidieron! —vociferó mirándolo—. Todo por lo cual tanto trabajaste se fue a la mierda por mi culpa...

—Amelia, yo decidí hacerlo, sabía lo que pasaría, no fue al azar... —trató de explicar él.

—Ha sido un gran error... —repitió ella.

—Oye, no te preocupes... —murmuró sentándose en una silla frente a ella—. Tengo ahorros, no es demasiado, pero servirán al menos por unos meses...

—Pero era tu empleo, maldición...

Él bajó la mirada, sintiendo repentina congoja. En el momento en que la vio llorar, cayó en la cuenta de que la situación también le causaba angustia y tristeza, y a pesar de poner todos sus esfuerzos en mantener un semblante hierático, no pudo esconder su dolor frente a Amelia.

Ella se levantó y se puso detrás de él, para poner una mano sobre su pecho y abrazarlo.

—Trabajé años en el Imperial... —balbuceó cabizbajo—. No puedo mentirte... me afecta...

La mujer no podía pronunciar palabra alguna, se sentía muy culpable por la situación, y lo único que le quedaba era apoyarlo.

—Pero estaremos bien, te lo prometo... —dijo mirándola por sobre su hombro.

—No lo sé, Ben... —susurró mientras lo abrazaba—. Todo parece complicarse... traigo mala suerte...

—Somos científicos, no creemos en la suerte, ¿lo recuerdas?

Ella soltó una risa desaminada.

—Es cierto...

—¿Sabes qué mejora todo? —interrogó Ben poniéndose de pie y yendo a la cocina—. Una taza de chocolate caliente... ¿Me ayudas a prepararlo?

Ella asintió, secándose las lágrimas.

Caminaron a la cocina uno junto al otro.

—Somos fuertes... lograremos salir adelante... —murmuró Ben.

—Es lo que más espero...

—Así será... —respondió.

Estuvieron un rato en silencio, hasta que Ben tuvo la iniciativa de romper la tensión.

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora