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La música retumbaba como un corazón desbocado que latía con furia incontrolable en el pecho colectivo de la fiesta, un bajo profundo y persistente que se colaba por cada poro de la piel de Seungmin, vibrando intensamente en sus costillas hasta hacerlas resonar como cuerdas tensas de un instrumento mal afinado, provocándole un dolor punzante y constante en la cabeza que se mezclaba con el aturdimiento creciente del alcohol, mientras avanzaba entre la multitud densa y asfixiante, empujando hombros sudorosos que se pegaban a su camisa como una segunda piel húmeda y pegajosa, con una cerveza tibia en la mano que ya no recordaba haber abierto en algún momento perdido de la noche, el líquido amargo y espumoso salpicando ligeramente con cada movimiento torpe, y el aire cargado de un olor abrumador a alcohol barato que impregnaba todo como una niebla espesa, perfume dulzón que flotaba en ráfagas nauseabundas desde los cuerpos cercanos, y algo más persistente aún: humo de cigarrillo que se adhería a la garganta con tenacidad, irritándola y haciendo que cada inhalación fuera un recordatorio áspero de la atmósfera viciada y opresiva que lo envolvía por completo, dio un sorbo largo y desesperado, otro que quemó su lengua, y otro más que hizo que el mundo se inclinara un poco más de lo normal, desequilibrando su percepción hasta que las luces estroboscópicas se convirtieron en borrones danzantes y las caras a su alrededor se fundieron en máscaras indistintas de risas y gritos ahogados en el caos sonoro.


—Ey, Min, ¿vienes o qué? —gritó alguien a su izquierda con una voz distorsionada por el estruendo ensordecedor de los altavoces y el bullicio incesante de la gente, pero él no respondió ni siquiera con un gesto, su mente demasiado embotada para procesar la llamada, siguió caminando con pasos tambaleantes que lo llevaban de un lado a otro como un barco a la deriva en una tormenta, la mente en blanco salvo por un zumbido constante e insistente que resonaba en su cráneo como un eco interminable:  universidad, reprobado, papá, mamá, palabras que se repetían en un ciclo tortuoso, clavándose en su conciencia como espinas que no podía arrancar, alimentando una ansiedad sorda que se mezclaba con el mareo etílico y lo impulsaba hacia adelante sin dirección clara.

Entonces la vio, en medio de aquel mar de cuerpos en movimiento y luces intermitentes que pintaban sombras fugaces en las paredes sudorosas de la sala abarrotada, Ryujin, su Ryujin, la que le había susurrado secretos al oído en la azotea del colegio bajo un cielo estrellado que parecía infinito y prometedor, la que le había robado besos detrás del gimnasio con una urgencia juvenil que hacía que el mundo se detuviera por un instante, la que juró que *nadie más importaba* con una convicción que en ese momento había parecido eterna e inquebrantable, estaba ahí, en el centro exacto de la sala donde la multitud se arremolinaba como un vórtice de energía descontrolada, con el capitán del equipo de fútbol que la tenía tomada por la cintura con manos posesivas y firmes, los dedos hundiéndose en la tela de su vestido como si reclamara propiedad absoluta, la besaba como si le perteneciera por completo en un acto íntimo y descarado que ignoraba por completo el entorno ruidoso, y ella... ella reía, con esa risa cristalina y contagiosa que antes era solo para él, reservada en momentos de complicidad robada, ahora derramada libremente en los labios de otro, un sonido que cortaba el aire como una cuchilla afilada y se clavaba directamente en el pecho de Seungmin, haciendo que el estómago se le subiera a la garganta en una náusea violenta que amenazaba con derrumbarlo allí mismo.


—Seungmin... —Ryujin lo vio de repente, sus ojos se abrieron un segundo como si despertara de un sueño profundo y confuso inducido por las luces parpadeantes y el alcohol, el rostro iluminado por un destello de reconocimiento mezclado con culpa fugaz, dio un paso hacia él con vacilación, soltándose del otro con un movimiento brusco que dejó al capitán momentáneamente desconcertado—. Espera, no es lo que——No. —Su voz salió ronca y quebrada, apenas audible entre el ruido ensordecedor que lo envolvía como una pared impenetrable de sonidos distorsionados—. No me digas.—Min, por favor, hablemos... —insistió ella, extendiendo una mano que temblaba ligeramente en el aire cargado, pero él ya estaba retrocediendo con pasos inestables, empujando a la gente a su alrededor con hombros que chocaban contra cuerpos ajenos, tropezando con una mesa cargada de vasos y botellas que se tambaleó peligrosamente, derramando cervezas que salpicaron el piso pegajoso y formaron charcos resbaladizos bajo sus pies, alguien le gritó algo con furia contenida, palabras que se perdieron en el bullicio como ecos lejanos, pero no escuchó nada más que el latido acelerado de su propio corazón, salió al patio trasero donde el aire frío de la noche le golpeó la cara como un puñetazo seco y revitalizador, cortando el hedor interior y trayendo un alivio momentáneo que no duró, se dobló sobre sí mismo con las manos apoyadas en las rodillas temblorosas, y vomitó en el césped húmedo y pisoteado, un torrente amargo que le quemó la garganta y dejó un sabor metálico persistente en la boca.

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